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Elena Garro y Bioy Casares

Por Lucrecia Maldonado

Como si se tratara de un viaje marcado por un horizonte de letras y párrafos, puntos suspensivos, diálogos y recuerdos de situaciones; la profesora de literatura Lucía Melgar, narró hoy parte de la historia de Elena Garro en las cartas de Bioy Casares, en un desayuno organizado por el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, en el Colegio de México (COLMEX).

A lo largo de dos décadas, de 1949 a 1969, el escritor argentino Adolfo Bioy Casares mantuvo correspondencia amorosa con la escritora mexicana Elena Garro. Durante buena parte del tiempo que ésta duró, ambos eran casados: ella, con el poeta Octavio Paz; él, con la poetisa argentina Silvina Ocampo.

“Cruzamiento de mundos navegando a través de la escritura”, dice la narradora, al tiempo que afirma que “hablar de cartas de amor, hechas públicas, es hablar de un discurso íntimo dirigido a un otro, apasionado ardiente, tierno. Un discurso amoroso, en el cual la amada suele volverse diosa, musa y fuente del propio discurso que la recrea”.

Se conocieron en 1949 en París, Garro tenía 29 años, Bioy 35.

Las cartas que se conocen son noventa y una; trece telegramas y tres tarjetas postales. Pese a la abundancia de cartas que documentan la relación, la colección está incompleta: muchos documentos se perdieron en las sucesivas mudanzas de la escritora y las cartas de Elena Garro a Bioy Casares son propiedad de los herederos del escritor y, por supuesto, son desconocidas.

Lucía Melgar, investigadora del COLMEX que está trabajando en una biografía de Elena Garro, afirmó que “estas cartas en ningún momento escapan a la retórica del amor, el novelista argentino deja traslucir la nostalgia, la adulación la angustia y hasta la desesperanza.

“Perdóname que esté escribiendo de nuevo –le redacta a Elena Bioy Casares-, quisiera darte un respiro pero tengo tanta necesidad de ti. que si no toleras estos monólogos voy a morir de angustia”.

“Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo”.

“Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia.” le dice en otra.

“Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades”.

Cartas escritas entre agosto y octubre de 1951.

Elena Garro una de las figuras mas polémicas, contradictorias y fascinantes de la cultura mexicana, nació en Puebla el 12 de diciembre de 1920, hija del español José Antonio Garro y de la mexicana Esperanza Navarro.

En 1937 se casó con Octavio Paz y ese mismo año viajaron juntos a España a un congreso de intelectuales antifascistas en Madrid. En 1938 regresaron a México y, desde entonces, Elena trabajó como periodista escribiendo en 1953 Los recuerdos del Porvenir, “como un homenaje a Iguala, a mi infancia y a aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice”.

Antes de ser escritora a los 17 años fue coreógrafa del teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dirigido entonces por Julio Bracho.

“Yo no pensaba ser escritora”, dijo alguna vez, “la idea de sentarme a escribir en vez de leer me parecía absurda. Abrir un libro era empezar una aventura inesperada. Yo quería ser bailarina o general. Mi padre creía que podía escribir por mi afición a la lectura: en ese caso todos en la casa deberíamos ser escritores”.

04/LM/BJ/SM

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