Inicio En los años 60, “si eras Cabañas, te ponían contra la pared”

En los años 60, “si eras Cabañas, te ponían contra la pared”

Por Laura Romero

Mi infancia transcurrió en el campo, “mi papá cultivaba arroz, frijol y maíz, fue muy apegado a nosotros, nos hacía columpios en los árboles, y nos amarraba con un rebozo arriba de un burro para llevarnos a pasear”, así recuerda la ex guerrillera, Guillermina Cabañas Alvarado, su niñez en el pueblo de San Juan de las Flores, municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero.

“Mis padres fueron: Aris de Alvarado Zamora, y Felipe Cabañas Ocampo”, él era músico, tocaba el violín, y con otros dos señores tocaban en las fiestas del pueblo. Formó una orquesta con mis hermanos, primos y sobrinos…animaban todas las fiestas, añade con nostalgia Guillermina Cabañas en el foro ” De Niñas a Guerrilleras”, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

Atrás quedaron la niñez, y la adolescencia pacífica, las fiestas y las mañanas en el campo dedicadas a la cosecha. A finales de los años 60, Guillermina Cabañas, de apenas 18 años de edad, se sumó a la lucha guerrillera en la sierra de Guerrero.

Después de asistir a las reuniones donde su primo, Lucio Cabañas hablaba a los campesinos sobre la necesidad de organizarse y luchar contra las injusticias que padecían, Guillermina se decidió por la lucha para defender sus derechos.

Recuerda también con orgullo, su contacto con Lucio Cabañas. “Era maestro, y allá en la sierra empezó a organizar a la gente de los pueblos para que no dejaran que hubiera tanta tala de madera, porque después iban a venir las consecuencias”.

Lucio Cabañas le decía a la gente que “había que pedir centros de salud, agua potable, carreteras. Mi papá iba a las reuniones con mis tíos y así fue como lo conocí”.

El primer acto violento contra su primo ocurrió en la primaria de Atoyac de Álvarez Guerrero, donde la directora, dice la ex combatiente, pedía cooperaciones muy altas a los padres de familia.

“Lucio empezó a organizar la protesta por esas medidas, hicieron un mitin en la escuela y en esa movilización los balacearon porque querían matar a Lucio, pero la gente lo cubrió y resultaron muertas otras cinco personas”.

Después de ese suceso, salió del pueblo y empezó a organizar grupos clandestinos. Mandaba cartas a la familia para prevenirlos de posibles persecuciones. Y a Guillermina le pidió que hablara con los jóvenes para que tomaran conciencia de la situación y lucharan por mejorar las cosas.

MUCHOS SIGUEN DESAPAREC IDOS

“Ahí empecé indirectamente, pero luego vino la persecución, llegaban helicópteros y sacaban de sus casas a la gente, la llevaban a las canchas de basquetbol y colocaban a las mujeres de un lado y a los hombres del otro, anotaban nombres, apellidos, y si eras Cabañas, te ponían contra la pared con las manos para atrás.

Las mujeres empezábamos a gritar, nos lanzábamos contra ellos, pero nos replegaban a culatazos. Y así se los llevaban sin tener ninguna orden de aprehensión. Los militares cometieron muchos atropellos, muchos familiares siguen desaparecidos”.

Como su familia ya no podía estar tranquila, los padres de Guillermina y sus hermanos se fueron del pueblo y sólo ella se quedó para hacerse cargo de los trabajos del campo.

“Le pedí a mis papás que me permitieran quedarme y fue cuando me integré a la guerrilla, no fue fácil, tenía mucho miedo de las armas, pero empecé a practicar, a aprender, y pues aquí estoy todavía, contando esa historia”.

Cinco años permaneció en la lucha, escondida en la sierra, comiendo muchas veces sólo raíces y frutas, y empapados por la lluvia. “Todos compartíamos lo poco que teníamos, éramos como hermanos”.

A los 23 años, en 1974 Guillermina dejó la batalla, dos meses antes de que mataran a Lucio, porque tenía cinco meses de embarazo y su esposo, también guerrillero, le pidió que se retirara.

“Logré salvarme pero todavía tenemos un hermano desaparecido, lo agarraron acá en la Ciudad de México. Mucho tiempo tuvimos que ocultar nuestra identidad, no podíamos dar nuestros nombres verdaderos.
Hasta principios de los años 90, cuando mis hijos entraron a la escuela, a la secundaria, les expliqué porqué en algunas colonias me conocían con otro nombre.

Para Guillermina, ese movimiento valió la pena porque ahora la gente exige más y defiende sus derechos, a pesar de que aún persisten muchas injusticias, incluso adelantó que desea escribir un libro para relatar toda esta experiencia, “ya tengo más de 60 años y no me vaya a sorprender la muerte”.

El foro, organizado por la dirección de Antropología Social de la ENAH, forma parte del Seminario Permanente sobre Movimientos Armados en América Latina.

10/LR/LGL

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