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En medio de una vida de abandonos, Brisa aún confía en la justicia

Por Soledad Jarquín Edgar

Brisa tiene en su rostro grabado cada uno de sus apenas 28 años de vida. Ella es una de las 13 víctimas de violencia sexual que ejercieron más de 20 elementos del Ejército Mexicano que “tomaron por asalto la zona de tolerancia de Castaños, municipio del estado de Coahuila el pasado 11 de julio.

En su rostro está también la escena de terror que vivió cuando los militares la sacaron del bar Las Playas, junto con otra de sus compañeras de trabajo. Afuera, recargada en la pared le pidieron que se desnudara y luego uno de ellos dijo que la revisaría.

El rostro de Brisa se transforma, se indigna y reclama el hecho, pero sobre todo la llena de miedo.

Fue indignante. “Sentí terror, hoy todavía tengo miedo a que haya represalias”, sostiene refiriéndose a que ella y otras compañeras han identificado a los soldados agresores y no han “visto claro con la justicia”.

“Porque uno tiene que pensar primero en uno, porque si estás bien tú, tu familia estará bien, pero si no estás bien tu familia estará mal, más que todo si eres la cabeza de la familia, ¿verdad?”, pregunta en tono desesperanzado.

Brisa, quien ha sufrido múltiples abandonos en su vida, empezando por su padre, luego los estudios para trabajar y ayudar en la casa y luego de su pareja, espera que esta vez la justicia no la abandone.

“Si, espero que haya justicia, si no hay justicia lo que creo que puede pasar es que lo vuelvan hacer, que vuelvan a asaltar un lugar, que se vuelvan a poner borrachos o intoxicados y al rato van a matar a la gente”.

Un rumor no la deja tranquila, le preocupa la condición humana. La actitud de la gente de los municipios conurbados a la zona centro del Estado de Coahuila.

“La gente dice que no tenemos el derecho de hablar, pero somos mejores personas de lo que piensan, eso si lo digo, ¿Por qué? Por comentarios que he oído. En la radio dijeron que por qué tanto escándalo si somos prostitutas. Qué les pasa, ya porque estamos en ese ambiente nos juzgan y pretenden que no haya justicia, no puedo creerlo” y ratifica su dicho con un movimiento negativo de cabeza.

Entrevistada en su casa de Monclova, Coahuila, dejó atrás el vestido negro que se pega a su cuerpo y las botas altas. Pantalón de mezclilla y playera, la hacen común a las otras chicas, durante las horas de la noche se quedó atrás la fiesta, “ahora sólo me dura un poco la cruda”, dice entre risitas y explica que por cada cerveza que consume con los clientes la dueña ?Diega Mata- le paga 10 pesos, lo que suma a sus 300 pesos que gana por bailar y quitarse la ropa frente a los clientes.

No es dinero ni vida fácil, aclara. “Están canijas las desveladas, aguantar a impertinentes o estas con calentura, te duele la cabeza y no hay de otra, tienes que trabajar porque un día es un día”.

“He trabajado en lugares superlujosos, como el de Tuxtla, en Chiapas, trabajamos en un lugar de caché, o sea hemos trabajado desde lo más bajísimo hasta lo más altísimo, además tienes que ponerte al nivel de muchas personas, desde los que muy acá y la que no es muy acá, ahí le metemos algo de psicología. Si se empeñan en tener sexo, pues a huevo nada”

¿A pesar del peligro?

A pesar de todo, contesta rápidamente.

La única vez que estuvimos en peligro -dice mirando a una de sus compañeras- fue cuando estuvimos en la balacera de los de AFI, pero a nosotros no nos tocó nada, estábamos por allá y la balacera por acá, verdad? Dice refiriéndose a un problema entre narcotraficantes y agentes de la Federal de Investigación en un antro de Monterrey.

La tristeza vuelve a sus dulces ojos, pese a los múltiples abandonos que ha tenido en su vida.

En esa ocasión no nos agredieron. Ahora sí. Mira yo he convivido con muchos soldados, al igual que mis amigas. Te digo hemos andado por Huajuapan, Tehuacán, Tuxtla, Reynosa, en muchos sitios del país hemos andado y jamás nos había pasado algo así.

Por eso te digo que lo que pasó es indignante, porque fueron soldados mexicanos. Luego sin más cuenta que el soldado le ordenó que se quitara la ropa, que se abriera de piernas y le introdujo de manera violenta los dedos en su vagina.

“Estoy revisando”, me dijo en medio de una bola de groserías, recuerda la bailarina de Las Playas, que por momentos guarda silencio y sostiene el coraje entre movimientos de sus manos y chocar las rodillas una con otra.

Se siente terror… dice mientras se ahogan sus palabras con sus dudas y la incertidumbre que le causa recordar la falta de una acción oportuna de las autoridades.

Brisa no sabe aún que seis soldados, un oficial y cinco elementos de tropa fueron detenidos, también ignora que la justicia militar juzgará a sus violadores por el delito de insubordinación y abandono del puesto y no por violencia sexual contra 13 bailarinas y sexoservidoras de la zona de tolerancia del Castaño.

Brisa tiene planes de vida. Una casa, un negocio, retirarse para no tener que pasar “tantas canijas desveladas, porque la neta estoy muy cansada y ahora tengo miedo, mucho miedo”.

06/SJ/LR

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