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Enfermedades en adolescentes, muestra de su crisis existencial

La población joven “no es un cuerpo que sueñe” sino un despertar a la luz de la conciencia que permite ver qué necesita, es la reflexión de Patricia Flores Arellano en el artículo Los jóvenes y el cuidado de su cuerpo, publicado en el libro “Lo corporal y lo Psicosomático. Reflexiones y aproximaciones II”, del mexicano Sergio López Ramos (Zendová Ediciones, 2002).

Luego de convivir por cinco años en una escuela privada de nivel medio superior (preparatoria), Flores observó el comportamiento en la atención de varios padecimientos y el consumo de medicamentos de mujeres y hombres adolescentes que estudiaban en el plantel donde ella trabajaba.

A partir de esta experiencia se dio cuenta que había jóvenes que consumían o vendían drogas “como si fueran caramelos” y observó distintos episodios de violencia: una adolescente portando armas, un pleito luego de un partido de futbol, el autosecuestro de alumnas o alumnos con congestión alcohólica.

Casos quizá extremos, dice, pero no únicos pues también había una población adolescente que enfermaba con frecuencia y que en el transcurso de la semana de exámenes se duplicaba.

La sintomatología por la que pedían un pase para ir a la doctora era casi la misma. Esta observación la llevó a realizar una pregunta: ¿Está exenta la población joven de sufrir crisis existencial que se manifiesta a través de sintomatologías como la falta de atención, sueño, cansancio, indiferencia, agresividad, olvidos o tristeza?

Y cuenta: “en ocasiones la doctora tenía tanto trabajo que hacíamos lista de espera preguntando previamente qué tenía o qué le dolía. A las y los que ya eran clientes yo les daba una pastilla de menta cubierta de caramelo blanco y les decía: mira, esta pastilla es muy fuerte pero es buenísima para lo que tienes, tómatela rápido (para que no descubrieran la menta) y necesito que me digas en 30 minutos cómo te sientes”.

El efecto era milagroso: “la pastilla lo curaba todo aún con la población adolescente más asidua al consultorio médico”.

Esto lo hizo después de una plática con la doctora en la que le confió que sólo les daba placebos a las y los alumnos y entonces decidió que una pastilla de menta podría funcionar como un mejor placebo antes que un analgésico de alguna marca comercial: buscapina, desenfriol o aspirina.

“A la media hora me contaban cuál era su estado de salud y les pedía que se sentaran a hablar un poco de ellas y ellos mismos. Ninguna persona se negó y me dí cuenta de la necesidad que tenemos de ser escuchadas y escuchados, y que el dolor que manifestaban era una emoción no trabajada”.

En un análisis de tres meses de visitas al consultorio médico (diciembre-enero-febrero) llegó a las siguientes conclusiones:

Asistía el 50 por ciento del plantel (400 de 800 adolescentes); la mayoría de los medicamentos administrados eran analgésicos; los tres padecimientos más frecuentes: 78 alumnas con dismenorrea (menstruación dolorosa) y 74 alumnos con gastritis; 74 casos de colitis y 64 cefaleas (dolor o sensación desagradable en la región de la bóveda craneal).

Otros padecimientos fueron migraña, hipotensión arterial, hipocondríacos, depresión y estrés.

Bajo la tesis de “las emociones se generan y depositan en el cuerpo”, Flores señala que esto se manifiesta hacia la sociedad en actitudes y hacia la persona en sentimientos, dolores y enfermedad. En el caso de la población joven, una etapa de la vida en la que hay una búsqueda de independencia, las emociones se dejan ver con mayor transparencia.

En la adolescencia, las emociones, la vida espiritual y psicológica componen la vida y reflejan lo que más importa, indica.

“La vida del cuerpo es nuestra vida real, la única vida que tenemos, atender a las necesidades propias, aprender a escucharnos y querernos es tarea difícil, sobre todo cuando en la adolescencia lo único que recibimos son descalificaciones y reclamos”.

Flores considera que la mayoría de adolescentes que acuden a consulta médica manifiestan una sintomatología física que sólo sirve de presentación. Únicamente traduce sus conflictos y tensiones en síntomas físicos, sin que la o el paciente “se queje del miedo o se permita explayar, difundir y dilatar sus problemas”.

De ahí la importancia de hacer visible lo invisible –lo que se mantiene en secreto– a través del diálogo, concluye.

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* Periodista mexicana, narradora oral, facilitadora de grupos, terapeuta con Enfoque Centrado en la Persona y Gestalt e instructora asociada del Sistema Tao Curativo.

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