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Enfrentan mujeres aumento de pobreza en el sector rural

Por Guadalupe Cruz Jaimes

El impacto de la crisis económica en la vida de las mujeres rurales se caracteriza por el aumento de la pobreza, la migración, la desventajosa y forzada inserción al mercado laboral y la desintegración familiar y comunitaria, asegura Mercedes Olivera Bustamante, de la Red Nacional de Promotoras y Asesoras Rurales (Red PAR).

En el texto “El impacto de la crisis alimentaria en las mujeres de bajos ingresos”, Olivera Bustamante señala en su análisis que debido a la recesión, las mujeres del campo se ven obligadas a trabajar dos o tres jornadas diarias “para tratar de paliarla”.

“Cuando vamos al cafetal, si tenemos hijas de 8 años o más, ellas nos ayudan en la cocina, saliendo de la escuela hacen las tortillas, la comida, o al revés, aunque sea un rato, ellas se van al cafetal y nosotras nos quedamos en la cocina”, refiere una campesina originaria de Chiapas en el documento, elaborado en 2009 por Red PAR.

Ello se debe a que a consecuencia de la crisis el ingreso para la subsistencia familiar en el campo se ha reducido al mínimo.

En 2004, el promedio del ingreso diario por persona era de 7.35 pesos mientras que un kilo de tortillas costaba 8 pesos, después de cinco años, los ingresos reales de las campesinas chiapanecas se redujeron significativamente, por lo que la pobreza se duplicó en este tiempo, indica la investigación que la Red PAR llevó a cabo en 11 entidades del país.

A la par del incremento de la miseria, aumentaron las responsabilidades familiares y la carga de trabajo para las mujeres, sobre todo en los hogares donde el padre o las hijas e hijos migraron a trabajar a otras ciudades del país o a Estados Unidos.

En este tiempo, señala el estudio, también creció el número de jefas de familia y madres solteras.

La situación de estas mujeres se agrava porque debido a la migración de sus parejas, muchas han sido despojadas de las tierras que ocupaban para vivir y sostenerse.

Algunas perdieron las tierras porque su cónyuge vendió la parcela y hasta la casa para irse a Estados Unidos. Y otros en otros casos, el Programa de Certificación de Derechos Ejidales (Procede) no reconoció a las campesinas como titulares de las tierras que ellas cultivaban en ausencia de sus maridos, porque no pudieron comprobar su titularidad.

“Nosotras como mujeres no tenemos tierra sólo los hombres… con el Procede empezaron muchos problemas… han quitado la tierra a las viudas que no tienen título, también hay hijos que han sacado a sus madres de la tierra, porque el Programa les dio a ellos la titularidad”, indicó una informante clave de Chiapas.

Testimonios compilados en el documento constatan que mujeres de Morelos, Puebla, y Oaxaca enfrentan una situación similar en sus comunidades.

Tras el despojo, las campesinas se convierten en “avecindadas de su comunidad” siempre y cuando alguien les preste o rente un lugar para vivir. Cuando no corren con esa “suerte”, migran a otro sitio donde puedan trabajar para sobrevivir.

La investigación de Red PAR sostiene que las mujeres que quedan solas “se encuentran en situaciones de dependencia muy vulnerables”.

Pues, cuando sus cónyuges migran las dejan con la promesa de que pronto las “mandarán traer a Estados Unidos”, sin embargo, estas palabras pocas veces se vuelven realidad, y cuando sí ocurre, ellas siguen reproduciendo “las relaciones de subordinación tradicionales”, en los lugares de destino.

Mientras que las mujeres que permanecen en sus comunidades pueden recibir remesas, y aumentar sus ingresos de manera importante, o quedar en el abandono.

Las que reciben remesas y mantienen la comunicación, casi siempre telefónica con sus cónyuges, el control de la mujer a larga distancia “continua simbolizando la ineludible presencia del poder masculino sobre las mujeres”.

A decir de Olivera Bustamante, cuando las mujeres rurales no reciben noticias de sus maridos y tampoco remesas, significa que ellos han formado otra familia en el sitio a donde migraron o que en el camino perdieron la vida.

En ambas circunstancias, las mujeres son abandonadas y este hecho las vuelve aún más vulnerables, porque además de las dificultades económicas, socialmente son mal vistas.

La migración, un fenómeno acentuado por la crisis económica, deriva en la desarticulación familiar.

La ruptura de los modelos y normas tradicionales de familia y de ser mujer “las coloca en el centro de nuevas tensiones culturales y sociales”. Estas fracturas crecen de manera acelerada por la crisis, asevera la integrante de Red PAR.

Dicha desarticulación familiar ha generado cambios en el modelo de “familia nuclear”. Los hogares en el campo se han transformado “rápidamente” en “familias incompletas”, muchas de ellas son encabezadas por mujeres.

Asimismo, se han roto las redes de apoyo interfamiliares que antes eran un eje de solidaridad comunitaria, indica el documento El impacto de la crisis alimentaria en las mujeres de bajos ingresos.

10/GCJ/LR

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