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Entrega total

Por Marta Guerrero González

Ahumada salió de la cárcel para visitar a su madre moribunda y eso me hizo recordar la situación de muchas monjas de clausura, no sólo en nuestro país, en todas partes del mundo. Me refiero en particular a las Carmelitas Descalzas en el monasterio de San José de Culiacán, en Sinaloa.

Conozco el caso de una joven, apenas de dieciocho años, quien en el año 1933 ingresó a dicho monasterio, antes ubicado en otra dirección pero en la misma capital del estado. Dolores decidió consagrar su vida al señor, adoptó el nombre de madre Guadalupe y se dedicó al duro trabajo de salvar almas por medio de rezos, al aumento y Santificación de los ministros de altar, al
desagravio de la Santísima Eucaristía y a la restauración de la fe.

La simpática monja, a quines sus familiares y visitas pueden ver a través de una rejilla de madera en el locutorio y, en algunas ocasiones, tocarle en una sutil caricia, apenas las yemas de los dedos que asoman entre los huecos de la reja, a modo de sedientas bocas, un incierto intento por reconocer a la tía o hermana debajo de su eterno hábito café oscuro con negro, ha dedicado su vida a la oración y a los trabajos de manualidades, sobre todo bordados para los velos de las novias o la confitura de dulces y chocolatinas y, naturalmente, al cuidado de su huerto.

Guadalupe se despidió de sus padres y de su única hermana e ingresó al monasterio en el que lleva más de 72 años sin interrupción de estadía y del que sólo ha salido en contadas ocasiones: cuando ha tenido que acudir a consulta con el médico y cuando su padre enfermó sus superiores le brindaron la oportunidad de llegar a su vieja casa para despedirse, aunque luego le negarían el permiso de asistir al entierro.

No cabe duda que la vocación es un Ministerio, sobre todo tratándose de monjas de clausura, aunque en estos tiempos es muy difícil de entender.

En la actualidad la madre Guadalupe tiene 90 años, todo su mundo son las paredes del claustro y lo poco que logra ver por los hoyuelos de la celosía donde reciben.

¿Qué clase de mundo se llega a filtrar por esas paredes? ¿Verán televisión? ¿Quién les dará un abrazo o un palmada en la mano cuando estén cansadas o, simplemente, hartas? Aunque a muchos de nosotros nos pueda parecer increíble que todavía existan este tipo de monasterios, es de admirar la entrega total de estas mujeres, su dedicación, su obediencia, perseverancia y su enorme fe.

Algunos se preguntarán ¿no servirían en mayor escala fuera de esas paredes en los hospitales, en los orfanatorios o en las escuelas? ¿Qué puede pasar ahí dentro que las retiene cautivas como si fueran las novias de un harem? Pues se levantan al despuntar el alba, inician sus labores con el desayuno, sus rezos, el trabajo manual, que consiste en bordados, chocolatería, elaboración de dulces, etcétera, terminan con el almuerzo y la atención del torno del monasterio, siguen con las actividades recreativas, una pequeña merienda y la misa de la tarde.

Siempre hacen labores dentro del Templo como limpieza, alabando a Dios, los cuidados del huerto con la cena la última misa y se acuestan pensando que hay otro día para seguir con la rutina de siempre.

* Periodista y escritora mexicana

2005/MG/SJ


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