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Escuelas indígenas quedan vacías por migración infantil

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Cuando en la escuela el profesor Roberto Arreola pregunta: “¿Quiénes piensan ir a Estados Unidos?”, las y los alumnos de primer grado de la primaria indígena Leyes de Reforma levantan la mano.
 
La visita de esta reportera causa revuelo entre las y los niños. Se agolpan en la puerta del salón, unos asoman sus diminutos ojos por debajo de la cortina de la ventana. Las voces se lanzan empalmadas cuando se les pregunta por qué quieren ir a EU.
 
“Mi papá está allá”; “ahí está mi hermano, ahí nació”; “yo quiero ir pero no tengo papel”; “yo sí tengo papel”; “yo también”; “yo quiero ir a buscar dinero”, son algunas respuestas.
 
“¿Quién dice que ahí hay dinero?”, se les cuestiona. Nuevamente las voces se lanzan  con un estridente “¡Yo!”. “Yo sé que ahí hay dinero; me dijo mi hermano que él tiene mucho dinero”, detalla un niño chimuelo.
 
En el grupo de primer año hay 35 niñas y niños; al menos cinco viajan periódicamente como jornaleros migrantes a los campos de Camalú, en Baja California. Otros 15 nacieron en EU, algunos más tienen a su padre, madre o hermanos en el país vecino. En lo que va de 2014 dos niños ya emigraron a EU.
 
¡CUIDADO! NIÑAS VIAJANDO
 
Esaú e Imelda son los próximos en partir. Llevan un mes planeando el viaje para encontrarse con sus padres, quienes en mayo emigraron por segunda ocasión a EU. Él tiene siete años de edad y junto con Imelda, su hermana de cinco, partirá al finalizar el ciclo escolar.
 
Esaú nació en EU pero no tiene pasaporte. Sus familiares realizan la regularización de sus papeles para evitar el retorno clandestino a su propia nación. Imelda, en cambio, está en una situación de mayor vulnerabilidad. Ella es oaxaqueña. Cruzaría de manera irregular.
 
“Cuando ellos se fueron me dijeron: quédate, en la clausura vas a venir. Sí, le dije. Me puse un poco triste, pero ya pronto los voy a volver a ver”, exclama Esaú con emoción.
 
El niño es menudito, tan delgado que su ropa baila alrededor de su cuerpo. Su rostro oscurecido por el sol está coronado por un cabello espigado y cenizo.
 
A un kilómetro de la escuela, en lo alto de esta población, se ubica la casa de Esaú e Imelda, quienes viven con la abuela Paulina.
 
La mujer deja la labor frente al lavadero donde limpia pollos para la fiesta de clausura del ciclo escolar que harán en honor a todas las niñas y niños de la familia. Se seca las manos y se sienta en el borde de una banca de madera afuera de la cocina de su casa.
 
“Sus papás dicen que yo la mande. Esaú no tiene ningún problema porque ya anduvimos arreglando papeles, pero Imelda tendría que cruzar con la ayuda de un ‘pollero’ (traficante de personas) y eso la pone en riesgo”, reconoce Paulina.
 
En su juventud la mujer también emigró a EU. Ahí nació su primera hija, quien ahora con más de 25 años de edad desea regresar pero no puede hacerlo porque carece de pasaporte.
 
Paulina vivió en el estado de Florida y regresó dos años después. Aquí nacieron sus otras siete hijas e hijos, a quienes ha visto partir uno a uno sobre los mismos pasos que ella marcó hacia el país del norte.
 
En 2006, siendo todavía menor de edad, Isela, la segunda hija de Paulina y mamá de Esaú e Imelda, emigró a EU junto con su esposo, un joven de la misma comunidad. Ellos sólo terminaron la telesecundaria y se casaron. Pocos meses después emprendieron el viaje cruzando por el desierto.
 
Allá nació Esaú y la familia regresó a Yucunicoco con la esperanza de echar raíces. Dos años después nació Imelda y las necesidades fueron creciendo. En abril pasado, la pareja decidió regresar a EU. Ahora, ya con un trabajo seguro, instruyeron a Paulina para que envíe a los niños a su encuentro.
 
ABANDONO
 
El profesor Roberto Arreola explica que “la mayoría de los niños en Yucunicoco vive con algún familiar porque sus papás emigraron hacia el norte. En algunas ocasiones mandan por ellos y en otras no”. En este año tres han sido las bancas de la escuela Leyes de Reforma que quedaron vacías por la migración, precisa.
 
Estadísticamente la niñez existe en la escuela, pero físicamente no. Por lo regular es en el mes de noviembre cuando regresan quienes se fueron a trabajar a Camalú.
 
“Hay niñas y niños que se van durante seis meses y sólo regresan a la clausura (del ciclo escolar) para recoger sus papeles. Con la reforma educativa ningún niño es reprobado y eso asegura su permanencia –aunque temporal– en la escuela. Es un modo de vivir en la comunidad”, exclama el docente.
 
Las consecuencias, agrega, son los graves problemas de aprendizaje y de conducta que reflejan en el entorno escolar.
 
Iver Cortés Jiménez, subdirector de la escuela primaria Ciencia y Renovación, la cual sólo es separada de la escuela primaria Leyes de Reforma por una línea imaginaria, dice que en Yucunicoco la base económica son las remesas.
 
“A veces la migración es completa (toda la familia); la mayor parte de las veces sólo los padres y se van por largos años. En la escuela se refleja esa migración. Hay niños que están en primer grado y se van dos o tres años y regresan sólo a las clausuras”.
 
Las calles de Yucunicoco están repletas de niñas, niños y perros. En estas fechas un velo blanco emerge desde los recovecos que forman las agrestes montañas. Cae una ligera llovizna y el olor a leña impregna todo el lugar.
 
ENTRE LA AGRESTE MONTAÑA
 
La comunidad se ubica en las entrañas del municipio de Santiago Juxtlahuaca. Un accidentado camino de casi 10 kilómetros, desde la carretera principal hasta el pueblo, es la única vía de acceso. Yucunicoco tiene mil 511 habitantes.
 
La localidad encabeza las listas de los cuatro indicadores que determinan el rezago social: número de personas analfabetas, falta de agua entubada de la red pública, carencia de energía eléctrica, y casas con piso de tierra. El 90 por ciento de la población no es derechohabiente de alguna institución de salud.
 
Una ligera neblina oculta las casas construidas entre los cerros. En el lugar comparten espacio las paupérrimas viviendas con los caseríos de dos y tres niveles cimentadas con las remesas que envían las y los migrantes.
 
Aunque Yucunicoco es una localidad expulsora de migrantes, no es un lugar despoblado pues de manera proporcional también existe una alta tasa de natalidad.
 
Al llegar a los 12 años de edad, las y los adolescentes son considerados aptos para el matrimonio y tener hijas e hijos. “Los jóvenes no tienen un proyecto de vida más allá del matrimonio o la migración”, explica la profesora Dora María Jiménez Hernández, directora de la Telesecundaria 20DTB0401E de la localidad.
 
Explica que al menos el 20 por ciento de las y los jóvenes que ingresan a la telesecundaria terminarán dejando sus estudios para irse a EU. El otro porcentaje lo integran quienes se casan a temprana edad.
 
“La idea de quienes ven la migración es tener dinero, cargar una buena camioneta, no les preocupa adquirir conocimientos en la escuela; por otro lado, los que se quedan ven el matrimonio como destino”, abunda Jiménez Hernández.
 
Para tratar de contener la migración, la autoridad municipal estableció una multa de 10 mil pesos a quienes abandonen la escuela, “entonces muchos de los que dejan los estudios se van a Estados Unidos para pagar esa deuda”, indica.
 
“Esto no ha logrado detener el fenómeno migratorio debido a las grandes carencias que se viven en la comunidad; no tienen otras ideas de prosperidad. Todo lo que llegan a aprender lo hacen siendo migrantes y lo reflejan más tarde a su regreso a la comunidad.
 
“Aquí lo único que se puede hacer es trabajar el campo, entonces muchos prefieren irse allá donde trabajan el campo pero a cambio de un ingreso”.
 
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