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Fuga de talentos

Por Cecilia Lavalle*
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David es un hombre joven y quizás para cuando estas letras se publiquen, él esté cruzando nuestra frontera con Estados Unidos. No es que se quiera ir. Es que siente que su país lo expulsa.
 
Lo conocí en la Ciudad de México. Fue asignado mi chofer para trasladarme al aeropuerto. Había mucho tráfico, así que tuvimos tiempo de sobra para conversar.
 
“Soy mexicano hasta el tuétano”, me dijo. “Pero aquí no hay futuro, señorita”.
 
Trabaja entre 10 y 12 horas al día para una empresa. No siempre sabe cuándo tendrá su día de descanso, si es que lo tiene. Y, de hecho, puede estar disfrutando ese día en familia, que si le llaman debe acudir al trabajo sin excusa ni pretexto.
 
“No me pesa el trabajo duro, señorita, me pesa que ni así me alcance el dinero. En el otro lado, trabajaba menos y ganaba suficiente para vivir, mandarle dinero a mi familia y comprarme cosas. Aquí, para cuando termina la quincena, ¡ya debo!”
 
David me cuenta que cruzó ilegalmente la frontera hace varios años, sin hablar el idioma ni tener nada más que ganas de trabajar y progresar. Ahí aprendió inglés, a manejar distintos tipos de vehículos, jardinería y cocina.
 
“Lo de la cocina me gustó, señorita. Empecé como lavaplatos y para cuando me regresé ya era ayudante de cocina. El chef decía que tenía futuro ahí. Y yo, la mera verdad estaba contento. Pero pues sí se extraña aquí”.
 
Regresó porque su madre se enfermó y ese día cayó en cuenta que se había perdido toda la infancia de su hijo y estaba a punto de perderse la adolescencia. Empacó y salió como entró, “con un pollero de toda mi confianza”.
 
En los años que han transcurrido desde su regreso, su madre recuperó la salud, se divorció, se volvió a casar y tuvo otro hijo que ahora tiene tres años.
“Y se va a volver a perder la infancia de su hijo”, digo casi para mí misma. “Pues sí, señorita, pero aquí no veo futuro. Tengo al mayor en la Universidad con excelentes calificaciones, y el chico ya va entrar al Kinder, y se necesitan zapatos, tenis, libretas… el día que no se necesita una cosa se necesita otra. Y, como le digo, yo sé lo que es trabajar duro, pero aquí no importa, de todas maneras no ganas”.
 
No me dice eso con coraje, más bien con tristeza. Es la frustración la que habla. Y, también, la nostalgia anticipada.
 
Con toda y su pena a cuestas, David ya tomó la decisión. Dice que le falta poco para juntar los cien mil pesos que le paga a su “pollero de confianza”. Y que en cuanto los junte, se va.
 
Le pregunto si no tiene miedo a los grupos de narcotraficantes, a la migra, a Trump. “Pos sí, señorita, pero más miedo le tengo a seguir de pobre y no ver ni para cuándo mejoraré, trabaje lo que trabaje”.
 
Me duele oír a David. Me duele saber que tiene razón. Me duele que mi país expulse por falta de esperanzas a mujeres y hombres en lo mejor de su vida productiva, que trabajan mucho, se esfuerzan mucho y aman mucho a su país.
 
Cuando nos despedimos nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. “Buen viaje, que encuentre usted lo que busca”, le dije. “Así será, señorita, se lo aseguro”.
 
Caminé al mostrador del aeropuerto con el alma descompuesta; con la tristeza de quien pierde algo valioso que no debía perderse. 
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
 
*Periodista de Quintana Roo, feminista e integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.
 
16/CLT/LGL

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