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Hablando de madres

Por Cecilia Lavalle

En México, somos tan populares que siempre estamos en boca de la gente, lo mismo para significar alabanza, alegría, felicidad, que desastre, fracaso, rabia. Y esa dicotomía en el lenguaje representa muy bien otras dicotomías. Lo que la naturaleza nos otorgó como privilegio, la religión lo convirtió en destino.

Lo que la sociedad alaba en público, lo minimiza o violenta en privado. Se nos dice que somos indispensables en el hogar, pero lo que hacemos no se considera un trabajo y por lo tanto se le resta valor. Me refiero, por supuesto, a las madres.

“Madre” es, probablemente, la palabra que más veces se menciona en nuestro país. Y eso se debe al acomodaticio significado que se le ha dado. Si alguien dice “estoy a toda madre”, sabemos que quiere decir que la está pasando maravillosamente. Pero si alguien dice “estoy que me lleva la madre”, sabemos que quiere decir que está furioso.

Ahora bien, la cantidad en la mención no corresponde a la calidad de la valoración. Y el problema es una ambivalencia muy a la mexicana.

En nuestro México lindo y querido, el peor insulto es que te mienten la madre. Entre varones eso representa una afrenta de impredecibles consecuencias. Pero una de cada dos madres mexicanas, que viven con su pareja y sus hijos/as, padece en su hogar algún tipo de violencia: emocional, física, económica o sexual.

Socialmente se alaba hasta el ridículo el papel de una madre y su labor en el hogar. Pero el trabajo material y afectivo que las mujeres realizamos en el espacio doméstico no se considera un trabajo, no tiene ningún valor para efectos de la economía en nuestro país y figuramos en las estadísticas como “población económicamente inactiva”.

En los hogares frecuentemente tampoco tiene ningún valor. Una mujer que ha dedicado, digamos 5, 10 o 20 años de su vida a cuidar el hogar, atender al esposo y a los hijos, a la hora de un divorcio no se considera su aportación en absoluto.

Si los bienes logrados durante el matrimonio están a nombre de él (caso muy común) y están casados por separación de bienes, la madre de familia se queda con los hijos y, si bien le va, con una pensión que puede ser de miserable a decente.

Los bienes, claro, se los quedan el marido. En algunos estados, mediante costoso pleito legal, se puede ganar el caso; pero el punto es que si ser ama de casa se considerara un trabajo, los bienes adquiridos en el matrimonio simple y llanamente serían repartidos en partes iguales.

Y que conste que las madres no trabajamos poco. De acuerdo con el estudio “Aportes de las madres mexicanas al desarrollo de México y al bienestar de las familias” elaborado por el Instituto Nacional de las Mujeres, y publicado hace dos años (Cimacnoticias, diciembre 16 de 2003), en México somos más de 23 millones de madres.

Y sólo considerando el tiempo de gestación y el cuidado del hijo o hija durante los primeros tres meses de vida, las madres mexicanas entregamos a la sociedad anualmente el equivalente al tiempo de vida de más de 37 mil personas.

Hay más. Siete de cada diez menores de seis años están al cuidado de sus madres. Las guarderías públicas atienden apenas a una quinta parte de la población entre cero y seis años. Y sólo una pequeña parte de los infantes son atendidos por empleadas o guarderías privadas.

Cuatro millones de madres son jefas de familia. Esto quiere decir que su ingreso es el único o el principal en su hogar. Estas madres sostienen a 16 millones de personas. Madres como éstas, y otras cuyo ingreso económico quizás no es tan determinante, no quedan exentas de las labores del hogar, espacio considerado socialmente como el hábitat natural de las mujeres y, por tanto, del que se nos considera absoluta y totalmente responsables.

En estos casos, la mujer dedica a su trabajo fuera de casa en promedio 32.4 horas a la semana y a su trabajo en casa 32 horas semanales. A esto se le llama con toda claridad “doble jornada”.

Por otra parte, las madres que trabajamos fuera del hogar sumamos 8.5 millones. La mitad, recibimos un salario; 2.7 millones cuentan con protección y seguridad social para ellas y sus hijos e hijas; pero poco más de un millón no tiene ninguna prestación. Es más, seis de cada 100 madres que realizan trabajo extra doméstico, especialmente en negocios o empresas familiares, no reciben salario alguno. Su trabajo se considera una colaboración más al bienestar familiar.

Los tiempos para el esparcimiento no abundan para las madres. Si sólo se trabaja en el hogar, las madres disponen de poco más de 16 horas semanales, lo que equivale a 2.4 horas diarias. Pero las madres que también trabajan fuera de casa, sólo disponen de 13.4 horas, esto es 1.9 horas diarias para el descanso o la recreación.

Sí, ser madre puede ser lo más maravilloso que puede sucederle a una mujer que así lo desea, pero también, coincidirán conmigo, es un trabajo poco valorado y menos reconocido, por mucho que el 10 de mayo se nos exalte hasta el delirio.

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

2005/CL/SJ

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