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Herencia del 68

Por Cecilia Lavalle*

Durante 40 años la consigna fue No olvidar. Sin embargo, no fue suficiente.

Hace cuatro décadas, el llamado Movimiento del 68 culminó con la matanza de estudiantes que agravió a la sociedad mexicana.

En aquel entonces yo era una niña de siete años; de manera que mi generación no pertenece a la que salió a las calles en demanda de libertad, a la que movilizó conciencias, a la que en cada mitin alzaba la mano con la V de la victoria, a la que fue capaz de marchar en silencio, a la que se congregó en la Plaza de las Tres Culturas, a la que masacraron en Tlatelolco, a la que reprimieron, encarcelaron, torturaron o desaparecieron ese año y los siguientes.

Mi generación sólo recibió los ecos; los ecos de indignación, de rabia, de frustración, de estupor, de espanto, de miedo; recibió las preguntas sin respuestas, los pedazos del rompecabezas, el clamor de justicia y la consigna de No olvidar.

Y no olvidamos; pero algo no hicimos o hicimos mal, porque eso no fue suficiente.

Es cierto que el rompecabezas de ese día se ha ido armando a fuerza de voluntad e indignación. Pero preguntas elementales siguen sin respuesta: ¿Quién ordenó la masacre?, ¿fue un caos orquestado o simplemente se les salió de control?, ¿cuántos murieron?

Las pocas respuestas que se tienen no han servido de gran cosa. No hay encarcelados por los asesinatos, las torturas, las desapariciones. No hay justicia ni reivindicación para las víctimas. La impunidad de entonces no ha sufrido mella. Y luego están los saldos.

Dicen que el movimiento del 68 nos heredó el México democrático que hoy tenemos. Pero es una democracia tan contrahecha que media sociedad clama por la vuelta del autoritarismo; y en algunas entidades ni falta que hace porque el poder caciquil goza de cabal salud.

Dicen que paulatinamente puso fin al presidencialismo. Pero los contrapesos no llegaron, los equilibrios no se han equilibrado, y si bien el presidente ya no es el todopoderoso, tenemos un grupo de todopoderosos que ordenan y desordenan a su antojo, sin rendirle mayores cuentas a nadie.

Dicen que tenemos medios de comunicación más libres y plurales. Pero la reforma no ha llegado, el derecho de las audiencias brilla por su ausencia, y los monopolios ganan y borran imágenes y vetan leyes y negocian más poder con quienes detentan poder.

Dicen que favoreció la organización de la sociedad, la defensa de los derechos humanos. Pero Digna Ochoa, Lydia Cacho, Oaxaca, Atenco y un etcétera de letanía no alcanzan para sonreír en esta materia.

Dicen que puso en su sitio a los militares. Pero de nuevo están en las calles, de nuevo en combate, de nuevo en una frontera difusa entre lo legal e ilegal para la ciudadanía. Las razones serán distintas; pero el hecho es que asumen el control de ciudades enteras.

Dicen que abrió de golpe las puertas a la libertad sexual, a la píldora anticonceptiva, al feminismo, al cabello largo del rock. Pero las políticas de planificación familiar dan viraje a la derecha, la prédica de la abstención se traduce en planes de gobierno, feminismo es casi una mala palabra, feminicidios es la tragedia del poder misógino, y el pelo largo cubre la cara y se viste de Emo, viva imagen de la tristeza y la desesperanza.

¿México es un mejor país que entonces? Tal vez en más de un sentido sí; pero para el tamaño del sacrificio que hizo la generación del 68, México les ha quedado a deber. Mi generación les ha quedado a deber.

No olvidar no bastó, no fue suficiente. Evidentemente aún hay mucho por hacer. Saldar las cuentas con la verdad y la justicia, para empezar.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

* Periodista y feminista mexicana en Cancún Quintana Roo, integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

08/CL/GG

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