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Hombres violentos fueron niños maltratados o sobreprotegidos

“La primera vez que le pegué a mi esposa fue en la luna de miel. Mi mente machista me hacía ver moros con tranchete. Había tomado y la acusé de estar coqueteando. Cuando ella lo negó, le dije que era una puta y le di una bofetada tan fuerte que al día siguiente le amaneció el cachete hinchado y el ojo morado. Cuando regresamos, ella inventó que se golpeó en la alberca del hotel”.

Habla Víctor Manuel, médico reconocido, quien acepta dar su testimonio con la idea de que los hombres agresivos comprendan que están mal y que pueden rehabilitarse.

Fue paciente del psicoterapeuta Alberto Rodríguez Cervantes, quien se ha especializado en atender a hombres violentos con su familia.

Aceptó acudir a terapia cuando su esposa le pidió el divorcio y se dio cuenta que esa vez hablaba en serio. Después de asistir a veinte sesiones terapéuticas, Víctor Manuel es otro hombre.

Recuerda que cuando regresaron de la luna de miel, su esposa le pidió el divorcio y sintió miedo de perderla. Sentí que me moriría sin ella, que no podría sobrevivir si me dejaba, amenacé con suicidarme, lloré, me le hinqué y le prometí que nunca la golpearía más, confiesa.

Ella lo perdonó y fue el inicio de un círculo vicioso donde imperaba la violencia conyugal. La golpeaba y la maltrataba, le pedía perdón, hacían el amor y ella lo perdonaba.

Cuando la golpeaba realmente creía que se lo merecía; tal vez al ver que me tenía miedo yo me envalentonaba y sentía control, cuando en realidad ahora sé que era un cobarde, inseguro y temeroso, que me ocultaba en la ira y la frustración, expresa.

Víctor Manuel sabe que era cobarde porque no quería que nadie supiera la realidad. Ante los demás era un hombre educado y caballeroso. Pero en la intimidad era celoso y posesivo.

La hacía sentir estúpida, aunque por dentro yo sabía que es más inteligente que yo, eso no lo soportaba, admite.

Dice que sus celos llegaban a tal grado que le revisaba a su esposa la vagina para confirmar si lo había engañado, cuando en realidad el infiel era él.

Confiesa que muchas veces la obligó a tener relaciones sexuales porque estaba convencido que ella tenía la obligación de satisfacerlo cuando él lo decidiera.

Siempre que ella le pedía el divorcio, Víctor Manuel la amenazaba con asesinarla y después suicidarse él, incluso le advertía que también mataría a sus tres hijos.

Una vez íbamos en el carro peleando, llevábamos a los niños, yo arranqué fuerte, les dije que nos íbamos a dar todos en la madre y se asustaron mucho, recuerda arrepentido.

Otras veces, en sus excesos de rabia y coraje, quebraba cosas, quemaba la ropa de su esposa y la ofendía diciéndole que estaba muy aguada.

En el fondo uno no es feliz y no quiere que los demás lo sean. Al principio del matrimonio, cuando la veía riéndose, contenta, me daba coraje, pensaba que se reía de mí, comenta avergonzado.

Su esposa también es profesionista pero nunca le permitió trabajar, con el pretexto que descuidaría la casa y los hijos.

Lo que más le puede a Víctor Manuel es que la violencia familiar afectó mucho a sus hijos. A ellos no los golpeaba, pero sí los agredía emocionalmente. Les gritaba, los insultaba, los regañaba por cualquier tontería.

El mayor me tenía tanto miedo que se orinaba cuando yo empezaba con mis gritos, los tres tienen problemas escolares y trastornos de incontinencia. Yo sé que es el resultado de lo que vivieron conmigo, apunta.

Antes no lo sabía, pero ahora se da cuenta que empezó a agredir a su esposa desde que eran novios.

Dejaba de hablarle, le prohibía que se juntara con amigas a quienes consideraba unas putas, me enojaba fácilmente por cualquier tontería, siempre la culpaba de todo, la hacía sentir basura y la estrujaba hasta que lloraba, revela.

Después se arrepentía y la reconquistaba con regalos. Le prometía que iba a cambiar y ella lo perdonaba.

Pero siempre terminaba culpándola. Le advertía: Si tú te portas bien, yo te trataré bien, no me provoques.

Confiesa que él realmente pensaba que los hombres son superiores a las mujeres, más inteligentes, más racionales, más capaces.

Ahora me doy cuenta de lo absurdo y errado de tantas ideas que tenía, indica.

Dice que cuando el psicoterapeuta le recomendó leer el libro El machismo invisible se dio cuenta que su situación era peor de lo que encontró en la lectura.

TRADICIÓN

Víctor Manuel estaba convencido que el hombre es quien debe mandar en el hogar, tomar las decisiones importantes, que es el jefe de familia y debe imponer su autoridad.

Creía que si no me comportaba así dudaran de mi hombría, de mi masculinidad, que me podría ver como maricón y eso me daba pánico. Ahora sé que era homofóbico, confiesa.

Ahora sabe que su forma de pensar tiene mucho que ver con la educación que le dieron en su familia.

Su papá también era un hombre agresivo. Golpeaba a su mamá y a todos los hijos. El es el menor de tres hermanos.

Incluso, aunque su madre nunca le contó, sabe que perdió a un cuarto hijo debido a una golpiza que le propinó su padre.

Afortunadamente su papá los abandonó cuando eran chicos. Descansamos de los golpes pero nos quedó mucha rabia por dentro, expresa y comenta que cuando su padre se fue su mamá los sobreprotegió.

Víctor Manuel ha convivido con la violencia toda su vida. Desde que estaba en primaria tenía fama de valiente y bravucón. Con todos se peleaba y siempre ganaba. Me creía muy chingón porque era bueno para los trancazos, recuerda.

Ya de grande aprovechaba la mínima oportunidad para pelear. Pobre de aquel que se me atravesaba cuando iba manejando, lo tomaba como agresión personal, confiesa.

PREJUICIOS

Al asistir a terapia, Víctor Manuel entendió que en realidad él no tenía el control, sino sus prejuicios.

Me di cuenta que mis ideas me manejaban y me controlaban, que yo reaccionaba como títere, convirtiéndome en un hombre irracional, violento, amargado, resentido, siempre a la defensiva, enfatiza.

La terapia le cambió la vida. Llegó desesperado, sintiendo que se moría porque su esposa quería divorciarse. Ella acudió a psicoterapia primero. Fue porque sufría una fuerte depresión y había intentado suicidarse varias veces.

Después de asistir a varias sesiones, la señora recuperó su autoestima y enfrentó a su esposo. Le pidió el divorcio. En ese momento Víctor Manuel se dio cuenta que hablaba en serio y aceptó ir a terapia. Ella ya lo había invitado pero él no aceptaba. Le decía que ni muerto iría con un psicoterapeuta, que no estaba loco, que ella era la que estaba mal y necesitaba cambiar.

Le duele haber entendido demasiado tarde. Perdió a su esposa. Pero le queda la satisfacción de ser un hombre distinto. Se divorciaron en buenos términos. También sus hijos asistieron a terapia.

Ya pasaron tres años y medio. Víctor Manuel se volvió a casar. Su relación es respetuosa. Tanto que su esposa actual no le cree que fue un hombre agresivo.

DOS TIPOS DE CUIDADO

El psicoterapeuta Alberto Rodríguez Cervantes distingue dos tipos de hombres violentos. Los que sólo son agresivos al interior de la familia y los que explotan siempre, no importa dónde se encuentren.

Explica que generalmente aquellos que son agresivos sólo con su esposa y sus hijos son hombres que fueron maltratados cuando eran niños, que fueron rechazados, que no recibieron muestras de cariño.

Son hombres que fuera del hogar se comportan como caballeros, educados, amables; nadie se imaginaría que son violentos, indica.

En cambio, aquellos que son agresivos dentro y fuera de su casa son hombres que fueron sobreprotegidos por uno o ambos padres, que todo les resolverían, que los hicieron sentir el centro del universo, que todo lo merecían; son personas con muy baja tolerancia a la frustración, indica.

Estos hombres son visiblemente agresivos, siempre protagonizan pleitos de todo tipo, sean de tránsito, de cantina, en cualquier sitio, detalla.

El psicoterapeuta dice que en el fondo todos los hombres violentos sufren mucho, por eso la mayoría se refugia en la droga y el alcohol.

Los hombres agresivos creen que la ira y el coraje son inherentes a la masculinidad. Ante cualquier cuestionamiento de la pareja sienten que pueden perder el control, por eso reaccionan de manera violenta, hace ver.

Rodríguez Cervantes dice que la clave para que funcione la terapia es entenderlos, comprenderlos y no juzgarlos.

El objetivo es que cambien sus creencias, que entiendan que las ideas que tienen son ancestrales y corresponden a un sistema patriarcal rígido, puntualiza.

En la medida en que modifican su forma de pensar, los hombres ven la mujer con equidad, como a una compañera que tiene las mismas capacidades y los mismos derechos que ellos.

07/DV/GG

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