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Indígenas migrantes en SLP repiten patrones de violencia

Por Juan Ramón Ramírez, corresponsal
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Las indígenas triquis que han emigrado de Oaxaca a esta capital potosina padecen la misma sumisión y violencia de género que sufren en sus comunidades de origen, alertó la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI).
 
El jefe del departamento de Investigación y Promoción Cultural de la CDI, Mario Godoy, explicó que hay una comunidad triqui asentada en la ciudad de San Luis Potosí (SLP) desde hace 20 años, y no obstante no ha abandonado costumbres “machistas”, como por ejemplo prohibir a las mujeres que hablen con otros hombres.
 
El funcionario abundó que la CDI ha detectado que el grupo triqui se caracteriza porque las mujeres atienden sus puestos de artesanías ambulantes y al mismo tiempo a sus familias, mientras que los varones gestionan recursos y negocian con las autoridades.
 
El CDI carece de cifras de cuántas mujeres de esa etnia viven en SLP, y sólo registra, sin desagregar por sexo, el dato de 200 indígenas triquis que viven en esta ciudad.
 
Una integrante de esa comunidad migrante es Florentina García, quien hace más de 20 años salió de San Juan Copala, Oaxaca. En entrevista, dijo que confiaba en que al dejar su pueblo quedaría atrás la sumisión que históricamente padecen las indígenas.
 
Luego de trabajar junto con su esposo como jornalera agrícola en el estado de Sinaloa, se instaló en SLP, donde las mujeres de su grupo siguen siendo víctimas de discriminación y abusos.
 
En Sinaloa, Florentina y su pareja fueron también promotores de la salud y traductores, pero como la participación de las mujeres en esas actividades no era bien vista tuvo que renunciar y quedarse a cuidar a su hijo, lamentó la indígena.
 
Como sus ingresos económicos disminuyeron, ambos decidieron migrar a SLP para vender artesanías con el grupo triqui.
 
Florentina narró que en la capital potosina su vida “cambió”, al menos en lo referente a la violencia doméstica, porque allá en San Juan Copala –contó– si los hombres ven platicando a sus esposas con otros varones son golpeadas. “Por eso son muy calladas”, pero además “no se les permite hablar”, agregó la mujer.
 
Desde 1993 Florentina atiende su puesto de artesanías en jornadas de hasta 12 horas. “Llego como a las 10 de la mañana y termino de levantar como a las 9:30 de la noche, aunque me debo esperar a que pase alguno de mis dos hijos o mi hija, para que me ayuden con la mercancía porque yo sola no puedo”, dijo.
 
Su esposo también vende esos productos, aunque a diferencia de ella, que tiene un puesto ambulante, él se instaló en un local con todos los servicios y un baño privado.
 
En algún momento de la tarde, Florentina le va a dar de comer a su pareja. “Es que él está enfermo y no puede moverse mucho del local, debe estar cercano a un baño”, justificó la indígena.
 
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