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Irak, una guerra que invisibiliza a las mujeres

Mujeres y niñas mueren también en la guerra que se libra en Irak, pero pocos hablan de ellas. Son como invisibles.

Desde la invasión a ese país, 70 mujeres estadounidenses enroladas en las fuerzas armadas han muerto. Constituyen el 2.1 por ciento de todas las bajas. Murieron y siguen cayendo, un número indefinido de mujeres irakíes.

Pero lo que viven las mujeres estadounidenses en Irak no es nada comparado con lo que viven las mujeres irakíes, afirma Kelly Dougherty, veterana de la guerra de Irak y quien hoy es directora ejecutiva de Veteranos de Irak en Contra de la Guerra (IVAW), organización de la que es cofundadora, en Los Ángeles.

Dougherty recuerda actividades y dice que allá, en medio de las altas temperaturas del desierto, un convoy recorría los caminos rodeados de minas y explosivos colocados al azar. Al frente, un camión que formaba parte de la escolta, encargado de despejar el camino para evitar un posible ataque. Y al volante de ese camión iba ella sentada. “Yo, una mujer”.

Mucho se ha hablado de los hombres que forman parte del Ejército estadounidense y que han arriesgado su vida en la guerra que se libra en Irak. Hombres que han muerto, o han regresado heridos, o sufren secuelas psicológicas como consecuencia de las experiencias en el frente de batalla. Pero poco se sabe de las miles de mujeres que han estado junto a ellos, frente a ellos, detrás de ellos, durante los casi cuatro años de guerra.

En las fuerzas armadas estadounidense hay una mujer por cada siete miembros de la tropa destacada en Irak. “Oficialmente las mujeres no están en roles de combate, pero las mujeres soldados sí se encuentran en zonas de combate”, indica Nelly Dougherty.

“En Irak hay más muerte entre los hombres, porque las mujeres no vamos en las mismas unidades que ellos, pero igual estamos en riesgo cada día, patrullando, operando los retenes, haciendo muchas de las mismas actividades que la gente que está siendo herida en Irak”, añade.

“Las mujeres que se encuentran en las bases militares están solas y son atacadas sexualmente. Y una mujer manejando está en riesgo por las bombas a las orillas del camino”.

Kelly es una de esas mujeres cuya labor fue conducir un camión. Originaria del estado de Colorado, esta joven de 28 años formó parte de la Guardia Nacional durante ocho años.

“Creo que uno de los principales factores que me llevaron a enrolarme fue buscar medios para ir a la universidad, y uno de ellos era ese, donde podía obtener dinero para mis estudios y recibir entrenamiento médico”, relata.

Ella ingresó a la Guardia Nacional en 1996, al tiempo que estudiaba en la universidad. En 1999 fue asignada a un primer destacamento en Hungría y Croacia en una unidad de patrullaje y escolta para autobuses. En enero de 2003 recibió órdenes para ir a Irak como policía militar.

Aunque ella se encontraba bajo el estatus de voluntaria en la unidad médica, su título fue cambiado por los mandos superiores, sin consultarla.

Cuando se le cuestiona sobre la legalidad de esta decisión, responde con tranquilidad. “Sí, es legal. Es curioso, hay muchas cosas de las Fuerzas Armadas que la gente no sabe. Cuando te reclutan firmas, pero a veces no sabes qué firmas. Si ellos quieren pueden cambiar ese contrato, no tienes recurso alguno”.

Kelly fue destacada en Irak a pesar de estar en contra de esa guerra. “Yo pensaba que era un error; decía: “Soy un médico, no una policía militar” y se los expliqué. Hablé con sargentos que respondieron que en ese punto no importaba, que ellos necesitaban gente. La única manera de salir de eso era escapar o embarazarse”, relata.

Otra alternativa era simplemente rehusarse e ir a prisión, lo cual implicaba perder sus prestaciones, tener una baja deshonrosa y además asumir la deuda por el costo de sus estudios. “Sentí que no tenía opciones”, afirma. En aquel momento tenia 24 años.

Kelly fue enviada a Kuwait y entró a Irak en marzo, realizando las mismas funciones de patrullaje. “Pero en esta ocasión era diferente. Nos dedicábamos exclusivamente a escoltar convoys de camiones militares y corporativos siete días a la semana. Muchas veces llevábamos docenas de camiones vacíos. Asumíamos que tal vez iban a recoger algo, pero regresaban vacíos también, porque las corporaciones ganan dinero por la cantidad de camiones que tienen en el camino, como es el caso de Halliburton Armor”, señala.

“Nuestra vida corría riesgo, podíamos ser atacados en cualquier momento, había bombas a la orilla del camino y no había una razón real para correr ese riesgo. Me di cuenta de que ahí no había misión”.

Cuando Kelly estuvo en la Guardia Nacional, cerca del 30 por ciento de los integrantes eran mujeres. Al llegar a Irak descubrió que la cifra era mucho menor.

“En mi unidad había 150 personas y solo el 10 por ciento éramos mujeres, es decir 15”, comenta. Y no le fue fácil.

“La gente se siente poco cómoda cuando una mujer tiene un cargo”, explica. “Yo estuve como sargento, que es el tercer cargo dentro del liderazgo, y tuve hombres diciendo abiertamente que ellos no sentían respeto por una mujer, que ese no es nuestro lugar.

“Es difícil reaccionar a eso cuando no hay quién te apoye, sientes que no quieres causar problemas porque si te quejas la respuesta es: ?Why are you such a bith??, es decir “¿Por qué no mejor te sales?”.

A esto se suma la situación de las mujeres en el campo de batalla, que tienen que encontrar a alguien que cuide a sus hijas e hijos, o que deben suspender la lactancia.

“Es diferente para la familia cuando una mujer deja de ver a las y los hijos durante un mes, sobre todo a los pequeños, que cuando lo hace un hombre. Y se dan muchos matrimonios dentro de las Fuerzas Armadas, pero cuando vuelven a casa, quien se lleva el respeto por ser un veterano es el esposo, y la mujer vuelve a ser la esposa y la madre”, afirma Kelly.

Pero en esta guerra existen también otras mujeres, las que viven en un país que de pronto se vio ocupado por fuerzas armadas de otro país, y su situación no es mejor que la de las soldados estadounidenses.

“Cuando patrullaba veía a las mujeres trabajando en los campos y me preguntaba cómo serían sus vidas, especialmente desde la ocupación”.

Son mujeres que se sienten invisibles, porque tienen que criar a sus hijos, cuidar la casa y hacer eso en tiempos de guerra, sin electricidad, sin cuidar de su salud.

En Irak, se libra una guerra de hombres peleando contra hombres. Todas las mujeres, del bando que sean, son invisibles.

Ayer, en un ataque con morteros que se dio a las 11 de la mañana en la Escuela Secundaria Kholoud, en el barrio de Adil, en el oeste de Bagdad, murieron cinco niñas, dijeron la policía y funcionarios escolares.

El director, Fawzyaa Hatrosh Sawadi, dijo que las estudiantes estaban en el patio durante un receso cuando al menos dos autobuses estallaron. Las explosiones destrozaron las ventanas en las aulas, lanzando una lluvia de vidrios sobre las alumnas.

Imágenes televisivas de la AP mostraron charcos de sangre en los escalones y pasillos. Horas después del ataque, padres de las niñas lloraban al ser colocados los cuerpos en ataúdes de madera. La policía dijo que cuatro niñas murieron instantáneamente y otra más tarde.

Ningún grupo se hizo responsable del ataque, pero la organización suni Conferencia General del Pueblo de Irak culpó a las milicias chiís vinculadas con las fuerzas de seguridad del gobierno. El grupo dijo en un comunicado que los autobuses tenían marcas de fábrica de Irán, país al que Washington acusa de apoyar las milicias chiís.

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