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Jóvenes indígenas heredan lucha por la salud de las mujeres

Por Itandehui Reyes Díaz, enviada
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A pesar de los avances en la sensibilización sobre derechos sexuales y reproductivos, las jóvenes indígenas que se organizan para exigirlos se enfrentan a peligros y prejuicios.
 
Al interior de sus comunidades se les percibe como transgresoras de las “buenas costumbres” y el clima de violencia dificulta la tarea de promover una sexualidad libre e informada en los lugares más alejados de Guerrero, estado que ostenta el segundo lugar nacional en tasa de fecundidad para las jóvenes entre 14 y 24 años de edad.
 
Esta entidad, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), ocupa el segundo lugar nacional en porcentaje de pobreza extrema (30 por ciento).
 
Doce de sus 81 municipios son señalados con el mayor índice de desigualdad de género (IDG) a nivel continental, y hasta hace pocos años fue el estado con mayor muerte materna (MM) del país. En 2012 bajó al quinto sitio, desplazado por Veracruz, Puebla y el Estado de México.

En estas tierras converge una larga historia de organización social para mejorar las condiciones de vida de la gente campesina e indígenas.
 
Pese a su tradición guerrera, en la última década la violencia criminal, migración y militarización se han recrudecido tanto que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos en México consideró en 2013 a Guerrero como la segunda entidad más peligrosa para ejercer la defensa humanitaria.
 
Tan sólo el año pasado fueron asesinadas 13 personas activistas, según el Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan.
 
Con mucho en contra, una generación de mujeres jóvenes de entre 16 y 29 años, la mayoría bilingües, tejen alianzas y heredan la lucha por el derecho a la salud que grupos civiles han impulsado desde hace más de una década.
 
En lo cotidiano, estas jóvenes dedican sus vidas a ser intérpretes, gestoras, aprendices de parteras, talleristas y promotoras. Son conscientes de las necesidades de sus comunidades, pues crecieron entre asambleas, pláticas sobre género, discursos de derechos y cultura indígena, y han vivido condiciones muy distintas a sus madres, quienes les abrieron brecha.
 
Sus lenguas maternas son ñomndá (amuzgo), tu’un savi (mixteco), me’phaa (tlapaneco) o el nahua guerrerense; algunos ya no lo hablan pero sí lo entienden. Sus trayectorias son únicas como cada región que la geografía divide en Norte, Centro, La Montaña, Costa Chica, Costa Grande, Tierra Caliente y Acapulco.
 
CONTRA LA LLUVIA Y EL VIENTO
 
Son las 11 de la mañana de un domingo. Truenan cohetones en la plaza principal de Chilapa de Alvárez, poblado de 31 mil 357 habitantes, ubicado a una hora de Chilpo (como se le dice popularmente a Chilpancingo, capital del estado).
 
Es la fiesta del patrono. Pese a que el puente Hidalgo que conecta dos partes de la ciudad no se ha reparado desde que en septiembre de 2013 la tormenta tropical “Manuel” lo destruyó, el comercio de panes, artesanías, frutas y semillas no se detiene.
 
En las calles enlodadas de este pueblo, puerta de entrada a La Montaña, se aprecian grafitis hechos por la Red por los Derechos Sexuales y Reproductivos en México (Ddeser) que dicen: “Hablemos de sexo” y “Usa condón”.
 
A unos metros también hay pintas que invitan a los conciertos de Cártel de Santa y Torbellino Musical, agrupaciones muy populares entre la juventud de la región.
 
“Acá es muy difícil hablar de sexualidad, es un tema tabú, no se conoce, en la Red llevamos pláticas a las secundarias, trabajamos con estudiantes, docentes, madres y padres de familia y autoridades comunitarias de salud (…); nos enfocamos en prevenir el embarazo en adolescentes, hablamos de métodos anticonceptivos y derechos, tratamos de diseñar actividades de acuerdo con las necesidades de las comunidades, para que nadie se sienta incómoda.
 
“Las promotoras además imparten los talleres en sus propias lenguas”, explica Gady Dircio Chautla, coordinadora de la Red en el municipio.
 
Según el Consejo Nacional de Población, Guerrero ocupa el penúltimo lugar nacional en cobertura de métodos de control natal en mujeres en edad fértil, y la necesidad insatisfecha de anticonceptivos (NIA) alcanza el 30.8 por ciento entre las y los jóvenes de 15 a 19 años.
 
Aunque puede que la información sobre anticonceptivos llegue a gran parte de la población, en el acceso a los métodos existen todavía grandes barreras. “Puede que no haya confidencialidad en la clínica o si tú quieres un método como inyecciones, salgas sólo con una tira de condones”, dice Gady.
 
Mientras llueve, un taller para promotoras de derechos sexuales y reproductivos continúa; una veintena de jóvenes provenientes de las zonas Centro y La Montaña imaginan otras estrategias para sensibilizar a la población sobre cuántos hijos tener o el derecho a decidir de las mujeres.
 
“Nos exponemos a la agresividad; la gente aquí es muy católica: nada más en el centro hay como 10 iglesias, el cura de la catedral en las misas condena la interrupción del embarazo”, comenta Cuauhtémoc Reyes, un promotor de la Ddeser que busca la difusión por otras vías: a través de internet, calcomanías en motocicletas, carteles o murales en bardas.
 
“Es fuerte, imagina cómo hablarles del derecho a decidir; muchas de ellas son obligadas a casarse por los padres”, advierte la joven Eduviges Villegas Pastrana, traductora mixteca en el Hospital Regional de Tlapa, donde a ratos sus pasillos semejan la Torre de Babel, acuden lo mismo memphas, nahuas y na savi desde comunidades lejanas en busca de atención médica.
 
Además de Eduviges, la Secretaría de la Mujer estatal logró que Fabiana Garzón Pacheco, intérprete memph’a originaria de Tilapa, hiciera guardias en el área de Urgencias del nosocomio.
 
Ambas traductoras velan porque las mujeres embarazadas sean atendidas y se les informe en su lengua materna sobre los procedimientos médicos. Pese a estas aparentes victorias, la cobertura hospitalaria es insuficiente y la práctica médica aún sigue violentando el parto de las mujeres más jóvenes, pues se les regaña o ignora.
 
REDES, ALIANZAS E INCIDENCIA
 

Nadia Maciel Paulino es el enlace estatal del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, desde donde impulsa la Red de Mujeres Jóvenes Indígenas y Afromexicanas (Remjina).

 
“En la Red tratamos de separar derechos sexuales y derechos reproductivos porque la sexualidad no está ligada necesariamente con la reproducción… el hecho de que una mujer tenga relaciones sexuales no quiere decir que quiera ser madre, sino vivir plenamente su sexualidad”, apunta la líder nahua.
 
“Desde la incidencia buscamos que las políticas públicas tengan un enfoque intercultural, que se reconozcan los cinco grupos étnicos, además de los cuatro pueblos originarios (amuzgo, mixteco, tlapaneco y nahua), y el afromexicano”.
 
En ese sentido, la Red impulsa una agenda elaborada con las necesidades de las comunidades, participa en el Grupo Estatal Interinstitucional Pro-Salud Sexual y Reproductiva, donde se pretende que las organizaciones civiles trabajen de la mano con las dependencias para llevar información, en lengua materna, que prevenga el embarazo en las adolescentes.
 
Mientras tanto, en una de las poblaciones más calurosas de la Costa Chica, Ometepec, Manos Unidas, organización precursora de las Casas de Atención a la Mujer Indígena (CAMI), cuenta con una nueva generación de activistas agrupadas en la Red de Jóvenes Voces Indígenas (RedJovi).
 
Al frente están Valeriana Nicolás Benito y Apolinaria Santana Oropeza, quienes a su corta edad ya tienen casi una década de experiencia en la lucha por la salud de las mujeres.
 
“Mi mamá era promotora de salud de la CAMI y desde chica me traía a los talleres”, cuenta Valeriana, quien además explica su batalla por la autonomía personal: “Aunque mi mamá siempre me dijo de estudiar, no había recursos; mis cinco hermanos varones me desanimaban, decían ‘para qué vas a estudiar si vas a casarte’”.
 
Con mucho esfuerzo obtuvo la beca del gubernamental Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) y pudo terminar su bachillerato; ahora quiere ser abogada para tener más herramientas en la defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres indígenas.
 
“La Red de Jóvenes nos empodera, ya no es tan fácil que alguien atropelle mis derechos… antes me temblaban los pies para hablar, ahora ya sé lo que merezco”.
 
De este modo, RedJovi también promueve el ejercicio de una sexualidad libre, informada y responsable a través de talleres en secundarias y bachilleratos de la Costa Chica de Guerrero.
 
CUESTIÓN DE DECIDIRSE
 
Es la clausura del tercer grado de la Telesecundaria “José Vasconcelos”, en San Pedro Cuitlapán, localidad na savi de mil 249 personas perteneciente al municipio de Tlacoachistlahuaca, uno de los más pobres entre la Costa Chica y La Montaña.
 
La líder Hermelinda Tiburcio Cayetano es invitada a dirigir un mensaje a las jóvenes para motivarlas a continuar con sus estudios.
 
Las recién graduadas se han levantado muy temprano para preparar el caldo de iguana y los tamales que sirven en el desayuno, son pocos los varones que se acomiden a servir.
 
“Puedo ir hablar con sus papás si a alguien la están forzando para casarse”, les ofrece Tiburcio Cayetano. Las jóvenes bajan la mirada; ante el silencio, Hermelinda les repite el mensaje en su lengua materna, “la lengua de la lluvia”: tu’un savi. Se escuchan los nombres de algunas jóvenes, pero ninguna se anima a hablar en la improvisada reunión.
 
Paulina Baltazar Santiago, de la organización civil Kinal Antzetik-Guerrero, también les recuerda a las jóvenes: “A veces los papás no entienden, pero si salimos y demostramos que realmente caminamos solas, ellos reaccionan, no con dinero, porque eso no hay, pero sí te apoyan, es cuestión de decidirse (…); piensen que estando casadas se complica más”.
 
Es el consejo de esta mujer amuzga que también salió de su comunidad para estudiar el bachillerato en Chilpancingo.
 
De camino a su tierra, Xatuta (Yoloxóchitl) Herme revela que cuando niña su padre también le había arreglado su matrimonio; con 11 años escapó para dedicarse al trabajo del hogar. Pese a muchas adversidades logró terminar la carrera de Psicología.
 
A veces le llaman “licenciada”; Hermelinda Tiburcio ha dedicado su vida a la región; lo mismo transporta a una mujer herida al hospital o defiende a las jóvenes, que denuncia el desvío de recursos de los programas indígenas estatales.
 
Amenazada de muerte, la década pasada fue señalada de ser guerrillera. Viaja de comunidad en comunidad con protección y medidas cautelares. Su activismo no tiene descanso: “Es por las que vienen”. Lo tiene muy claro.
 
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