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Jóvenes y madres solteras, mayoría de migrantes nicaragüenses

Por Nelson Rodríguez, corresponsal

Franchesca Martínez, de 27 años de edad, trabajó dos años en Costa Rica (CR), pero regresó a su natal Nicaragua para estudiar y dar una mejor vida a sus dos hijas.
 
Franchesca se fue de este poblado de la Región del Caribe Sur nicaragüense el 13 de diciembre de 2010 y regresó el 12 de septiembre de 2012, luego de trabajar casi dos años en actividades  del hogar.

Durante el tiempo que estuvo fuera, sus dos hijas de 6 y 8 años de edad quedaron al cuidado de su abuela materna, a quien le enviaba mensualmente entre 200 a 300 dólares (entre 2 mil 500 y 3 mil 800 pesos mexicanos), porque devengaba un salario de 400 dólares mensuales (poco más de 5 mil pesos mexicanos).
 
Un salario impensable para una trabajadora del hogar en Nicaragua, cuyo salario mensual anda entre los 3 mil a 4 mil córdobas, menos de 200 dólares mensuales.
 
Las mujeres en Nicaragua se ven obligadas a viajar a otro país especialmente a CR o Guatemala, por la pobreza y la falta de trabajo, pero muchas vuelven con otra visión para seguir adelante, explica Herenia Amaya, responsable de Desarrollo Estratégico de la Red de Mujeres Contra la Violencia (RMCV).
 
Franchesca asegura que se regresó de CR por dos razones: extrañar a sus hijas y estudiar. Actualmente cursa los sábados el penúltimo año del bachillerato en el colegio público de Bocana de Paiwas.
 
Ella piensa estudiar una carrera técnica y luego universitaria aquí en Nicaragua y ya está en busca de trabajo. Por ahora se ha mantenido con el ahorro que tenía de la estadía en CR.
 
La joven sostiene que valió la pena haberse ido a trabajar a CR, aunque le dolió separarse de sus hijas, cuyo padre no se responsabiliza de ellas, pero con la remesa que enviaba mejoró su casa y ahora piensa seguir estudiando para ofrecer mejores condiciones de vida a sus hijas.
 
Aunque la RMCV no tiene estudios sobre las condiciones de las migrantes que regresan al país, sí recibe testimonios de mujeres que han emigrado y vuelven para estudiar y mejorar su perspectiva de futuro, independientemente de su edad y el número de hijas e hijos que tenga.
 
El caso de Franchesca es un ejemplo de que las mujeres que se van de Nicaragua están por lo general en edad productiva, son jóvenes, madres solteras y sus hijas e hijos quedan al cuidado de sus abuelas maternas.
 
Un estudio de caso presentado en 2010 por la Red de la Sociedad Civil para las Migraciones, realizado en 135 hogares del departamento de Rivas, al sur del país, encontró que 4 de cada 10 habitantes en el exterior tienen entre 16 y 30 años de edad, por lo que se confirma que es una población en plena capacidad productiva.
 
En el estudio de caso se encontró que de la población migrante en cuatro municipios del departamentote Rivas, la mitad son mujeres, en contraste con el norteño departamento de Estelí, donde sólo 2 de cada 10 migrantes son mujeres.
 
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