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La ciudad de Ganesh

Por Juana Eugenia Olvera*

Llegamos a Ganeshpuri, por ahí de las 11 del día. Recién había empezado el Darshan. La administración nos indicó que regresáramos después de la comida para registrarme y así poder asignarme el espacio en donde me hospedaría.

Dejamos las maletas en la oficina y pasamos al patio. Sorprendida porque el gurú era una mujer: Gurumayi (puede traducirse como madrecita gurú). En ésa época era relativamente joven. Guapa, seria y con esa gracia propia de las hindúes para mover la cabeza como en un vaivén suave de derecha a izquierda.

Siempre en su centro, tranquila, a veces daba mensajes, a veces comentarios y otras veces no decía nada, era como mantenerse en un constante observar. Pasábamos en fila presentando nuestros respetos. Al final daba una bendición y de ahí pasábamos a los comedores para recibir los alimentos.

El principal servía comida hindú y tenía unas mesas largas en donde se comía sin hablar. Antes de que nos sirvieran hacíamos oración para agradecer nuestros alimentos, mismos que se ofrecían a la divinidad en una pequeña ceremonia parecida al Arati (se realiza siempre al inicio y al final del día) una vez que se terminaba su preparación.

Para mí los alimentos eran deliciosos. Se empleaban platos de acero, así como vasos para tomar agua. Con el tiempo aprendí a beber agua sin tocar con los labios el vaso.

Había una especie de cafetería para los occidentales que no toleraban las especias, ni el picante, la mayoría eran norteamericanos. En aquel lejano lugar había una población hispano parlante numerosa. Incluía mexicanos, españoles y latinoamericanos.

Por el clima y dado que hay prácticas matutinas que se inician desde las 4 de la mañana, después de comer se acostumbra una siesta para posteriormente hacer las labores correspondientes de cada quien y del Ashram en sí, luego volver al Darshan, el Arati, la cena y el descanso nocturno.

Como me dijeron en la oficina de ingreso, regresé a registrarme, indiqué el tiempo que consideraba permanecer en aquel lugar y pagué mi estancia que era relativamente barata.

El Ashram contaba con baños occidentales y regaderas con agua caliente y a decir verdad, era un hospedaje de lujo y seguro, con precios muy cómodos, como decía Gurumayi.

Me tocó quedarme en una sala pequeña que albergaría a unas cincuenta mujeres y me designaron una camita más angosta que una cama individual de acá. Frente a ella había una línea de lockers para guardar la ropa, maletas, etcétera.

Empecé por limpiar el mueble para poder acomodar mi ropa y posteriormente limpiar y sacudir el colchón de la cama. Asear el espacio donde pensaba yo, pasaría todo el tiempo que tuviera que estar ahí. Al terminar, tomé un baño que me hizo sentir que estaba lista para integrarme a las actividades del lugar.

Salí a buscar a mis compañeras que ya venían de regreso, lo cual hizo darme cuenta de todo el tiempo que invertí en el aseo de mi nuevo espacio.

Me indicaron que fuéramos a cenar, que teníamos dos opciones: una, comer otra vez la comida hindú que ya como cena para mí era demasiado, o comer en la cafetería unas frutas, algún pastelillo y leche de búfala (es deliciosa y muy dulce) o un sándwich vegetariano por supuesto.

Ahí comentaron que Gurumayi iba a practicar la semana del silencio, que no iba a haber Darshan durante ese tiempo y que nos suplicaba mantenernos en la misma tónica, (sin hablar) lo cual como todo mundo podrá entender, para los latinos es imposible.

Dimos una breve caminata por aquel lugar bellísimo y nos fuimos a dormir y a partir de aquí se iniciaron las más increíbles, fantásticas y maravillosas vivencias que me cambiaron la vida.

11/JEO/RMB/LGL

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