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La hipocresía de Marcial Maciel

Por Marta Guerrero González

La palabra fariseo, además de su connotación primaria, se utiliza para describir al hombre hipócrita, especialmente el que afecta una piedad que no tiene.

El fundador de los Legionarios de Cristo durante sus 85 años ha logrado escapar a la justicia. Sí, a la Justicia, porque no se trata de un pecado menor o de una debilidad de la carne, se trata de un abuso de menores, de un delito tipificado por la ley.

La verdad histórica sobre el abuso y las violaciones a jóvenes, tanto dentro del seminario como en el colegio Cumbres, ha sido puntualmente documentada por las propias víctimas o por las viudas de esos hombres a quienes Maciel les arruinó la vida.

Sin embargo, la impunidad reina en los imperios de los legionarios, empeñados en su mayoría, en guardar con obediencia secreta, que no es otra cosa que la complicidad del silencio, de bajar los ojos y de ponderar un sin fin de virtudes capaces de opacar las malas obras.

Pero no se trata de calificar a Maciel como un buen o mal sacerdote, no se trata de comprender las limitaciones de un hombre, como cualquier otro, con defectos y aptitudes, se trata de desenmascarar a un delincuente que, acreditado de una jerarquía y del supuesto poder celestial, obligaba a sus condiscípulos a realizar acciones de carácter sexual a su favor y, desde luego, les imponía el secreto, además de exigirles una comprensión que los chicos estaban muy lejos de sentir.

Probablemente los delitos de abuso sexual hayan preescrito según el código de Derecho Canónico, pero ha muerto el Papa que lo protegía y el nuevo jefe de la Iglesia, ha rectificado su postura anterior y pidió, antes de ser ungido, reabrir el caso, suponemos que para llegar hasta sus últimas consecuencias. La justicia está cerca.

El sacerdote maltés Charles Scicluna, designado fiscal para el caso, vino a México a tomar los testimonios, una vez más, de los que valerosamente han acusado desde el principio y se encontró con la sorpresa de que muchos otros hombres objetos de los abusos de Maciel, encontraban, ahora sí, un sentido real de justicia, al acusar a uno de los hombres más poderosos e influyentes de la Iglesia.

Benedicto XVI no puede desentenderse de los resultados de la investigación, puesto que ni todos los mexicanos, ni todos los gringos y extranjeros pueden haberse puesto de acuerdo en un complot contra un anciano perverso o no, al que han tratado de erradicar de sus vidas desde varios lustros atrás.

La exigencia es que salga la verdad a la luz y pronto, antes de que Marcial Maciel muera. Es una cuestión de honor. Indudablemente.

2005/MG/SJ

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