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La inauguración

Por Cecilia Lavalle*
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Hace unos días cumplí 28 años de inaugurarme como madre. E inaugurar es la palabra precisa, porque fue el inicio de una etapa insospechadamente enriquecedora.
 
La inauguración no fue fácil. ¿Alguna lo es?
 
Conste que me preparé físicamente con los medios a mi alcance. Comí sanamente, hice ejercicio moderado. En fin, mi cuerpo estaba en buenas condiciones para hacer su parte.
 
También leí mucho. Que si hay que abrazarlos, que si hay que alimentarle según lo demande, que si el pañal se cambia de tal manera o de tal otra, que si el cólico, que si esto que si aquello.
 
Total, yo llegué al día de la inauguración como actriz estelar en su gran estreno, sintiéndome absolutamente preparada para hacer un gran papel.
 
Y todo eso se esfumó tan pronto entré al hospital y me colocaron la batita horrenda que de un golpe me despojó de mi dignidad y de todas mis certezas.
 
A partir de ahí y de manera poco amable, entendí que en realidad no estaba preparada en absoluto. Ningún libro me preparó para el trabajo de parto, pero en especial para lo que vino después.
 
Las pocas horas de sueño, el juego de las adivinanzas cuando lloraba (¿Tendrá hambre? ¿Tendrá sed? ¿Tendrá sueño? ¿Tendrá calor? ¿Tendrá frío?). El trabajo extenuante. El cansancio crónico.
 
Y menos me preparó para las continuas exigencias sociales que demandaban que me viera radiante, delgada, descansada y muy muy, muy, feliz. Claro, la culpa apareció casi tan pronto como parí.
 
Si no sabía cómo amamantarlo: Culpable. Si no adivinaba porque lloraba: Culpable. Si estaba rendida y lo único que deseaba era dormir: Culpable. Si su exigencia de alimento me estaba enloqueciendo: Culpable.
 
Total, con todo y que mi pareja asumió su responsabilidad paterna de manera gozosa, comprometida y amorosa, yo me sentía absoluta y dolorosamente reprobada en eso de ser madre.
 
Tardé muchos años en comprender que los mensajes que social y culturalmente recibimos las mujeres desde pequeñas, nos dejan creer que “naturalmente” estamos preparadas para ser madres.
 
Y cuando nos topamos con la realidad, nos sentimos fallidas. Porque no asumimos que la naturaleza terminó su parte al parir (y a menudo eso también requirió ayuda). Asumimos que nosotras fallamos.
 
Hubiera sido más gozoso ese proceso si alguien me hubiera dicho que eso de ser madre al igual que el de ser padre es una tarea de aprendizaje. Que no tenía porque saber nada de antemano. Y, claro, que tenía todo el derecho a estar agotada y a equivocarme.
 
Como pude, aprendí sobre la marcha a sobrevivir, sobrellevar y luego a disfrutar el proceso. De hecho, fui madre por segunda vez. Y conforme me fui deshaciendo de la culpa, aprender a ser mamá me resultó una aventura extraordinaria.
 
Ahora que cumple 28 años, miro atrás y pienso que me hubiera gustado saber lo que hoy sé para disfrutar más su infancia, para disfrutar amarlo sin tanto peso sobre mis hombros, para disfrutar mi propio proceso.
 
Sin embargo, pese a la difícil inauguración, hoy me siento muy afortunada. Mi hijo es una buena persona y es feliz. Ha sido un gran maestro de muchas maneras. Y me cambió la vida. Para bien, he de agregar.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com.
 
*Periodista y feminista en Quintana Roo, México, e integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.
 
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