Inicio La marcha del hartazgo

La marcha del hartazgo

Por Cecilia Lavalle

La marcha silenciosa alcanzó niveles históricos. Y es que de antemano se esperaba que sería la más concurrida de que se tenga memoria en México. La presencia de miles de personas en las calles sólo demostró una cosa: que la capacidad de hartazgo de la sociedad llegó a su límite. Y ojalá así sea, porque la sensación de que el país se nos está desmoronando empieza a mostrar señales de alerta.

La sola convocatoria a una marcha para protestar por los altísimos niveles de delincuencia que padecen muchas ciudades del país, dejó al desnudo muchos de los problemas que nos aquejan; y estos problemas, desnudos, expuestos y juntos se aprecian tan grotescos que explican perfectamente el eco que encontró la convocatoria.

Y es que el grado de inseguridad que se padece no se explica sin policías que, salvo excepciones, son ineptos, ineficientes, cuando no corruptos o indudablemente delincuentes. No se explica sin un sistema de procuración de justicia que en general es una pesadilla, que procura muchas cosas pero rara vez justicia, y que no escapa, ni a la ineptitud ni a la corrupción ni a la delincuencia.

No se explica sin un sistema de administración de justicia lento, tortuoso, ineficaz y no pocas veces corrupto. Ineptitud, ineficiencia, ineficacia, corrupción, impunidad, son un cóctel peligroso.

El resultado es un desastre de proporciones inauditas. Cometer delitos, particularmente secuestros, es un negocio de muy bajo riesgo y de altos rendimientos. México, destacó hace algunas semanas la empresa internacional de seguridad Kroll Inc., ocupa el deshonroso segundo lugar en el mundo con mayores niveles de secuestro. Sólo le supera Colombia. Y aunque las autoridades se apresuraron a descalificar esas cifras, a cuestionarlas, a mostrar sus datos alegres, lo cierto es que lo único importante es la percepción de la ciudadanía. Y esa percepción dice, sin lugar a dudas, que vive en un país inseguro.

Todos los días leemos alguna tragedia. Todos y todas tenemos un amigo, un pariente, un conocido que ha sido víctima de la delincuencia en mayor o menor grado; es decir, a cada habitante nos ha tocado de alguna manera la delincuencia. Toda la ciudadanía tiene la certeza de que algún día formará parte de la estadística, de que algún día será víctima de un delito y se enfrentará al vía crucis que significa denunciarlo. Todas las mujeres sabemos que corremos doble riesgo, porque trátese del delito que se trate, podemos ser sujetas de violencia de distintos tipos, especialmente sexual.

Esa es la percepción. Esa es la realidad con la que viven (¿sobreviven?) diariamente millones de capitalinos y de compatriotas en otras entidades del país como Chihuahua, Sinaloa, Morelos, Guerrero, Baja California.

Y a ello se suma la percepción de que las autoridades están enfrascadas en demostrar que el otro gobierna peor; que los partidos políticos están muy ocupados en meterle zancadillas al contrario con miras al 2006; que los políticos están trabajando en la sucesión –sea presidencial, gubernamental, municipal- lo mismo del año, bienio o trienio que viene; que las y los legisladores, salvo excepciones, o están inmersos en la lucha por el poder, o no tienen mayor idea de lo que significa el bien común, o están en Big Brother, y en cualquier caso cobran un jugoso salario que con frecuencia ni devengan ni merecen.

En resumen, la percepción es que el gobierno no gobierna, los partidos no sirven como interlocutores de la sociedad, las y los legisladores no nos representan, y lo que impera es la ley de la selva donde los delincuentes están ganando.

Por eso la convocatoria a la marcha tuvo tan buena recepción. Por eso el hartazgo pasó de la queja y la autocompasión a la acción política. Por eso me parece increíble que el gobierno del Distrito Federal suponga que esto también forma parte del complot (¡!). Que la derecha y la ultraderecha están inmiscuidas. ¡Por supuesto! También los del centro y los que ni siquiera se preguntan ideológicamente dónde se encuentran.

Lo que no entiendo es por qué no está ahí la izquierda. Lo que no entiendo es cómo pueden pensar que la ultraderecha por sí sola tiene tal poder de convocatoria. Lo que no entiendo es que supongan que tanta ciudadanía es incapaz de pensar por sí misma, reflexionar, enojarse, indignarse y decir ¡ya basta! Lo que no entiendo es cómo, Sr. López Obrador, aspira usted a gobernar un país con tan corta estrechez de miras.

Todo indicaba que la marcha sería un éxito. Yo espero que esto sea apenas el principio. El principio de una ciudadanía activa que sabe que no basta votar o peor abstenerse para lograr cambios. El principio de una ciudadanía dispuesta a empujar una transición democrática a punto de naufragar. El principio de un constante marcaje lo mismo a autoridades que a gobernantes que a representantes populares. El principio, en fin, de un mejor país. Que así sea.

Apreciaría sus comentarios: [email protected]

*Articulista y periodista de Quintana Roo

2004/CL/GV/SM

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content