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La mitad del poder

Por Cecilia Lavalle*
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Han transcurrido 63 años desde que las mexicanas logramos que nuestro derecho a votar y ser electas fuera reconocido en la ley. Sin embargo, la segunda parte de la ecuación aún no se hace del todo presente.
 
“¿Qué?”, podría preguntarme sorprendido un lector. “Pero si ahora las mujeres ocupan cargos de gobierno al igual que los hombres”, afirmará.
 
A las pruebas me remito, contesto. Mire, a base de juicios de protección a nuestros derechos como ciudadanas y a sentencias históricas, apenas conseguimos un tercio de las sillas en el Senado; cuatro de cada 10 sillas en la Cámara de Diputados, y en los congresos estatales la cosa varía, pero en promedio de cada 10 curules tres son ocupadas por mujeres.
 
¡Y en esos espacios es donde mejor nos va! Porque en toda la historia de México, sólo han gobernado alguna entidad siete mujeres; y de los más de 2 mil 400 municipios que tiene nuestro país, las mujeres acaban de alcanzar casi 8 por ciento.
 
“Bueno –interrumpe mi lector–, pero van llegando de poco en poco”.
 
Ni crea, le contesto. La participación política de las mujeres en cargos de elección popular se ha estancado o retrocedido varias veces, porque los partidos políticos no cumplen con la ley, cumplen a medias o hacen trampa.
 
Al ritmo que llevábamos, tardaríamos 89 años más en alcanzar la mitad de escaños en el Senado, y 390 años para gobernar en el 50 por ciento de los municipios.
 
Por eso estamos exigiendo aplicación de la ley, bajo la premisa de que la paridad está inscrita en el derecho a la igualdad, y eso no sólo implica la no discriminación, sino que obliga a tomar todas las acciones necesarias para propiciar que las mujeres ocupen la mitad del poder.
 
“¡¿La mitad del poder?!”, pregunta mi lector atragantándose el pedazo de galleta que se llevaba a la boca.
 
¡Claro!, la mitad del poder, respondo mientras le doy un trago a mi café y espero que se recomponga. ¿Por qué no habríamos de ocupar la mitad del poder? ¿Qué pensaría si las mujeres ocupáramos 70 de cada 100 sillas disponibles para gobernar? “¡Sería injusto!”, exclama.
 
¡Exacto! La hegemonía masculina en los espacios de poder es injusta y antidemocrática. Por eso, desde hace años muchas mujeres impulsamos estrategias para abrir la puerta del poder de par en par. Primero promovimos las cuotas de género; es decir obligamos en la ley a que los partidos postularan a cierto porcentaje de mujeres, y ahora exigimos la paridad.
 
“¡Ah! Pero eso también es injusto ­–revira mi lector– porque se le da el espacio a una mujer sólo por ser mujer”.
 
¿Y por qué no le parece injusto que ocupen los espacios los hombres sólo por ser hombres? “¡Entonces mejor ponemos cuotas por capacidad, porque se trata de que nos gobiernen los mejores!”, sentencia mi lector.
 
Es interesante su planteamiento, le digo. ¿Por qué no se ha dicho eso mientras los hombres ocupan la mayoría de los espacios?
 
Porque el hecho de que hayan gobernado, en todos los espacios, una abrumadora mayoría de hombres, no entrega cuentas como para presumir: más de la mitad de la población vive en pobreza; más empleos informales que formales; millones de jóvenes desesperanzados porque ni encuentran lugar en las escuelas ni encuentran trabajo; el crimen organizado y el desorganizado mantienen como rehenes a buena parte de la población de México.
 
Total, el país se desmorona. ¿De qué capacidad me habla? Señor, señor, ¿sigue ahí? Creo que se volvió a atragantar.
 
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com.
 
*Periodista y feminista en Quintana Roo, México, e integrante de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.
 
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