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La “no mujeridad” en Río

Por Argentina Casanova*
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Por primera vez en la historia de la cobertura periodística de los Juegos Olímpicos, el movimiento feminista internacional ha ejercido presión sobre los grandes medios, para que dejen atrás la misoginia y el sexismo, lo cual los ha llevado a replantear nuevas coberturas, para que dejen de referirse a las deportistas reduciéndolas a meros “objetos placenteros para la vista”. Sí, el cuerpo de las mujeres bajo el siempre atento escrutinio público.
 
En México tuvimos una muestra de esa dosis de presión en las redes sociales, luego de que la gimnasta Alexa Moreno fue motivo de  una violenta cosificación por parte de personas ocultas tras el anonimato, quienes criticaron su participación, centrando sus acerbas críticas en su figura. La sociedad mexicana respondió y dio muestras de tomar conciencia al pronunciarse contra esa violenta cosificación. 
 
No se trata solamente de corregir los encabezados de los diarios o de equiparar las coberturas que se hace de los deportistas masculinos con las de las atletas. Se trata de la oportunidad de reflexionar colectivamente sobre lo que hay detrás de este hecho, que sin duda es un parteaguas en la historia del feminismo y sus alcances ¿globales?
 
No. El feminismo nunca ha querido ser global como el capitalismo, pero sí mover a la toma de conciencia primero de las mujeres y luego de otras personas colectivamente, y hacerlo cada vez en más ámbitos.
 
El salto que se dio con los Juegos Olímpicos de Río es un avance, que merece ser aprovechado, para ir más allá de lo superficial, más allá del sexismo que no alcanza a darnos respuestas más profundas. 
 
Una frase sintetiza el parámetro bajo el cual se observa y se define a las mujeres en los deportes: “nada como (si fuera) un hombre”.  
 
La frase tiene un significado más profundo, de necesaria reflexión.  Las mujeres no queremos ser vistas como hombres, ni queremos ser vistas como “personas”, ese neutro construido desde el discurso patriarcal, con sus reglas, leyes, cánones y estructuras. 
 
Nosotras mismas somos parte de esa estructura y por eso resulta tan complejo entenderlo. De ahí que debemos cuestionar, analizar y repensar, trastocar el lenguaje, las ideas y el significado del “yo” y del “inconsciente” femenino, individual y colectivo, construido por esta sociedad patriarcal y que es la imagen que tenemos al mirarnos a nosotras mismas, buscando encontrar nuestro verdadero rostro.
 
Tenemos la tarea de atrevernos a confrontar los discursos imperativos y hegemónicamente validados por sí mismos, y que son los únicos conocidos. Confrontarlos para empezar a escuchar nuestras propias voces, los balbuceos de un nuevo pensamiento femenino que nos replantee la existencia misma, la noción de la vida, de las creencias y de cómo entendemos nuestro lugar en esta Tierra que se nombra hembra. Perderle el miedo a la histeria, a la locura y a la mujeridad.
 
Debemos confrontarnos con el canon de nuestras propias ciencias, confrontar nuestras espiritualidades –creencias y dogmas– aprendidas y definidas desde un súper yo masculinizado, como único parámetro e inaccesible para las que nacimos “hembras”, ya que nacimos en un cuerpo que por mucho fue considerado “no humano”.
 
Hasta hace poco, en algunos países las leyes ubicaban a las   mujeres en la categoría de los enfermos, los retrasados mentales, los locos y los inválidos (sic), como seres inferiores, incapaces e incompletos. Y ahí, entre esos “hombres deficientes o incompletos” estaban las mujeres como “no hombres”, porque el parámetro ha sido el “hombre” y el neutro que nos inventaron los construyeron desde un “no hombre”, pero nunca fue como un ser completo,  que corre, brinca, piensa, vive como mujer. 
 
Lo que tenemos es un mundo mediático que pondera la virtud de quien se asemeja, se aproxima, al único que tiene posibilidades de lograr lo que observa, lo humano: el hombre. La virtud se convierte entonces en la categoría hombre, que es y ha sido la única posible para encarnar la perfección, el triunfo, la excelencia… Es quizá la visión de un Olimpo, invadido por una cosa que alcanza quizá a reunir la cualidad del ser hombre.
 
En otra mirada, tendríamos que dejar la pregunta: ¿alguna vez se han cuestionado lo que es ser “no mujer” en un planeta llamado Tierra, que se enuncia hembra?
 
* Integrante de la Red Nacional de Periodistas y del Observatorio de Feminicidio en Campeche.
 
16/AC/GGQ

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