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Lágrimas de cocodrilo

Por Cecilia Lavalle

¿Por qué lloran las mujeres?, me preguntó un amigo más molesto que intrigado. ¿Perdón? Sí, por qué lloran las mujeres, repitió su pregunta. ¿En serio quieres saber?

A lo mejor soy la menos indicada para responder a esa pregunta. Y es que yo lloro por las causas más inconcebibles. No lo robo -diré en mi descarga- lo heredo. Mi madre llora por sus penas y por las ajenas, por sus alegrías y por las de otros. Yo no era así, supongo que nada más por llevarle la contraria. Pero no hice más que cumplir los 40 y comencé a llorar por muchas cosas.

Lloro en una película triste o romántica o alegre, según. Lloro si estoy feliz o si estoy triste. Puedo llorar ante una increíble puesta de sol o cuando me quedo contemplando el mar y siento que soy una con el universo o que soy –para pena de mi importancia personal- una micro partícula más de un todo extraordinario.

Puedo llorar ante el pasaje de un libro independientemente de la trama, simple y llanamente porque está magistralmente escrito. Puedo llorar viendo las noticias nacionales o internacionales, preocupada por la clase de mundo en que viven mi hijo, mi hija y el que heredaré a mis potencialmente posibles nietos y nietas. Puedo llorar hablando con mi hijo, pensando en mi hija o añorándolos a ambos aunque esté cada quien en sus habitaciones.

Total yo soy capaz de llorar por todo lo que me emocione, y no sé si es mi edad, las hormonas que empiezan a querer alebrestarse, una cuestión genética, que le tengo menos respeto al ridículo, o todo junto.

Desde luego no todos los llantos son iguales. A veces sólo es una especie de lagunita en mis ojos, quieta, solemne, recatada. Otras, es como una especie de riachuelo en época de secas. Algunas más, es como una presa en época de lluvias. Y, acaso las menos, es como una catarata de medianas o grandes proporciones. Todo depende. Según el caso, según la emoción, según el ánimo, según el clima, según el estrés, según como me esté yendo o trayendo la vida. Según.

Mi amigo, claro, seguía sin salir de su asombro. Supongo que esperaba algo así como el A B C del llanto femenino y su antídoto. Interpretando sus pensamientos le dije. ¿Sabes qué es lo mejor del llanto femenino? Que no necesita razones. El problema es que nuestra cultura ha asociado llanto con mujer con debilidad, y ha hecho de todo eso un antónimo de virilidad. Con esa educación, a los varones no sólo se les impide llorar, sino que se les enseña que a las emociones no hay que dejarlas salir sin que antes pasen por la cabeza, excepción echa, claro, del enojo, de la rabia; esa sí tiene pase automático. Por eso quieren saber por qué llora una mujer. Prefieren razonarlo y no sentirlo.

Cuando una mujer llora, un abrazo es mejor que una retahíla de razonamientos; un hombro donde llorar es lo adecuado; un pañuelo para secar nuestras lágrimas es suficiente. A muchísimas mujeres cuando lloramos nos basta un abrazo. No necesitamos que nos resuelvan nada o que nos expliquen lo que ya sabemos.

El llanto es producto de una emoción ¿para qué le ponen cabeza? Sobra decir que mi amigo se fue más confundido de lo que llegó. A lo mejor lo único que le quedo claro es que hay más “lloronas” que su pareja, y en ese caso ni quejarse.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

*Articulista y periodista de Quintana Roo

2004/CL/LR/SM

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