Inicio “Las Aparicio” y “El sexo débil”, ¿Una apuesta por la igualdad de género?

“Las Aparicio” y “El sexo débil”, ¿Una apuesta por la igualdad de género?

Por Aimeé Vega Montiel *

En los últimos meses, dos producciones encabezadas por Argos han atraído la atención de las audiencias y de algunos representantes de la opinión pública, identificados con el sector crítico de la programación televisiva.

Se trata de “Las Aparicio” y “El sexo débil”, dos programas definidos por la propia productora como pertenecientes al género de la teleserie en el que podemos identificar una combinación de recursos provenientes de otros géneros –como la telenovela, la serie, la comedia de situación (sitcom) y hasta del reality show–.

La campaña montada para el lanzamiento de estos dos productos expresa en sí misma su intención: la de anunciarlos como creaciones originales, a las que algunos atribuyen la cualidad de “no ser refritos ni importaciones” (Cueva, 2010).

Otra de las estrategias ha consistido en promoverlas como visiones ¿feministas? de la subjetividad de mujeres y hombres, y de sus relaciones.

Pero nada más alejado de la realidad. Vayamos por partes.

Cuando se les anuncia como un nuevo producto, lo que tal vez se nos está queriendo decir es que su novedad radica en la amalgama –eso sí, con muy buena calidad, como es característico de Argos– de diálogos, imágenes y escenarios típicos de películas y series estadounidenses que han probado el éxito de varias herramientas.

Basta por ejemplo ver la cortinilla de “Las Aparicio” sobre las “Reglas para ser una perfecta esposa”, la cual podemos encontrar en la parte final de la película La sonrisa de Monalisa.

O la voz en off que tanto en “Las Aparicio” como en “El sexo débil” profundiza en la subjetividad de los personajes, y que constituye un sello de identidad de series como Desperate Housewives y Sex and the City.

Como es característico del género de la sitcom, hay un fuerte apoyo en los diálogos, algunos de los cuales –en el caso de “Las Aparicio”–, se ha acusado, son copia de los desarrollados en películas como El efecto mariposa o Bajo el sol de Toscana (Mata, 2010).

Así también, la presentación de estas dos historias como independientes pero que se entrecruzan, es herencia de filmes como Short Cuts, de Robert Altman (1993). Entendemos que, en el contexto de la globalización, los géneros y formatos mediáticos también se globalizan, por lo cual es deseable que a estas dos teleseries no se les atribuyera más el adjetivo de innovadoras.

Por otro lado, a ambos programas se les ha asociado con el feminismo. Mucho se ha dicho en torno a éstos, a los que incluso en circuitos académicos y políticos se les mira como el paradigma de la liberación femenina.

Así, encontramos artículos alusivos con títulos como “Machismo contra Feminismo: ganan las mujeres”, o foros en Facebook sobre “Las frases de Las Aparicio más feministas”, y hasta reconocimientos públicos, como la Medalla Omecíhuatl que fue otorgada por el Inmujeres DF en 2010 a las protagonistas, guionista y productor de esta teleserie.

Pero esta asociación motiva nuestra suspicacia. ¿Es realmente feminista? El feminismo es una teoría y una filosofía política de Derechos Humanos, y no una práctica cultural como el machismo, que se sostiene en la discriminación y la violencia contra las mujeres.

El feminismo y las feministas pugnan por un mundo en el que los Derechos Humanos de todas las personas sean realizados, por lo tanto, su apuesta por la igualdad no tiene que ver, para nada, con oprimir a los hombres ni con expulsarlos de este planeta.

Con esta base, si nos detenemos un poco y analizamos las representaciones de género que nos proponen ambos programas, corroboraremos que estamos ante los mismos estereotipos sexistas de la televisión tradicional, sólo que disfrazados de igualdad.

En primer lugar, podemos advertir la prevalencia, en las dos teleseries de una visión heteronormativa de los personajes –son blancos, de clase media y apegados al patrón de belleza prevaleciente en Occidente–, y de sus relaciones y estilos de vida –que no corresponden con aquellos con los que se identifica la mayor parte de la población de nuestro país–.

A los personajes masculinos se les asocia a la racionalidad, la fuerza y el egoísmo y, en oposición, a las mujeres se les atribuye el ser emocionales, sumisas y siempre al pendiente de las necesidades de los otros (de hijas/hijos/parejas/empresas/hogares), colocando al amor en el centro de su identidad.

Ahí está Leonardo (Plutarco Haza) en “Las Aparicio”, que seduce a Alma (Gabriela de la Garza), la psicóloga quien, aún y cuando en momentos parecía emanciparse, demostrando su capacidad de construir su autonomía e independencia emocional y material, finalmente no escapó a la regla social que apunta que, por más autónomas y libres, las mujeres están siempre a la espera de un hombre que llegue a su vida a cubrir sus vacíos emocionales.

O Julián (Mauricio Ochmann), el cirujano plástico de “El Sexo Débil”, quien representa al viejo estereotipo del hombre macho y promiscuo, pero que luce tan exagerado en su interpretación que parece fuera de la realidad.

Por otro lado, la explotación de las mujeres como objeto sexual es la materia prima de la cultura popular (Hull, 2003), y ambas series reproducen esta regla. Ahí tenemos la sobre-exposición del cuerpo semidesnudo de las protagonistas, que a la menor provocación son exhibidas en la pantalla televisiva para el placer de los públicos masculinos pero no como una expresión de la liberación sexual femenina.

La representación de mujeres lesbianas y de hombres gays también tiene cabida en los dos programas, sin embargo, son construidos desde una perspectiva heterosexual que no desestabiliza al poder patriarcal.

Ninguno de los dos programas incluye la discusión de temas centrales en la agenda de las identidades sexuales diversas –gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero–, y que involucra asuntos centrales como la discriminación, sus derechos sexuales, civiles, etcétera.

Lo que vemos, en el caso de las mujeres es, una vez más, una sobre-explotación de su sexualidad. No más.

A la vista de lo expuesto, sería honesto admitir que ninguna de estas dos series son propuestas alternativas, sino que las empresas de televisión han ampliado sus temas con el propósito de abarcar la mayor diversidad de audiencias posible, de ahí que “Las Aparicio” y “El sexo débil” puedan parecer, en momentos, escenarios en donde la resistencia a las normas sociales, pero también su asunción, se expresen.

En conclusión, ambos ejemplos ilustran que con los tiempos cambia la forma pero no el fondo. Por el contrario, se exacerba la cosificación de las mujeres y, lo que es más perverso, todo apunta a que estamos ante una misoginia velada.

En este sentido, y como en otras esferas, advertimos el riesgo de que la visibilidad de las identidades sea sólo sinónimo de explotación comercial por la voracidad del mercado de no dejar libre ningún nicho de mercado, pero no signo de una transformación social.

Correo electrónico aimeevm@unam.mx

* Investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM

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