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Las indígenas toman la palabra

Por Miriam Ruiz

Hace 30 años, durante la Primera Conferencia Mundial de la Mujer en México, todas eran iguales. Hoy las mujeres indígenas se abrieron espacio para hablar con su propia voz y andar su camino a contracorriente de todas las formas de discriminación.

Las más pobres del país, las más alejadas del acceso a todos los niveles de opción y las que tienen menos oportunidades reales, están listas para hacerse escuchar en los foros donde se decide el futuro en su nombre, como la próxima evaluación quinquenal de los Objetivos del Milenio. Y para dar las batallas electorales que tengan frente a ellas.

Un ejemplo es Hermelinda Tiburcio Cayetano, mixteca nacida en una de las regiones más olvidadas de Guerrero, a quien una solamente puede recordar subiendo y bajando de la pick up, que la lleva desde Chilpancingo por horas de carreteras federales y brechas, a las regiones más incomunicadas de la marginada entidad como activista por los derechos humanos de las mujeres.

Hoy, Hermelinda Tiburcio –a punto de ser madre por primera vez –es candidata a la presidencia municipal de Tlachoachistlahuaca, municipio amuzgo donde en años pasados la persiguió el ejército. Contiende por el Partido de la Revolución Democrática tras dar una complicada batalla al interior del partido en la localidad.

Cuando la también psicóloga organiza o negocia con dinamismo y un carácter amable, se olvida que nada es sencillo para una niña indígena que rechaza ser como las demás: fue una suerte nacer en una familia donde se valoró que estudiara, pero nunca de gratis.

Como tantas otras historias entre las mujeres indígenas que llegan a la universidad, el costo es la difícil separación del mundo indígena, de la familia, para llegar al seno de una casa mestiza donde se come, se estudia, se aprende el español y se limpia de cabo a rabo.

Pasados esos años, Hermelinda Tiburcio se vio en la encrucijada, mientras estudiaba Psicología en la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG), de salir en defensa de la comunidad de San José Barrio Nuevo en Tlacoachistlahuaca, frente a las fuerzas armadas mexicanas.

El 21 de abril de 1999, Francisca Evarista Santos Pablo y Victoriana Vázquez Sánchez salieron a buscar al niño Antonio Mendoza, nieto de Victoriana, y a Evaristo Albino, cuñado de Francisca. Al llegar a la milpa, encontraron un charco de sangre y notaron la presencia de militares. Los soldados las agredieron sexualmente. Los familiares aparecieron muertos y los casos están actualmente archivados por la justicia militar en Guerrero bajo el argumento de falta de elementos.

Hermelinda Tiburcio Cayetano, integrante de la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas y del Consejo Guerrerense 500 Años de Resistencia Indígena, fue acosada por el ejército mexicano a raíz de esas denuncias: la llamaban por teléfono y alguna vez la interceptaron en esos caminos donde ella está acostumbrada a estar sola durante horas.

Desde entonces la vida la comprometió al activismo por las mujeres indígenas, las que están al final de cualquier índice de bienestar, las que nadie visita porque están lejos para generar capacitación y discusión entre ellas, enfrentando todos los días al machismo que sin empacho se vive en las sociedades indígenas, aunque todo vaya cambiando.

Durante este año mostrará la casta frente a otra arista del poder como candidata a la presidencia en un municipio donde los balazos pueden ser una manera corriente para expresar rechazo a los contrincantes. “Lo estuve pensando mucho”, comenta Hermelinda, “hay gente en el partido que no quiere a una mujer en la candidatura.”

NO ES LA UNICA

Poco a poco, la lista de líderesas indígenas crece. Guadalupe Hernández Dimas, mejor conocida como Nana Lu y la única indígena entre 12 mexicanas, fue seleccionada para las Mil Mujeres para el Premio Nobel de la Paz por ser coautora de la gramática en lengua p’urhépecha, Janhaskapani, y su quehacer de más de una década en 22 localidades de esa región michoacana.

“La mujer indígena en este momento es la más abandonada; el problema en las comunidades no es el económico, el problema es cultural, es el más grande que existe y para ése es para el que no han habido apoyos suficientes”, ha señalado.

Nacida a las orillas del lago de Pátzcuaro, fundó Uarhi, mujer en p’urhépecha, organización desde donde Nana Lu y otras crearon un espacio “para hacer un trabajo para nosotras y entre nosotras.”

Antes llegó al Congreso de la Unión la indígena chatina Cirila Sánchez Mendoza como diputada priista (1991) y como senadora (2000). Y también estaban las más arrojadas, las comandantas zapatistas que dieron la batalla para que la causa de sus congéneres quedara plasmada en los acuerdos de San Andrés.

FOROS INTERNACIONALES

Apenas 10 años después de la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer de Beijing, lo que las mujeres indígenas ganaron fue visibilidad, asegura Nina Pacari, ex canciller ecuatoriana e integrante del Foro Indígena Permanente de la ONU.

Tras hacer un recorrido mental desde 1994, cuando por primera vez se reunieron las indígenas de América Latina en preparación a Beijing, Pacari asegura en entrevista que en México se avizora un creciente liderazgo de las mujeres indígenas jóvenes, tanto en número como en calidad.

Para ella, la participación indígena sigue la figura de la espiral, en tanto que al final sigue la continuidad y el avance. “Hemos vivido la exclusión histórica”, asegura, y por ello se alegra que el proceso contrario, “de inclusión, se vaya materializando”.

LLAMADO A LAS NACIONES UNIDAS

Cansadas de solo mirar, las mujeres indígenas organizadas de esta región han emitido una serie de recomendaciones a la ONU y gobiernos que piden convenios de cooperación para sensibilizar a la ONU, y el establecimiento de mecanismos claros de participación para ellas, además de generar estadísticas que miren sus particularidades.

Asimismo, llaman en especial a una participación directa en todo el proceso para evaluar y llevar adelante los Objetivos del Milenio, como acordaron en el documento Agenda y Estrategias de las Mujeres Indígenas de México y Centroamérica, signado el 24 de junio en la ciudad de México.


05/MR/GM

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