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Las mujeres bolivianas en Argentina

Por la Redacción

El incendio de la fábrica textil de Caballito, donde familias enteras vivían y trabajaban en condiciones indignas, las hizo visibles para los medios de comunicación y para buena parte de la sociedad argentina que a menudo mira para otro lado cuando lo que se ve son mujeres pobres que viven al margen de los derechos más básicos.

Pero las mujeres bolivianas no solo trabajan bajo condiciones inhumanas en la industria textil, también lo hacen sembrando y cosechando verduras y limpiando casas.

Están y no están. Trabajan a destajo en las quintas de Escobar, en las fábricas textiles, en las casas de familia, pero como no tienen documentos y son mujeres y vienen de Bolivia, se les paga poco, se las echa arbitrariamente, se las esconde en habitaciones sin ventanas, se les veda el derecho a la palabra.

“Albertina llegó a Buenos Aires hace más de 10 años. Nació en Camargo, pero creció en un centro minero, Quechislá. En la familia son siete hermanos y la que siempre trabajó en la casa fue su mamá, Alberta, que cocinaba pasteles y los vendía en el mercado. De su papá, que era zapatero, habla poco. Se fue de casa cuando Alberta esperaba el séptimo hijo y no volvió más.

“Yo quedé embarazada cuando era muy niña -dice Albertina-. Tenía 17 años y a los 20 tuve el segundo”. Dice que no estaba preparada para casarse y, siguiendo el consejo materno, no se casó. Y debió ser así, cuenta, porque el noviazgo duró poco y al año siguiente, dejó a sus dos hijos con la mamá en Camargo y emigró sola a La Paz, a buscar trabajo.

Fueron años difíciles. Rentó una habitación en La Paz, encontró un puesto en un salón de té y estudiaba al salir de la jornada. A los dos años se recibió de asistente contable y después de rotar en varios puestos, entró como administrativa en el Ministerio de Trabajo de Bolivia.

En eso estaba cuando un amigo le comentó que en Argentina se vivía mejor: hay trabajo y se gana en dólares. No había mucho más que pensar. “De la noche a la mañana renuncié al ministerio y me fui. Me vine por un año y ya no pude volver. No puedo volver derrotada. Me da mucha vergüenza”.

Trabajó durante años, con el sueño trastocado y días enteros de insomnio, hasta que no aguantó más y se fue. “Tenía amigas que trabajaban en costura por centavos y me juré que nunca lo iba a hacer, pero la misma situación te obliga: o eres costurera o eres mucama”.

Credenciales de éxito

Según los datos del último censo, el 4. 2 por ciento de la población que vive en Argentina nació en el extranjero: en Ciudad de Buenos Aires y en Tierra del Fuego, las proporciones aumentan a 11. 4 y 11.1.

En cuanto a la población boliviana, el Instituto Nacional de Datos, Estadísticas y Censo (INDEC) señala que en el 2001, año en que se hicieron las últimas mediciones, había empadronados en el país unos 233.464 bolivianos esto es, el 15 por ciento del total de extranjeros registrados.

En Buenos Aires, la población foránea asciende a unas 317.556 personas de las cuales, el 52.9 por ciento corresponde a población nacida en países limítrofes y el Perú. El 18 por ciento del total de extranjeros en la ciudad, es de origen boliviano.

Sin embargo, para la socióloga Ana Mallimaci, los números son meras aproximaciones. “El traspaso de fronteras es informal y constante -advierte- y como la mayoría está en una situación irregular y no se identifica como nacido en otro país, es difícil estimar precisiones”.

No obstante, los investigadores sostienen que entre los inmigrantes limítrofes hay más mujeres que varones -en una proporción aproximada de 58 por ciento a 42 (ECMI 2003)- y entre las migraciones recientes, las que llegaron entre 1990 y 2003, la proporción aumenta aún más, en un 54 por ciento de mujeres sobre un 46 por ciento de varones.

“La migración boliviana que llega a Buenos Aires es familiar”, explica Mallimaci, investigadora del Instituto de Género de UBACIT sobre inmigración y género en la comunidad boliviana.

Alguien llama: un pariente, un paisano, un vecino. El varón migra primero, busca trabajo, se asienta y después trae a la familia. La mayoría proviene de Cochabamba, de Oruro, de la zona de los valles y en general, antes de viajar a la Argentina pasaron por Sucre, La Paz, Santa Cruz y los centros más ricos de Bolivia.

Juana llegó a Buenos Aires hace 15 años. Vivía en Oruro, en el Altiplano boliviano. El papá era minero y trabajaba en un ingenio de estaño hasta que cerraron 27 de los 30 yacimientos que había en la zona y las familias se quedaron sin nada, “porque el ingenio nos daba todo”. Todos migraron.

Los padres se fueron a Tarija y los cinco hermanos, se desperdigaron por Bolivia. Juana viajó a Sucre, estudió en la Universidad de Chuquisaca y se recibió de técnica en alimentos, con un hijo que dejó al cuidado de sus padres.

Con el título en la mano trabajó en la producción de la soja y en una ONG belga que la contrató para mejorar la industria lechera, hasta que el proyecto se desarticuló y se quedó sin trabajo.

Volvió a Oruro. Buscó trabajo en La Paz, en Sucre, en Cochabamba. Nada, hasta que una amiga le dijo que en Argentina había muchas fábricas, mucho campo, mucho tambo donde trabajar y cruzó la frontera.

“Como yo tenía una profesión, me quedé tranquila, dice Juana, creí que tenía un futuro asegurado. Volví a dejar a mi hijo con mi mamá y me vine. De Oruro a Cochabamba, de Cochabamba a Santa Cruz y crucé por Yacuiba. Llegué en septiembre por tres meses y los tres meses se hicieron seis y seis doce y me quedé”.

Salió de Bolivia con 400 dólares y llegó a Buenos Aires con un peso. El cruce es caro. La frontera está llena de falsos peajes y comisiones que sólo se les cobra a los pobres.

El primo exitoso que vivía en Buenos Aires y la iba a recibir en su casa, nunca apareció y Juana empezó a trabajar en una casa de familia, al cuidado de un militar enfermo, que es el único trabajo que consiguió. Sola, sin documentos, sin dinero, quedó atrapada en el trabajo informal nunca volvió a Bolivia porque de la Argentina se vuelve con éxito o no se vuelve.

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