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Las religiosas

Por Cuicuizcatl (golondrina viajera)*

“Misericordia, Señor, que desfallezco. Sáname
tú, porque el temor ha carcomido mis huesos”
(Biblia Latinoamericana. Del salmo 6)

México, DF, 29 nov 07 (CIMAC).- Estuve casi cuatro años con las religiosas cursando la formación básica en una congregación en México. Salí tres meses antes de hacer mis primeros votos de castidad, pobreza y obediencia. Ya estaba mi nombre en las invitaciones para la ceremonia que se llevaría a cabo el 5 de agosto de 1992. Yo salí en abril, antes de consagrarme a Dios formalmente. ¿Por qué? Me enfermé de los nervios..

EL PREÁMBULO

La relación con todas las hermanas era excelente. Pero con Sor Anita, nuestra encargada directa, se hacía cada vez más tirante.

Por las noches, después del toque de campana que indicaba silencio, luego de las oraciones en la capilla y antes de dormir, mientras cada una lavaba su ropa en los lavabos del dormitorio común –la primera tallada antes de la lavadora- Sor Anita nos vigilaba a todas.

Una que otra de mis compañeras leía una frase de algún libro piadoso antes de dormir, en la penumbra de las luces medio apagadas. Yo me apuraba a ser la primera en lavar y mientras las otras seguían, me iba abajo del foco a anotar pendientes e ideas sueltas en mi libretita de mano. Pero, muchas veces Sor Anita tocaba mi hombro y me indicaba, a señas, ir a la cama enseguida.

“¿Por qué a las otras sí las deja leer y a mí no?”, me preguntaba.

Y me daba coraje. No entendía que las otras estaban “cerrando sus ventanas” con una frase bonita y yo en cambio estaba “abriendo las mías” con un torrente que no acababa nunca. Sor Anita lo sabía mejor que yo porque ella era igual. Pero me rebelé. Y entonces empecé a escribir a oscuras, ya en mi cama. Así, aunque la hora de dormir era a las 10:00 PM, yo me quedaba hasta las 12 escribiendo debajo de las cobijas (afortunadamente, al día siguiente descifraba todo bien).

¿Qué escribía? Lo que no me daba tiempo de estructurar en el rato que teníamos de estudio. Y es que en la comunidad, aparte del grupo de novicias, había otras religiosas ya con votos, con años de ser religiosas, que atendían la primaria y otras el kínder. A la hora de la comida nos sentábamos en mesas de seis, y nos iban rolando. A veces las hermanas, en la mesa, hacían comentarios sobre sus actividades.

“Tengo una junta de padres de familia pasado mañana y no sé qué eslogan poner para este tema”, decía alguien. “¡Yo le ayudo, Sor, mañana le paso mis propuestas”, le contestaba; o bien otra decía: “¡Qué barbaridad! Hubo más trabajo en la lavandería y no acabé de preparar mi clase de catecismo del sábado!”. Y yo: “¡No se preocupe, yo le hago un esquema. Ése tema lo di hace poco y lo tengo fresco!”.

Y así, sin que me lo pidieran, yo me llenaba de pendientes. ¡Como si no fuera suficiente tener más de diez materias, dar clases de ortografía y de redacción a dos grupos de futuras secretarias en la academia comercial y atender a un grupo de jóvenes los sábados!

Pasaron los meses. En las vacaciones de agosto a las novicias nos habían encomendado una tarea especial: investigación por equipos, con acceso a documentos originales, para reconstruir los cien años de la presencia de la congregación en México. El objetivo era armar un compendio para presentarlo en enero en un encuentro de novicias con las de la región norte.

Me tocó la parte de la persecución religiosa en México, la guerra cristera. Me impactó profundamente el testimonio de los mártires que derramaron su sangre por defender su fe. En mis impulsivos arranques de sentimentalismo en la capilla, le ofrecía mi vida a Cristo por el evangelio, queriendo derramar también mi sangre…

Hablé con hermanas mayores, ancianas. Revisé material interesantísimo. Y cuando apenas estábamos entrándole a fondo…¡Zaz! Se acabó el tiempo. Terminaron las vacaciones.

Yo fui corriendo con Sor Esperanza, la “maestra de novicias”, nuestra directora. Le dije que en el tema de las persecuciones faltaba mucho aún para presentar un buen informe; que era, además, un desperdicio si dejábamos perder en el olvido esos viejos documentos. Y me ofrecí para continuar la investigación yo sola, en mis ratos libres (¡ja, ja!). La madre Esperanza dijo que no quería tocar el tiempo de estudio destinado a las materias, pero que podía acostarme más tarde o bien levantarme antes. Escogí esto último. La hora de despertar para todas era a las 5:30 AM. Yo podría hacerlo a las 4:30. Acepté enseguida.

Sin embargo, en la práctica, había un “pequeño” problema: no podía usar despertador por estar en dormitorio común. Y con la preocupación de despertar a tiempo, desde las tres empezaba a consultar el reloj cada diez o quince minutos.

Si a eso le agregamos lo que señalé antes, que me quedaba con frecuencia hasta las 12 de la noche escribiendo a oscuras (a escondidas), la realidad era que dormía tres o cuatro horas diarias con un desgaste que aumentaba cada vez más, pues Sor Anita me escogió para un trabajo especial: armar el compendio histórico de todos los equipos para pasarlo a guión de obra de teatro…¡Claro! Sin descuidar el rendimiento en las 10 materias, mis clases en la academia secretarial, el grupo de jóvenes de los sábados y mi labor como animadora de los talleres.

¿Talleres? ¡Ah! Es que unos meses antes me enviaron con otras tres compañeras a un taller de liderazgo juvenil, para formar animadores de grupos. Fueron días de torbellino. Pero los siguientes meses fue peor, porque tuvimos la responsabilidad de reproducir el taller con las religiosas de nuestra casa, luego con las novicias y al final con las jóvenes de la academia secretarial. Más torbellino. Yo me iba acelerando…

Tenía mi máquina trabajando a todo vapor casi las 24 horas del día y no me sentía cansada, al contrario, me sentía con una energía muy padre y trabajando “para el Señor”. Repetíamos muchas veces al día la oración: “Todo por Vos, mi buen Jesús, mi bien inmenso…cuanto hago, digo, sufro y pienso…”

Pero había una presión más: la espiritual. Se acercaba el momento de los votos (hacer públicamente los primeros votos de castidad, pobreza y obediencia). Las hermanas repetían: “Prepárense bien. Necesitamos buenas religiosas” y “Ustedes son las hermanas del centenario”… y como el dichoso centenario de la presencia de la congregación en México coincidía con los festejos de los 500 años de evangelización en América, la exigencia del testimonio era cada vez mayor.

“Hay que tender a la perfección”, repetían. Y con mis lecturas de los mártires y las charlas con las ancianitas, se me llenó la cabeza de quién sabe qué (OJO: LA CABEZA, NO EL CORAZÓN) y quería ser una religiosa impecable.

A propósito del sacrificio, nos decían: “Da la rosa y quédate con la espina”. Sí. Pero el precio que pagué fue demasiado caro. Como me dijo una amiga que es psicóloga: “Tenías un Volkswagen y le estabas exigiendo como un carro de carreras”. Fueron ocho meses así. Algo tenía que estallar por algún lado. Y estalló…

* Autobiografía de la búsqueda de una mujer por una vida libre de violencia.

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