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Las viudas del Carbón

Por Sara Lovera López*

¿Qué haría usted si le tocan a la puerta y le ofrecen un millón y medio de pesos? Pues sí, esto es lo que hacen algunos enviados de Industrial Minera México (IMMSA) en algunos pueblos como Palaú o Santa María, allá en la región Carbonífera de Coahuila, al norte de México, donde se enlutan los corazones y las casas cada día.

Millón y medio para olvidarse de reclamar sus derechos. Para callar y para dejar de protestar por la impunidad y la injusticia en Pasta de Conchos.

IMMSA, responsable de la muerte de 65 trabajadores en la mina 8 de Pasta de Conchos, no está sola en esto. Le ayuda, la encubre, la sostiene y la solapa el Gobierno Federal desde hace años; es la trasnacional más enriquecida con la explotación de los mineros del carbón. Tiene ganancias anuales de 48 mil millones de dólares.

Mañana se cumplen 2 años desde la tragedia que el 19 de febrero de 2006 enlutó a 65 familias. La tragedia no ha terminado porque los restos de los mineros permanecen en el fondo de la mina y a las viudas, a los huérfanos, a las madres no se les ha hecho justicia.

Peor aún es que las mujeres están aisladas: las que encabezan la lucha, las más visibles demandantes de justicia, las que han ido y venido de la puerta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, al plantón frente a la Secretaría del Trabajo de 32 días, dialogando con los representantes de la OIT, las que documentaron la inseguridad en que trabajaban sus maridos, engañadas por la Federación Internacional de Trabajadores Mineros, porque nunca enviaron a los expertos que demostrarían la posibilidad de rescate.

Su lucha subsiste entre 30 ó 40 marchas diarias, entre la discusión de la Reforma Judicial y la falta de empleo.

Me pregunto porque es tan difícil unirse. Mañana cuando las viudas y los familiares marchen hacia el Zócalo, sus más cercanos aliados harán propio en contra de la reforma judicial que atenta contra los derechos humanos.

Y todas las noches de campamento, en la puerta de la mina, allá en San Juan Sabinas o aquí en la Colonia Polanco, no tiene más audiencia que unas y unos cuantos.

Elvira Martínez, esposa de Jorge Vladimir Muñoz, que nos acompañó el pasado miércoles a la Mesa Periodistas de Capital 21, el Canal de la Ciudad, nos contó cómo allá, en Coahuila, no se ha logrado la solidaridad de las y los vecinos, ni de los pueblos; cómo llegó a Italia y el Vaticano cerró sus puertas. Nos contó que el Sindicato Minero hace declaraciones pero realmente no ha protegido los derechos de 29 de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, que eran los únicos sindicalizados.

Ahora el juez 15 de Distrito les negó su capacidad de interés jurídico.

Apoyadas por la Comisión Pastoral Laboral, por una teóloga y dos sacerdotes, las 5 mujeres que andan por el mundo profundizando sus demandas, necesitan la solidaridad de muchas más personas.
La pregunta es por qué están aisladas. Cómo es que con tanta solidaridad mediática, estén ahora en peligro de que allá, las otras 55 viudas acepten la indemnización que pomposamente “tramitó” la Secretaría del Trabajo.

La estrategia ha sido dividirlas. La misa de mañana contará con la presencia de mineros de 10 secciones sindicales y se anuncia la derrama de 60 millones por viuda, por las pensiones no tramitadas hasta ahora, con la esperanza de callarlas.

La empresa distrae, como hace 100 años, a las viudas y a los huérfanos, y allá, durante 2 años, quienes apoyan denodadamente a las viudas no pudieron levantar ni un comité.

Ahí, en la Región del Carbón, ese lugar del mundo de cráteres abiertos por las empresas mineras, donde ya se frotan las manos los capitalistas para la explotación del gas contenido en el carbón natural, pueblo de viudas, a ellas se las abandona.

Otra pregunta: porque en la puerta de IMMSA y no en la Secretaría del Trabajo, o en Los Pinos, o donde se toman las decisiones como San Lázaro, porque aisladas, de quién o cuál es el temor. La vida de las activistas puede correr peligro. Quién analiza esto o a qué santo se encomiendan.

Y aunque el tema de los millones no ha quebrado la dignidad de éstas mujeres, la pregunta es por qué no estamos todas y todos con ellas.

Son preguntas al aire.

El padre Alejandro Castillo, allá en Monclova, Coahuila, dice que ésta, la de Pasta de Conchos es la tragedia que podría darle una vuelta a la tuerca, porque hace más de 100 años la muerte de los mineros es una constante, y la viudez y la orfandad la otra.
La fuerza de Elvira, de Teresa, de Mary, de Trini, de Alma, de Guillermo y muchas y muchos más, podrían revertir lo que ahí parece tan cotidiano y natural.

COLOFÓN

En la Región Carbonífera, sólo 7 mil trabajadores están sindicalizados, de los más de 15 mil; más de 350 minas artesanales son explotadas sin orden ni ley; apenas el 22 de diciembre murió Juan García Hernández, de 54 años, al caer en un pozo de 29 metros en las Salinitas, propiedad de Minera Manantiales. Una viuda más se sumó a las más de 3 mil en los últimos 25 años.

De Pasta de Conchos se comprobó cómo los ademes no resistieron, se demostró la inseguridad industrial. Y como decía doña Tacha, una viuda de Barroterán a Sandra Arenal en 1980, lo mismo, sin aire, sin ventiladores, con maquinaria chatarra trabajan los inversionistas y nadie, nadie los detiene.

Tal vez habría que protestar a las puertas de la Secretaría de Economía o en el Zócalo.

Probablemente la última palabra en Pasta de Conchos la tenga el sindicato nacional, si fuera capaz, o el Congreso, lo grave es que en el escenario se fragua la impunidad, como la que ha hecho día a día olvidar la tragedia cotidiana, la viudez como un estado permanente allá, en la Región Carbonífera, donde el aire levanta el polvillo negro que obstruye la respiración. Donde las mujeres viven viendo pasar el tiempo, y la lluvia, sin otra alternativa de vida.

* Periodista y feminista mexicana, fue reportera en los periódicos El Día, unomásuno, La Jornada y directora del suplemento Doble Jornada, directora fundadora de Comunicación e Información de la Mujer, AC (CIMAC).

08/SLL/CV

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