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Lo inesperado de Agra

Por Juana Eugenia Olvera*

Poco a poco se acercaba la hora de regresar a las oficinas para arreglar la visa. Así que dejé de pensar en lo turbador del lugar y me encaminé hacia la burocracia. Cuando llegué estaba lleno de gente, pero en forma ordenada y sentada cómodamente esperando su turno. En realidad no tardé ni 15 minutos.

El oficial que me atendió me preguntó si ya había ido a Agra; le comenté que apenas había llegado a Delhi, pero por la visa se dio cuenta que estaba en la India desde noviembre del año pasado y me deseó que la pasara bien. Desde luego, le di las gracias.

Llegué al Ashram pasadas las 2 de la tarde con mi bonche de libros que podría leer en los días que faltaban para que llegara Gurumayi.

Dado lo pequeño del lugar, casi no había sevas y el tiempo lo pasaba bien meditando, leyendo o cantando mantras. Era todo muy relajado y cómodo. Así que decidí ir a Agra.

Me explicaron que había un tren muy cómodo que me llevaría y traería de regreso. Podía arreglarlo en unas oficinas del gobierno que manejaban esa parte del turismo. Compré mi boleto, un tour por la ciudad, la comida y el regreso por la noche.

El tren de primera, limpio, no había la separación de vagones para hombres y mujeres y era otro tipo de personas las que viajaban en él. Muchos recién casados y hombres de empresa. Mujeres solas no había a excepción de mí.

Me senté junto a la ventanilla y luego llegó un señor muy amable que me hizo la plática. Generalmente soy bastante conversadora, pero allá es diferente, sin embargo no tuve miedo de hablar.

Les extrañaba cómo una mujer sola andaba en un viaje en búsqueda de la espiritualidad. Algunas personas no creían en los gurús; otros ni siquiera en la espiritualidad.

De paso por Brindavan, desde el tren alcancé a ver el templo que los devotos de Krishna de todo el mundo habían edificado con las aportaciones que las personas les daban. La historia de su nacimiento, muy similar a la del maestro Jesús, que estaba amenazado de muerte desde antes de nacer, y lo esconden entre los pastores para protegerlo. Se decía que el maestro Jesús fue Krishna.

El tour que elegí me llevaba por un recorrido por toda la ciudad, que en una época fue capital de la India. Sus edificaciones son una auténtica orfebrería en piedra, que a pesar de verlas uno duda que fueron hechas por lapidarios, pues parecen verdaderos encajes en piedra.

Hubo un lunch y de ahí para cerrar con broche de oro, iríamos al Taj Mahal. En ese momento creía que esa mole de mármol podría pasarse por alto, sin embargo cuando llegamos al lugar que ocupa esta joya de la arquitectura, saliendo de una vuelta entre las tiendas de souvenirs, al verlo en el centro del paisaje, sentí un golpe en mi plexo solar y me quedé sorprendida y sin poder hablar.

Empecé a llorar y no sabía ni para qué lo hacía, pero fue algo involuntario y me sacaba de onda. Como pude controlé en apariencia el llanto, sin embargo al penetrar en la tumba, mi sorpresa iba de un lugar a otro.

Lo que pensaba eran pinturas, en realidad eran incrustaciones de piedras preciosas: rubíes, esmeraldas, topacios, etcétera. No podía creer lo que veía, además que el llanto abundaba cegándome la visión y no sabía por qué. Había algo dentro de mí que me obligaba a salir de aquel recinto y dada la cantidad de personas, lo hice para dar espacio a los visitantes de la propia India.

El espejo de agua delante del edificio reflejaba una imagen monumental que materialmente me mantuvo cautiva un buen rato, hasta que los guías nos llamaron a ocupar nuestro lugar en los autobuses para ir a la estación del tren que nos llevaría de regreso a Delhi.

Todo el regreso estuve pensativa de lo que representaba ese palacio, que en realidad es una tumba donde yacen los restos de Shah Jahan y su esposa, Mumtaz Mahal. La historia de amor que rodea este mausoleo es de todos conocida y me vino a cambiar los enfoques en cuanto a no prejuzgar nada antes de conocerlo.

* Narradora oral, astróloga y terapeuta.

11/JEO/RMB

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