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Lo que no se dijo de Cancún

Por Miriam Ruiz

Menos de seis horas tardaron las autoridades en Cancún, Quintana Roo, en desmontar el bunker en que convirtieron una de las playas más famosas de México al concluir el domingo pasado la Quinta Reunión Ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

La reunión, que generó pánico oficial y la movilización de por lo menos tres mil uniformados,–mil 300 de la Policía Federal Preventiva (PFP), cinco mil delegados oficiales, dos mil periodistas acreditados y unos diez mil activistas, había quedado atrás y era hora de preparar el festejo del Grito de Independencia.

Ya para el martes 16 de septiembre, fiesta nacional de México, las y los activistas habían dejado paso a los turistas y barcos de la Marina mexicana –encargados de vigilar ese lado del Caribe—que salieron nuevamente del paisaje marcado por paracaidistas deportivos y avionetas con propaganda.

El grueso de los grupos que actuaron “adentro” y “afuera” de la Conferencia Ministerial salieron de Cancún en las 24 horas siguientes a la reunión.

Tras el colapso de las negociaciones oficiales de la OMC al filo de las 16:00 horas del domingo, inició el proceso de desmontaje de varios kilómetros de vallas y una docena de retenes en los 20 kilómetros cercanos a la zona hotelera.

Salieron de los 36 hoteles que llenaron del 10 al 14 de septiembre, equivalente al 70 por ciento de la capacidad de alojamiento en Cancún. Se desmontaron también los baños portátiles, lonas y duchas que el Ayuntamiento de Cancún instaló para los activistas y que habrían costado 273 mil dólares, según la agencia española EFE.

Apenas la madrugada del 13 de septiembre, la PFP subía a cada autobús local que entraba por el único acceso a la zona hotelera rodeando toda la ciudad vía el aeropuerto para solicitar la identificación de las y los somnolientos trabajadores o turistas.

Y bajaban a quienes no satisfacían sus expectativas de identificación, como a una mujer y dos hombres jóvenes que aseguraron ir a la playa a bañarse.

La policía insistió en que “descendieran de la unidad”. El grupo de jóvenes insistió en que no era legal que los bajaran al defender su derecho a la libre circulación. Las y los trabajadores, ya no tan somnolientos, pedían que avanzara el camión porque tenían que llegar a sus cambios de turno.

Ese amanecer caribeño, la playa Tortugas tenía cuatro bañistas trasnochados y una treintena de policías estatales en reunión matutina.

Durante cuatro días, todo Cancún era volátil. Y todas las personas eran sospechosas: por su vestido, por su color, por su identificación y también por su edad.

Pero el domingo en la noche la vida de 20 mil empleados que laboran en la zona hotelera regresó a “lo normal”. Y en la playa Delfines, a las 02:00 horas del lunes, por primera vez en una semana, el número de bañistas superó al de policías: 20 a cero.

2003/MR/MEL

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