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Los abortos y amoríos en los conventos son sólo mitos

Por la Redacción

Los conventos de monjas novohispanos, centros de difusión e intercambio cultural para las mujeres que los habitaron, donde desarrollaron sus habilidades manuales e intelectuales, formaron parte de una sociedad multiétnica, pero en torno a ellos surgieron leyendas y mitos.

Los mitos más conocidos que involucran a monjas de cualquier orden religiosa giran en torno a que “tenían amoríos y practicaban abortos dentro de los conventos”, explicó Nuria Salazar Simarro, investigadora de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), al hablar sobre Vida cotidiana en los conventos de monjas, en el Museo del Virreinato.

De entrada rechazó esa percepción de la sociedad al aclarar que “son simplemente eso: mitos; si uno quiere ver un negro panorama lo puede hacer”. Desafortunadamente son la principal “fuente de inspiración” de algunos.

Citó parte de su estudio que realiza desde hace ocho años sobre la orden religiosa de las monjas Concepcionistas, también llamadas de la Inmaculada Concepción, la primera fundada en América en 1540.

De 600 religiosas enclaustradas por años en el convento de Jesús María, se detectó un caso de una religiosa que se “enreda” con un agustino y a quien “veía desde la azotea”, pero que en su momento provocó un “escándalo”.

Incluso esta historia la convirtió en novela Antonio Rubial a la que llamó Los libros del deseo. El problema ?agregó- es que cuando se da a conocer se toma como regla y no como excepción, de ahí que el escándalo “siempre provoca la fijación de la información en la mente”.

La especialista en el periodo novohispano, en particular en el tema de los conventos de monjas, recordó que en esos recintos también existían mujeres laicas y si se dice que se han encontrado fetos o cadáveres en claustros, puede tener una explicación.

En una crónica de Carlos de Sigüenza y Góngora, se registra la historia de una mujer laica que entra con su niña al convento; la pequeña muere y ahí la entierra.

Los templos ?dijo-, eran lugares de enterramiento por excelencia. Incluso familiares y patrocinadores de las monjas tenían derecho a ser enterrados en los muros de la iglesia. La mortalidad infantil era excesiva en esa época, por lo que es común que haya esqueletos “a lo largo y ancho del templo”.

Aclarada esta situación, Nuria Salazar, quien ha impartido diversos cursos en la Universidad de León, España, comentó que de los conventos de religiosas procede la memoria histórica que permite conocer las actividades que el sector femenino realizaba en el mundo.

Reubicadas en la clausura, las monjas reprodujeron en buena medida lo aprendido en el hogar paterno para marcar el ritmo de continuidad y renovación de sus propias costumbres.

Tenían oficios, como Vicaria, Definidora, Maestra de Capilla, Vicaria de Coro de Canto Llano, Maestra de Novicias, Sacristana Mayor, Madre Portera Mayor, Tornera Mayor, Escuchas, Enfermera Mayor, Celadora, Maestra de Mozas, Provisora, Correctora y Secretaria.

Para la especialista, la orden de las Concepcionistas es un “atractivo” histórico porque desde su origen el principio se plantea como una orden dedicada a la educación.

Es una propuesta de convento histórico (de los 57 existentes en la época virreinal) que después va a repercutir en otras comunidades, tanto del punto de vista arquitectónico, como de la vida cotidiana.

El ex convento, claustro y templo de Jesús María, es una edificación que se remonta al 15 de marzo de 1597, cuando el Virrey Conde de Monterrey colocó la primera piedra.

Localizado actualmente en pleno Centro Histórico, en las calles de Jesús María y Corregidora, se dedicó a templo el 7 de febrero de 1621, siendo Virrey el Márquez de Guadalcazar.

De acuerdo con el historiador Sigüenza y Góngora, el costo de la iglesia ascendió a 109 mil 745 pesos de aquella época.

Este templo fue edificado bajo el patronato del Rey Felipe II para las Monjas Concepcionistas, quienes eran las jóvenes hijas de los conquistadores españoles que habían venido a la pobreza.

Se cuenta ?añadió la especialista-, que el monarca aceptó subvencionar este proyecto con 20 mil ducados, debido a que entre las religiosas estaba una hija suya de nombre Micaela de los Ángeles.

También colaboraron el presbítero Gregorio de Peaguera, así como el Virrey Martín Enríquez, para alojar a estas muchachas que carecían de dote. Incluso, en el convento estuvo Sor Juana Inés de la Cruz.

07/GG/CV

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