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Los hombres de mi generación…o la nueva masculinidad

Por Olga Villalta

Por ellos supe del Ché Guevara, de Marx, de Lenín. Caminamos juntos en las manifestaciones estudiantiles, gritando consignas contra el imperialismo, exigiendo justicia y pan para los pobres en las décadas del 60 y 70.

Junto a ellos se me hinchó el corazón al cantar las canciones de Viglietti, Jara, Pablo, Silvio, Mercedes Sosa. Creíamos en la letra de la canción que decía “a desalambrar a desalambrar, que la tierra es nuestra es tuya y de aquel, de Pedro, María, de Juan y José…”.

Iban radiantes tras la utopía. Hablaban de nuevos amaneceres, de la necesidad de cambiar el mundo, de soñar con lo imposible.

Los contemplé derramando lágrimas al ver a los hijos, que intuían, no iban a ver crecer. Los vi aferrarse al abrazo amoroso de sus compañeras. Temían que la muerte los sorprendiera y no volver a ver a la amada.

Sacrificaron privilegios, dejaron estudios o carreras exitosas para dedicarse a crear ese mundo nuevo donde todos iban a dar según sus capacidades y recibirían de acuerdo a sus necesidades. Rebosaban de generosidad; eran soñadores.

Creímos en su propuesta de una nueva sociedad… y nos fajamos a brazo partido a su lado.

Hoy que nosotras desde nuestra especificidad de mujeres, queremos vuestra compañía en este empeño de cambiar el mundo no por medio de armas, ni destruyendo lo que a la humanidad entera le ha costado construir, ustedes se quedan paralizados, escépticos y los menos apoyándonos desde lejos, sin involucrarse mucho…

Cuando les invitamos a reflexionar sobre los patrones aprendidos, a cuestionar el concepto de masculinidad, a resignificar las costumbres, los ritos, nos contestan que hay temas más importantes que discutir.

Les pasamos textos feministas y los consideran poca cosa, análisis no científicos, nimiedades. Una sonrisa socarrona se asoma en su boca. Les hablamos y no nos escuchan, están acostumbrados al monólogo, a que les pongamos atención, a que los admiremos.

Prefieren seguir creyendo que son felices tal como están y muchos siguen corriendo tras las mujeres jóvenes que se les atraviesan, reafirmándose así como machos ante sus congéneres. Fundan una nueva familia con el argumento de que cuando jóvenes no pudieron gozar a los hijos, utilizando a estas personitas como botes salvavidas.

Paso revista a sus caras y los veo, a unos colgados de la utopía; otros perdidos en el alcoholismo o las drogas; y otros, tristemente cargando la depresión que sucede a la derrota, con el agravante de no aceptarla, digerirla y prepararse para alzar vuelo de nuevo.

Y es cuando quisiera decirles que no tengan miedo a la propuesta feminista, que nos somos brujas malévolas, tal vez si tenemos un caldero, pero lo que contiene es amor, porque ese elemento no se nos ha agotado.

En este esfuerzo saldremos ganando todas y todos. En una nueva masculinidad, ustedes tendrán derecho a manifestar todos los sentimientos y aprenderán a aceptarnos como mujeres fuertes, audaces y valientes.

Los queremos de nuevo vitales, radiantes, emprendedores, porque el mundo todavía necesita el concurso de la locura de las mujeres y los hombres del 60.

2003/OV/MEL

       
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