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Los motivos de Juana la Loca

Por Norma L. Vázquez Alanís

¿Dónde se rompe la frágil barrera del equilibrio mental? ¿Quién decide el momento en que alguien ha perdido la razón? ¿Cuáles son los síntomas que hacen evidente la demencia?

Estas son las primeras preguntas que asaltan al lector de la biografía novelada de Juana de Castilla, del autor español José Luis Olaizola.

Juana, fue la tercera hija de los Reyes Católicos de Castilla y Aragón, era una mujer inteligente, culta, con ideas preclaras, hermosa y apasionada; una joven llamada a sobresalir en una sociedad machista y de quien se dijo era la princesa más instruida del Renacimiento.

Quizá esas cualidades llevaron a su padre, Fernando II de Aragón, a declararla desequilibrada mental, por lo que debió permanecer encerrada medio siglo bajo maltratos y estrictas medidas de seguridad.

Aunque jamás reinó, la mujer que pasó a la historia como Juana la Loca tuvo como títulos nobiliarios, hasta el final de sus días, el de reina de Castilla desde 1504 y a partir de 1516 el de reina de de España.

En el libro “Juana la Loca”, Olaizola nos revela que el comportamiento de Juana fue resultado de numerosas especulaciones fomentadas por hechos históricos; además, aporta indicios sobre las posibles razones que pudieron alimentar el desequilibrio mental de la heredera -por casualidad- de la corona de Castilla y Aragón.

Juana fue simple objeto en las decisiones o ambiciones de otros (algunos historiadores la consideran víctima de ellas): de la política matrimonial de sus padres, del apetito de poder de su marido, de la razón de Estado de su padre; la suya resultó una tragedia personal en medio de un cúmulo de acontecimientos a los cuales en realidad fue ajena.

Como consecuencia de la política exterior de su padre Fernando II se pactó su matrimonio con el archiduque de Borgoña, Felipe el Hermoso (de la casa real de los Habsburgo), cuando ella sólo tenía 16 años de edad (1495).

Al conocer a su prometido, se enamoró de él y vivió un idilio hasta que se embarazó, y Felipe el Hermoso la sustituía por otras mujeres. Juana adoptó una conducta que a muchos visitantes de la corte en Flandes les parecía extraña.

Asegura Olaizola que esas voces atestiguaban que Juana vivía constantemente aislada, que su marido no le prestaba demasiada atención y hasta llegaba a pasar días completos sin comer, con un dejo de pasividad constante.

Así comenzó la leyenda de Juana la Loca, porque la corte de Flandes juzgaba esas actitudes como atisbos de demencia, recordando que su abuela, Isabel de Avis, había sido recluida en Arévalo de 1454 a 1496 con síntomas similares a los suyos.

En 230 páginas, Olaizola refiere las intrigas y luchas por el poder en que se vio implicada y que podrían haber desencadenado su supuesta enajenación mental.

Por su carácter depresivo, con violentos accesos de celos alentados por la infidelidad, su marido intentó encerrarla definitivamente aunque no lo pudo concretar porque la muerte lo sorprendió poco tiempo después.

No obstante, el padre de Juana la confinó en Tordesillas, no tanto por su enfermedad, sino para resguardarla de intereses que pudieran fomentar su legitimidad como reina.

El autor de “Juana la Loca” (Planeta, colección Booket, 2003) cita como detonante del supuesto desequilibrio mental de Juana, la muerte de Felipe el Hermoso en 1506 y que dio lugar a la alegoría -recreada por Miguel Sabido en su “Falsa crónica de Juana la Loca”- y a la famosa pintura de Francisco Pradilla “Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso”.

La biografía que presenta Olaizola acerca al lector a la tragedia de Juana y pone de manifiesto lo difícil de hacer historia con la biografía de alguien que durante casi 50 años vivió en reclusión.

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