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Machismo, factor de riesgo para la violencia hacia las mujeres

Por Julio César González Pagés*

La masculinidad está vinculada con múltiples factores históricos, sociales, religiosos. Siempre se ha asociado el ser masculino con un hombre heterosexual, dominante, recio, insensible, triunfador, fuerte, inteligente y violento.

Este estereotipo de lo que debe ser un verdadero hombre hace que la mayoría de nosotros luchemos incansablemente por demostrar tan “necesarios atributos”. Y en esa desesperada batalla se van asumiendo, poco a poco, comportamientos acordes con esta gama de características personales. La violencia se convierte en uno de los requisitos indispensables para ser considerado un verdadero macho, masculino con todas las de la ley.

Sin darnos cuenta aprendemos a ser violentos. Nos acostumbramos a lo que se nos enseña durante nuestra formación como actores sociales. Nos insertamos en un proceso de socialización que dura toda la vida y a través del cual nos apropiamos de saberes, normas, juicios, conductas y estereotipos sociales que condicionarán nuestras vidas. Esta inserción en el complejo sistema de las relaciones sociales provoca que nuestros comportamientos estén regulados por patrones rígidos, causantes de muchos actos de violencia.

El machismo, prevaleciente en muchas sociedades, es una versión estereotipada de la masculinidad y es, en no pocos casos, un factor de riesgo para la violencia. Para considerarnos masculinos no necesitamos mostrar que no tenemos miedo a nada; que somos capaces de realizar cualquier actividad o tarea; que necesitamos acostarnos con cualquier mujer sin importar si nos gusta o no; que no debemos mostrar nuestros sentimientos aunque sintamos la necesidad de desahogarnos con algún amigo, familiar o pareja; que somos intolerables ante la diversidad y que la combatimos comportándonos de manera violenta.

Lamentablemente, la realidad es otra y, por lo general, nos conducimos siguiendo y asumiendo las reglas de tales arquetipos sociales. Llegamos a reprimir tanto nuestra libertad individual y a convencernos de que las cosas están bien como están instituidas, que nos consumimos como personas, nos empobrecemos en nuestro interior. A lo que le tememos es a que seamos rechazados, excluidos por los demás y clasificados como débiles y miedosos por desviarnos de las normas de comportamiento socialmente establecidas. La sociedad te dice: “actúa violentamente y todos te respetarán” y no le importan los conflictos que puedan ocurrirte a nivel personal.

MASCULINIDAD, MACHISMO Y VIOLENCIA

La palabra masculinidad ha sido construida por tantos años que solo de nombrarla ya connota superioridad, fuerza y violencia, está inscrita en las disposiciones del inconsciente de los hombres y de las mujeres. En Cuba, masculinidad es sinónimo de machismo y, de hecho, el machismo implica violencia.

Tan es así que el hombre no basta para reafirmar decir que es macho, sino que se agrega además ser varón y masculino. No cabe dudas de que se trata de un conjunto de ideas socioideológicas– culturales que se han encargado de preservar la hegemonía masculina como centro de poder.

La ideología que sustenta las masculinidades cruza los sistemas culturales, impone las políticas, las creencias y demarca todas las estructuras, tanto sociales como raciales y sexuales. Además, tenemos una gran influencia de la idea occidental de la masculinidad, que se ha hecho evidente en la forma en que se organizan las instituciones, y ese reflejo se evidencia en el rol masculino de proveedor económico. Los hombres son como más reconocidos y de más salarios, situación que, claro, ahora sufre cambios y va poniendo en crisis las masculinidades.

Hemos visto cómo el tener dificultades para ser proveedor –por desempleo u otra razón—hace al hombre llevar su impotencia, con violencia, a la familia, como respuesta a su frustración. Es una pena que esas ideas, en sí mismas, encierren tantas trampas que, a su vez, hayan hecho que al varón le cueste tan caro serlo, emocional y socialmente, para luego convertirse en un dolor interior, con la presión de querer cumplir la meta.

Ese convertirse en macho desde que se nace nos hace marcar diferencias y sufrir por buena parte de la vida, cuando no desarrollamos una conciencia de que estamos siendo utilizados y quedamos, así, presos de nuestros propios genes.

A los varones se les enseña que, para ser hombres, deben controlar el mundo y lo primero que deben controlarse son a sí mismos y a las mujeres que los rodean. Todo lo que los rodea va encaminado a reforzar el modelo de masculinidad, tanto la familia, la escuela, la radio, la televisión y los vecinos, como los amigos.

Obviamente, sufren a veces sin notarlo, ya que muchos adultos creen que si el hijo es varón y no se le da un trato fuerte se corre el riesgo de que termine siendo “flojo”; y esa palabra, en ese contexto, es muy negativa.

El trato fuerte implica gritos, golpes, exigencias y amenazas, hasta poco amor. A los varones se les inculca buena dosis de violencia y agresividad, no importa la cultura, la clase social, el estado civil, las edades o la etnia. Por el solo hecho de ser evaluados como del sexo fuerte, la vida los va presionando y poniéndoles pruebas duras por igual a todos.

La violencia se convierte en requisito indispensable para competir, para ser fuertes y activos, en fin, para dominar. Sólo hay que observar cuál es el trato que les obligamos que se ofrezcan entre sí para darse cariños y en los propios juegos; se dan empujones, palmadas, golpes fuertes en la espalda, en el hombro, choques fuertes de mano. ¡Ay de aquel que, al menos una vez, no se haya fajado¡

Si intentan llorar o tener miedo, se les obliga a perderse del grupo o convertirse en motivo de burla. Es como si cada uno tuviera que convertirse en policía del otro. Se les hace vivir en constante presión. Se les educa diferente que a las mujeres, entre quienes el saludo siempre está lleno de ternura –y la que así no lo haga, termina acusada de “varonil”.

JUSTIFICACIONES

Por eso se ha buscado un sinnúmero de valoraciones para justificar tal hecho: hay quienes refieren que los hombres actúan así por razones hormonales, porque son biológicamente más agresivos y más propensos a la violencia que las mujeres, algo que las investigaciones serias no han podido demostrar. Otros aluden a que la agresión masculina violenta no sólo es psicológicamente innata, sino que se fundamenta en la anatomía masculina… y así pudiéramos encontrar más justificaciones.

Sin dudas, esa búsqueda de justificaciones sólo sirve para reforzar el comportamiento agresivo de algunos hombres y apoyar ese reflejo que la familia reproduce del sistema jerárquico de género de la sociedad en que han sido formados, lográndose así la asociación de la violencia con el ser masculino, sin valorar los costos que eso conlleva.

El deporte es también uno de los elementos socializadores de la violencia masculina. Ya sea practicando cualquier actividad deportiva o participando como espectadores, por ejemplo, en un encuentro de béisbol, los hombres asumimos una “posición de combate”, que nos prepara para repeler cualquier indicio de agresión contra nuestra condición de masculinos.

Así, podemos reaccionar de manera violenta si nuestro adversario nos lleva ventaja o si creemos que intenta hacer algo para ponernos en ridículo. Pero si vamos ganando, se lo restregamos en la cara al contrario, lo humillamos y probamos provocarlo, “para que se atreva a enfrentar a los mejores”.

Entonces, ¿con qué elementos tienen que ver estas conductas violentas? Aquí volvemos sobre lo mismo. Estamos condicionados socialmente, en tanto portadores del modelo de masculinidad hegemónica, a comportarnos según normas rígidas preestablecidas.

Éstas cercenan una parte de nuestro yo individual, porque nos vemos obligados a cumplirlas al pie de la letra, muchas veces sin quererlo. La violencia masculina, sustentada por la ideología patriarcal, es un fenómeno que trasciende lo particular. Decir que es un problema solucionable a corto plazo sería engañarnos a nosotros mismos. Desde nuestras posiciones como actores sociales, podemos comenzar a combatirla, en primer lugar,respetando la diversidad genérica, sexual, racial y generacional.

Tenemos que ser capaces de tolerar la otredad y despojarnos de esos prejuicios sociales que tanto nos dañan y nos hacen menos personas, porque consumen una parte de nuestro yo individual. Lograr esto constituye una tarea harto difícil, pero el punto de partida está en nosotros mismos.

Por su parte, las autoridades y órganos de poder de la sociedad podrían apoyar enormemente a combatir los problemas de violencia callejera y doméstica. Podrían contribuir a crear talleres, que se impartan en las escuelas, centros laborales, prisiones, etc. Con esto lograrían enfrentar en parte el problema, haciéndolo público y reflexionando con las personas acerca del daño real que produce, a nivel psicológico y social.

Servirían como sustento muchas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), que defienden los derechos de la diversidad sexual, las mujeres, los niños, los desvalidos, los inmigrantes, los negros y mestizos.

Es un problema que necesita que lo hagamos visible, porque de ello dependen la felicidad y tranquilidad social de muchos miles de millones de personas en el mundo. Es necesario aprender a deconstruir tales estereotipos patriarcales, que lejos ayudar a prepararnos para enfrentar la vida, nos la hacen más difícil, porque nos obligan a cumplirlos al pie de la letra.

* El autor es Coordinador General de la Red Iberoamericana de Masculinidades.
www.redmasculinidades.com
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