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Maternidad temprana, ¿mal de pobres?

Por Sara Más

El embarazo precoz se ha reducido en la última década en América Latina a cuenta de los países más desarrollados de la región, mientras sigue siendo un mal común entre la población más pobre.

Cerca de 35 por ciento de las jóvenes latinoamericanas tienen su primer hijo antes de los 20 años, de acuerdo con un informe divulgado por Advocates for Youth, organización radicada desde 1980 en Washington, informó el Servicio de Noticias de la Mujer (SEM).

El fenómeno se vincula directamente con los factores económicos y, sobre todo, con el acceso a la educación y la información; aspectos que de ser asequibles ayudarían a promover un cambio favorable entre las personas con menos recursos, según se infiere de los datos recopilados por la institución, cuya labor de información sobre sexualidad y salud reproductiva se dirige especialmente a la población joven.

“La procreación prematura está profundamente arraigada en las culturas latinoamericana y caribeña, tal como ocurre en muchas otras partes del mundo. El matrimonio y la procreación a menudo se consideran acontecimientos capitales en la vida de una mujer joven”, asegura la organización.

Las jóvenes con bajos niveles educacionales y económicos tienen menos oportunidades en su favor; padecen con frecuencia de una capacidad limitada y de escasa motivación para regular su fecundidad, lo que redunda en elevadas tasas de embarazo precoz.

De acuerdo con especialistas, ese círculo vicioso se refuerza porque, una vez embarazadas prematuramente, las mujeres se ven obligadas a abandonar la enseñanza, lo que a su vez limita mucho sus oportunidades económicas.

“Los hijos de padres adolescentes no sólo se enfrentan con un riesgo elevado de enfermedad o muerte: también encaran más probabilidades de ser abandonados, de acabar viviendo en las calles y de verse atrapados en el ciclo de la pobreza”, añade el informe.

Una mirada por la región confirma el vínculo entre maternidad precoz y pobreza. En Guatemala, 28 por ciento de las mujeres tienen su primer hijo antes de los 18 años, mientras que una de cada cinco menores de esa edad en México y Bolivia ha tenido ya un hijo, indican diversas fuentes citadas por la institución estadounidense.

Colombia, Guatemala y Paraguay se mencionan entre las naciones donde la probabilidad actual de tener un hijo durante la adolescencia ha crecido respecto a la década del setenta; en Brasil, 50 por ciento de los partos de mujeres entre 15 y 19 años no son planificados, según datos difundidos en los años noventa.

Una investigación efectuada en 1993, en Jamaica, observó que casi 45 por ciento de las jóvenes de entre 15 y 24 años habían estado embarazadas alguna vez. 77 por ciento de esos embarazos se produjeron en el momento menos apropiado o no fueron deseados, añade Advocates for Youth.

Como tendencia, las tasas de natalidad son más elevadas para las adolescentes que viven en las zonas rurales. Un estudio en nueve países de América Latina y El Caribe observó, en la pasada década, que entre 40 y 60 por ciento de las mujeres rurales habían tenido su primer hijo antes de los 20 años; de 25 a 36 por ciento de las mujeres urbanas estaban en igual situación.

MIRADA A CHILE

Las adolescentes pobres tienen más probabilidades de ser madres antes de los 20 años que las de grupos socioeconómicos altos en Chile, según concluye Jorge Rodríguez Vignoli, investigador de CELADE, la División de Población de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

En su estudio Reproducción en la adolescencia: el caso de Chile y sus implicaciones de política, publicado este mes por la CEPAL, Rodríguez señala que, antes de cumplir 20 años, la mitad de las jóvenes pobres que viven en el campo en la nación sudamericana ya ha tenido su primer hijo; por igual situación transita el 15 por ciento de las muchachas del estrato económico más alto, residente en las ciudades.

Como ocurre en otras partes de la región, para las chilenas pobres de 15 a 19 años el embarazo temprano coincide con la deserción escolar y la marginación del mercado de trabajo. A ello se añade que el fenómeno suele darse ahora al margen de una unión estable, por lo que la familia se transforma en el principal soporte para la crianza del niño.

En 2002, sólo 17 por ciento de las madres de 15 a 19 años de edad estaba casada; 55 por ciento declaró ser soltera y el resto convivía con sus parejas. La conclusión que emerge de los datos del estudio es que la mayoría de las madres adolescentes vive con sus progenitores o los de su pareja. “Estas son poderosas razones para que el embarazo y la maternidad adolescentes se ubiquen entre los temas prioritarios de la agenda social”, señala Rodríguez.

A partir de los tres últimos censos en el país, la investigación de la CEPAL detectó que existe relación entre un mayor nivel educacional y una menor probabilidad de ser madre adolescente.

Una educación secundaria completa actúa “como blindaje poderoso, aunque no infalible, contra la maternidad adolescente”, señala el informe. En todo caso, el incremento de las oportunidades educativas y laborales para las muchachas con menos recursos desestimula la maternidad temprana.

A juicio de Rodríguez, también urge adoptar “medidas más directas que fomenten las conductas responsables”, tanto respecto a la edad en la cual se inician las relaciones sexuales, como a las precauciones anticonceptivas en ese momento. “Es necesario acercar a los adolescentes a los servicios de consejería, de apoyo especializado y de distribución de anticonceptivos, y brindarles y enseñanza para su uso regular y adecuado”, dice el estudio.

Otro patrón novedoso detectado con el estudio es que la maternidad temprana no condiciona necesariamente que esas mujeres tendrán más hijos que el promedio, ya que después de la experiencia suelen estar más motivadas para controlar la fecundidad y, por su misma condición de madres, acceden con más facilidad a los programas de planificación familiar.

ENTRE EMBARAZO Y PARTO

Además de las consecuencias sociales del embarazo precoz, especialistas y autoridades sanitarias alertan sobre las repercusiones médicas, económicas y psicológicas de la procreación prematura, y los peligros que entraña tanto para la vida de la madre como para la de su descendencia.

Antes de los 17 años de edad el riesgo de mortalidad materna es mayor, porque el cuerpo no está suficientemente maduro para la gestación. “Puede ocurrir que estas jóvenes no reconozcan los síntomas del embarazo o no deseen reconocer que están embarazadas, lo que demora la atención prenatal y pone en peligro la salud del hijo y la de la madre”, señala Advocates for Youth

En Paraguay, el riesgo de muerte para una adolescente embarazada es 52 veces más elevado que en los Estados Unidos. Casi 20 por ciento de las defunciones de mujeres adolescentes en Paraguay son imputables a complicaciones del embarazo o el parto.

Lo peor es que no pocas jóvenes de la región, atrapadas en la angustia de un embarazo no deseado, tienden a buscar que se les practiquen abortos baratos, tardíos y en condiciones peligrosas, con secuelas para su salud y fertilidad.

En Chile y Argentina, por ejemplo, donde el aborto se hace bajo determinadas restricciones, más de la tercera parte de las defunciones maternas, entre las adolescentes, se debe directamente al aborto practicado en condiciones peligrosas.

Cuando finalmente llevan el embarazo a término, éste puede desembocar en complicaciones graves y hasta la muerte de la madre, del hijo o de ambos. Los hijos de madres adolescentes tienen más probabilidades de nacer prematuramente o con un peso inferior al normal y de padecer retraso del crecimiento fetal, indica la literatura médica.

Los datos manejados por Advocates for Youth indican que lactantes nacidos de madres más jóvenes tienen un aumento de las probabilidades de mortalidad de 77 por ciento en República Dominicana, de 69 por ciento en El Salvador, de 36 por ciento en Perú y de 29 por ciento en Colombia.

O5/SM/YT

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