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Mi abuela Carmen

Por la Redacción

Carmen, mi abuela materna fue una mujer que nació con daño neurológico. Padecía dislalia y dislexia. Decía darrio por radio, y palabras largas como electricidad, eran imposibles de pronunciar para ella. Su familia nunca supo que se trataba de una enfermedad. Siempre fue Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada.

Quedó huérfana de madre y padre a los dos meses de edad. Su madre, mi bisabuela Isabel la estaba amamantando cuando llegó alguien a decirle que su marido le ponía el cuerno. Que si quería verlo, que fuera a cierta calle y que ahí lo encontraría muy acaramelado con la otra mujer. Mi bisabuela aventó a su hija Carmen y salió corriendo desesperada, a cerciorarse de que lo que le habían dicho era verdad.

Pasaron las horas e Isabel no regresó. Era un día frío y lluvioso. Finalmente salieron a buscarla. La encontraron tirada en la calle y ardiendo en fiebre. Estaba inconsciente. Llamaron a un médico. Era demasiado tarde. Isabel murió de neumonía fulminante.

Carmen de dos meses y su hermano Juan de seis años, quedaron al cuidado de su tía María Olivares, esposa de Felipe Nicoletti, hermano de Isabel. María amamantó a Carmen, pues ella también tenía un hijo más o menos de la misma edad: Alberto.

Al morir Isabel, su marido desapareció y se olvido de sus dos hijos.

A Carmen la obligaban a hacer los oficios de sirvienta. Lavaba la ropa de sus primos y tíos, guisaba, planchaba, hacía los quehaceres domésticos a cambio de la hospitalidad que le brindaban sus tíos.

Un día la mandaron a comprar guachinango. Después de tres horas regresó con las manos vacías.

-¿Y el pescado, Carmen?

-Pues no lo traje porque no había guachinango, sólo había robado.

No lo compré porque era robado.

Recibió una golpiza por tonta, por bruta, y la regresaron a comprar el robalo.

Carmen nunca aprendió a leer. En aquella época, finales del siglo XIX, era raro que una mujer fuera a la escuela. Los padres decían: ¿Para qué?, si las mujeres para lo único que sirven es para parir hijos, lavar, planchar y hacer frijoles.

Y en el caso de mi abuela, había una doble justificación, según sus tíos, para no enviarla a estudiar. ¿Para qué iban a tirar a la basura su dinero enviando a esa escuincla tonta y bruta a la escuela? Ella sólo servía como bestia de trabajo.

Así transcurrió la vida de mi abuela. Realizando los trabajos domésticos más pesados de la mañana a la noche. Maltratada, golpeada y mal alimentada.

En casa de sus tíos Felipe y María también vivían sus primos Alberto, Felipe hijo, Silviano, Agustín, Isabel, Elena, Camila, Guadalupe, Teresa, y su hermano Juan.

Pues resultó que un día Carmen la tonta, la bruta, la mensa, la buena para nada, sin salir a la calle más que para hacer las compras de la comida, sin que le conocieran novio, y sin haberse casado, resultó embarazada por segunda vez a los treinta y cinco años. Su primera hija de padre desconocido, había muerto a los dos meses de nacida.

Nadie supo cómo, cuando, ni de quien había resultado preñada en esta ocasión. La medio mataron a golpes, amenazaron, insultaron, diciéndole que además de bruta era una puta y una ofrecida. Carmen nunca reveló quien era el padre de su hija.

Los golpes, amenazas e insultos no cesaron. Carmen finalmente dio una respuesta.

-¿Quién es el padre de tu hija?

-Un tal Pepe.

-¿Cómo se apellida el dichoso Pepe.

-No sé.

-¿Dónde lo conociste?

-No me acuerdo.

De ahí nunca la sacaron. Repudiaron a su hija. Fue Isabel la bastarda, hija de Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada, la piruja.

La niña tenía la piel blanca como su madre y ojos enormes color miel. Detalle que fue tomado como otra prueba de su bastardía, pues los familiares de mi abuela tenían ojos azules o verdes.

La niña Isabel, quien treinta y cinco años después sería mi madre, vivió desde pequeña con su tía del mismo nombre. Todo mundo las conocía como Doña Chabela y Chica Chabela. Ambas vivieron en el Puerto de Veracruz.

Chica Chabela conoció a Alberto como su tío, pues era hermano de Isabel. Siempre le decía la flaca. Lejano afectivamente con ella, cuando la veía, sólo le acariciaba ligeramente la barbilla y le decía: Quihúbole Flaca.

Chica Chabela recordaba que cuando tenía seis años, un día llegó su tío Alberto. La llamó, le puso las manos sobre sus hombros y la miró a los ojos largamente. Después la abrazó diciéndole hija. Cuando la soltó, él tenía lágrimas en los ojos. Sin decir nada, salió rápidamente de casa de su hermana.

Alberto visitó nuevamente a su hermana Isabel. Hablaron largamente. Al final, él abrazó con fuerza a Chica Chabela y desapareció.

Para ese entonces Alberto ya estaba casado y era padre de seis hijos. Cinco varones y una mujer. Era ebanista y dueño de una maderería. Vivía en la ciudad de México.

Pocos meses después de esa última visita, se incendió la maderería de Alberto. Al ver perdido su patrimonio se desquició mentalmente. Juan, el hermano de Carmen recluyó a Alberto en la Castañeda, hospital psiquiátrico de la época porfirista que estaba ubicado en lo que hoy es la Unidad Habitacional Lomas de Plateros.

Dicen que no perdió la razón. Fue una alteración momentánea al ver que su patrimonio era consumido por el fuego. En un instante de lucidez se suicidó ahorcándose con una sábana en el hospital.

Su muerte fue un duro golpe para la familia. Era el primogénito. ¿Quién iba a hacerse cargo de la viuda y de sus seis hijos.

Las malas lenguas dijeron que el incendió fue provocado por su primo Juan, como venganza por los malos tratos propinados a él y a su hermana Carmen.

Cuando murió Alberto, Chica Chabela tenía siete años. No pudo asistir al funeral del tío por la distancia, pues ella y su tía vivían en Veracruz y él en la capital.

Algunos meses después de la muerte, la tía Isabel habló con su sobrina y le dijo:

-Hija, tengo que decirte una cosa. ¿Recuerdas a tu tío Alberto?

-Sí.

-Pues fíjate que no era tu tío. Bueno, era tu tío, pero también era tu padre. ¿Recuerdas la última vez que vino a vernos?

-Sí.

-Pues entonces me confesó que él fue quien te engendró. Que en un momento de locura había abusado de Carmen, tu mamá, y que te reconocía como su hija. Y me pidió que te cuidara como si fueras mi propia hija, pues tu madre es incapaz de hacerse cargo de ti.

Así fue como, cuarenta y dos años después, se supo quien fue el padre de la hija de Carmen la tonta, la bruta, la buena para nada, la puta.

* La autora creció en México con violencia gracias a la Literatura fue cerrando sus heridas

06/A/CV

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