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Mujeres, contra el estereotipo del amor

Por Guadalupe Cruz Jaimes

El amor significa en latín vivo “afecto”, la inclinación hacia una persona o una cosa. No sólo se ama a los seres humanos, también es posible amar a los animales y a objetos significativos.

Desde la visión feminista, el amor es histórico, está condicionado por las épocas, las culturas y está especializado por los géneros, tiene normas y deberes diferentes para las mujeres y los hombres y está relacionado con el poder.

Es una experiencia de relación con el mundo, de aprehensión con el mundo y de aprehensión de “yo misma”, menciona la feminista y antropóloga Marcela Lagarde en el texto “48 Para mis socias de la vida”.

Es una vivencia que mueve, que nos impulsa a actuar, a cambiar nuestra vida. Amar es la más vital y trascendental de todas las experiencias humanas.

Para las mujeres, el amor es como un mandato, un deber, estamos configuradas socialmente para amar. Somos educadas para el amor, no nacemos amando, aprendemos a amar de acuerdo a la forma tradicional en la que es concebido el amor.

La formación comienza con las primeras personas con las cuales estamos en contacto: la madre y el padre, la relación con ellos, la forma en la cual demuestran su amor para con la hija, determina nuestro aprendizaje del amor.

La forma tradicional del amor posee reglas y límites, tiene una estructura marcada cuando se habla del amor de pareja. El modelo tradicional choca con la modernidad, la cual libera a la mujer del estereotipo del amor.

Las mujeres contemporáneas se caracterizan por transgredir las normas que limitan sus deseos y esta posición también está presente en el amor.

Huir con el novio y no volver a casa, tener novia en lugar de novio y amar a más de uno y hacerlo con intensidad, son acciones que violan el concepto tradicional que limita los anhelos de las mujeres.

Esta contradicción entre la modernidad obediente a los deseos y la tradición promotora de un modelo limitado para amar surge de la configuración de género.

Para amar, hay que tener conocimientos, es necesario conocernos a nosotras mismas: quién soy, qué soy, qué quiero y qué deseo.

Un conocimiento que está en oposición a la idea tradicional que supone que las mujeres seamos ignorantes. Incluso esta ignorancia llega a considerarse una virtud femenina.

El autoconocimiento nos permite ubicarnos: desde el conocimiento de quién soy es posible definir, jerarquizar y priorizar nuestras necesidades amorosas. Y de este modo discernir qué es lo que necesito.

07/GCJ/GG

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