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Mujeres trabajan más que hombres, dentro o fuera del hogar

En las zonas urbanas de 15 países latinoamericanos, señala el organismo, el trabajo doméstico no remunerado “constituye la principal actividad de 1 de cada cuatro mujeres”. Mientras que es el principal empleo no remunerado en 1 de cada 200 hombres.

Pero incluso cuando las mujeres participan en el mercado laboral trabajando de forma remunerada, la mayor parte de las labores domésticas continua recayendo sobre ellas.

Sondeos sobre el empleo del tiempo, practicados en seis estados de la India, revelan que las mujeres dedican generalmente 35 horas semanales a las tareas domésticas y al cuidado de niñas, niños, ancianos y enfermos, frente a 4 horas por semana que invierten los hombres.

El reparto de las tareas del hogar no es muy distinto en los países industrializados, dice el informe, si bien la disparidad entre los géneros con relación a la carga total de trabajo es menos acentuada que en los países en desarrollo, las mujeres de las naciones ricas continúan dedicando muchas más horas que los hombres a trabajo no remunerado.

LO MISMO, FUERA Y LEJOS DE CASA

Sin embargo, para muchas mujeres pobres la búsqueda de un empleo para mejorar su condición y la de sus hijas e hijos es una decisión imperante, aunque implique realizar trabajos en otra casa, descuidando su propio hogar.

Así, cuando una madre que trabaja en el servicio doméstico asume la responsabilidad de cuidar de las y los hijos de la persona que la emplea, se origina una situación paradójica en la que la seguridad cotidiana de la progenie del empleador está en manos de un empleado que ha de dejar a sus propias hijas e hijos para ir a trabajar.

Es por eso que la mayor parte de quienes desarrollan trabajo en el hogar son mujeres y casi todas están empleadas de manera informal.

Muchas de ellas tienen incluso que salir de su comunidad y hasta de su país en busca de esos empleos, ante la falta de preparación para desempeñar otros trabajos.

Desafortunadamente, dice Human Rights Watch (HRW), encontrar empleo decente es una situación que tiene que ver con la “suerte”, pero eso tampoco quiere decir que sea una garantía. Porque quienes no corren con “suerte” pueden ser atrapadas en situaciones de alto riesgo de explotación con pocas opciones de salida o éxito.

Entran así mujeres y hasta niñas en un círculo de riesgo de explotación y abusos, que incluye el reclutamiento, tránsito, empleo y retorno.

Y en ese proceso, el aislamiento, el estrés financiero, limitado acceso de asistencia y el endeudamiento, además de toda suerte de abusos, constituyen el escenario en el que se ven inmersas cuando deciden salir de esa casa, dice HRW.

Sus empleadoras y empleadores les recogen sus pasaportes y sus permisos de trabajo, pues al no tenerlos están expuestas a arrestos y detenciones por parte de las autoridades migratorias.

También les prohíben comunicarse con los vecinos y con los demás empleados. Y esta desesperación “las puede llevar al suicidio”.

RECLUTAMIENTO, ENTRENAMIENTO?

Típicamente, las agencias de reclutamiento o de colocación entrenan a las mujeres que se emplearán en los hogares, y las transportan a los centros de trabajo.

Las trabajadoras domésticas se comprometen en muchas ocasiones a pagar más del cien por ciento de todos sus gastos de estadía en los lugares de alojamiento de entrenamiento, comida y transporte.

Son muchas las que tienen que endeudarse para hacer estos pagos.

Firman contratos y nunca les dan copia. La mayoría de los convenios son por dos años y no describen el trabajo a realizar, el número de horas de trabajo y mucho menos el pago por horas extras.

De tal suerte que tienen que enfrentar las deudas o bien, confrontar también el forzado camino de la prostitución.

En muchas ocasiones son violentadas sexualmente, tanto en las agencias como en las casas donde prestan sus servicios.

Rammanah Mansyur de 20 años de edad, relató a HRW:

“En el centro de entrenamiento, dormía en el piso y usaba mi bolsa de ropa como almohada. Éramos unas 300 en un cuarto grande y sin ventanas. Tenía tres baños, pero sólo uno servía. El agua era insuficiente y los baños estaban sucios. Me bañaba dos veces a la semana. Muchas queríamos huir. Salir corriendo”.

Algunas sufrían de ansiedad y estaban o se volvían hasta locas porque era muy espantoso. Otras sufrían malas palabras, insultos y golpes en el entrenamiento por cometer algún error.

HOGARES INDESEABLES

En el centro de trabajo, la situación no mejora, como describió a HRW Sry Mulyan:

“Nunca fui afuera de la casa, ni siquiera a tirar la basura. Siempre adentro. Y nunca iba al supermercado. Como si estuviera en la cárcel. No se me permitía escuchar radio. Sólo veía afuera cuando tendía la ropa. La señora me decía: ?No hables con nadie?. Ni siquiera podría tener contacto con mi familia. Trabajé tres años. Quiero regresar a mi casa, le decía. No, me respondía, hasta que cumplas tu contrato. Y mi familia pensaba que estaba muerte”.

Así les ocurre en las casas de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Singapur y Estados Unidos.

Rokeya Akhatar trabajó para un hombre de negocios en los Estados Unidos, de julio a septiembre de 1998. No podía ir afuera ni por un segundo. No le permitían ir afuera sola. La familia para la que trabajaba le decía que si iba afuera la policía la arrestaría porque no traía mis papeles conmigo. “?me sentía como un pájaro enjaulado”.

Y si reportan a su agencia los abusos, en éstas les dicen: “Tienes que sufrir, debes controlar tus sentimientos”.

El miedo que las empleadas del hogar migrantes tienen al arresto, la detención y la deportación es el motivo por el que los empleadores les confiscan sus documentos oficiales o permisos temporales.

En esos países, si las trabajadoras domésticas dejan a sus empleadoras, incluso por razones de abuso, corren el riesgo de perder su estatus legal, a la mejor caer en prisión y finalmente son deportadas.

Y de vuelta en casa, el interminable trabajo sin remuneración las espera, mientras las necesidades económicas se vuelven apremiantes, por lo que tienen que salir nuevamente en busca de dinero.

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