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Mujeres y SIDA

Por Sara Lovera*

El anuncio de que las mujeres en el mundo son ya el 50 por ciento de los 33 millones de personas con VIH/SIDA, según ONUSIDA en 2007, cuya información empezó a circular profusamente la semana anterior con motivo de la XVII Conferencia Internacional sobre Sida, no es un dato menor.

La señora Inés Alberdi, directora ejecutiva del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) vino a esta reunión, precisamente para hacer sentir esta desgracia. Mucho tiempo se pensó que el SIDA era entre homosexuales masculinos; luego entre personas con prácticas sexuales no tradicionales y más tarde se quiso dirigir hacia las personas adictas.

Pero es verdad que las mujeres, carentes de herramientas para tomar decisiones, se fragilizan a grados trascendentales para impedir ser afectadas por sus parejas: hombres cuya vida sexual jamás está en discusión.

Y la violencia, dijo la funcionaria, es causa y efecto del crecimiento exponencial de la enfermedad entre las mujeres, carentes, en la práctica, en pleno siglo XXI de reconocimiento a su ser humanas.

Pero no es solamente preocupación de UNIFEM, según el informe detallado y que preparó el Instituto Nacional de Salud Pública, el riesgo para las mujeres, especialmente las amas de casa, que en general tienen relaciones sexuales con una sola persona a lo largo de su vida, es un tema que recorrió ya los primeros exámenes de la pandemia que comenzaron la semana anterior en todos los espacios.

Y este factor de desigualdad afecta también a la juventud, la que según los expertos es la más expuesta por el hecho de que se comienza la vida relacional sexual entre los 14 y 16 años, al menos así sucede en México, cobra sus mayores víctimas entre las mujeres. Los datos indican que el 60 por ciento de estos jóvenes infectados son mujeres.

Lo que esos resultados indican es que a pesar de más de 30 años de parafernalia institucional y no gubernamental en pos de la igualdad entre hombres y mujeres, se avanza sólo superficialmente, en el discurso y las políticas públicas, las acciones, los presupuestos, dejan mucho que desear.

Las mujeres nos hemos incluido en la vida pública. Nuestros derechos fundamentales están en una multitud de leyes, empezando por la Constitución, pero no se respetan ni en la vida pública ni en la vida privada.

Hoy se trata de reconocer esa realidad, que afecta, según ONUSIDA a 500 mil mujeres en América Latina; a más de 48 mil en México que ni siquiera saben que están infectadas; a miles y miles de mujeres en las fronteras sujetas a mayores riesgos y aquellas que viven en las comunidades de donde parte la migración a Estados Unidos.

Supongo, por la pericia con que se ofrece información estos días de conferencia mundial, que hace mucho tiempo que las autoridades de salud lo saben y sin embargo por lo visto, no existe voluntad política para frenar esa desigualdad que tiene efectos.

Uno lo es el contagio del VIH, pero también el de Infecciones de Transmisión Sexual que van en aumento. Hace tiempo que pequeñas informaciones hablan de que en México volvió la sífilis (popular en los años 40) y se conecta el problema con el del Virus Papiloma Humano, ambos flagelos relacionados con la falta de higiene, prevención y cuidado en las relaciones sexuales.

El problema es la pichicatería mental y política para hablar de la sexualidad humana, tan rodeada de prejuicios, miedos, cortinas de humo e ignorancia que dieron todas las batallas para que se disminuyeran las campañas de uso del condón, apenas reanudadas tímidamente este año; la lucha de las y los conservadores por ocultar lo que dicen las encuestas, jóvenes en relaciones sexuales y en riesgo; aborto clandestinos millonario; mortalidad materna persistente.

Pero el otro factor que contribuye, aunque en una escala menor, según los estudios, es el de las adicciones, esas que forman parte del único problema que nos parece rodear, el de las drogas.

Pero es en serio. Los expertos que estos días hablan tanto de la pandemia, dijeron, según escuché, en la reunión ministerial de Educación y Salud; en la que se hizo entre “primeras damas” y líderes sociales; en los recuentos de la sociedad civil, en las preocupaciones de Naciones Unidas, el contagio es poco mayor al 98 por ciento, por relaciones sexuales.

No se trata de otra cosa. Las relaciones sexuales rodeadas de prejuicios, son una actividad humana fundamental, diaria, necesaria, proveedora de vida, de felicidad y desarrollo, que sigue siendo pensada como vergüenza, como dijo aquí el jefe de la oficina de la ONU, al señalar que hablar de SIDA es hablar de “nuestras vergüenzas” y se refirió a la vida diaria: infidelidad, homosexualidad, transexualidad, promiscuidad y extramaritalidad y relaciones sexuales duras y puras.

Así es. No sabemos si no habría promiscuidad, pienso, pero la hay porque no hay vivienda; no sabemos si no la habría, pero no hace mucho tiempo que se sabe que muchas amas de casa completan el gasto familiar con trabajo sexual; no habría quizá prostitución, si ello no estuviera anclado en la disminución y violencia contra las mujeres y no habría riesgo sin esa violencia, que dijo Inés Alberdi, pone en riesgo a las mujeres porque el sexo forzado produce heridas físicas, produce alta vulnerabilidad, forcejeo, ruptura de la piel, por donde la temible infección se cuela en el cuerpo de las mujeres.

Sabemos que nuestra sociedad, profundamente autoritaria y antidemocrática, no puede ver que esa realidad existe. Pero son las autoridades las responsables, con tantos estudios, de tomar medidas urgentes. No se puede ser banal en estos casos, ni hacer anuncios numéricos exagerados y falaces, sólo para jalar prestigio y dinero internacional. ¡¡¡¡Cuidado!!!! Nos pueden estar engañando.

Oí defenderse al subsecretario de Salud, Mauricio Hernández, el pobre, presionado por la derecha, dijo, por haber distribuido 30 millones de condones; y tampoco me sirve el convenio con un sólo laboratorio o siete, anunciado por el Secretario de Salud, José Ángel Córdova, para obtener medicamentos necesarios a menor precio, que parece muy interesado y tiene buenas intenciones, pero que cree que la píldora del día siguiente deja sin defensa a muchas mujeres y causa o abre causas a la infección.

Y es que la píldora tiene que ver con el aborto y eso, ese tema, como todos los relacionados con la libertad sexual les parecen inaceptables. De salud reproductiva y sexual, ni hablar; de libertad de las mujeres para tomar decisiones, nada.

Y digo nada porque a cada paso, todos los días, frases, medios, familias, están reafirmando los papeles subordinados de las mujeres; la disminución de la capacidad en la infancia y la adolescencia para tomar esas decisiones y unas y otros son permanentemente excluidos de la educación y la información.

Hablar de Sida es hablar de la realidad, y no de las vergüenzas. La monogamia es una quimera inventada por la Iglesia Católica, entre otras; el deseo y el placer son motor humano indiscutiblemente. Reconocer esto es una revolución que urge, porque si no seguirán muriendo muchas bellas, productivas y amadas personas.

saralovera@yahoo.com.mx

* Periodista mexicana. Cumplirá 40 años de vida profesional en 2008. Es integrante del Consejo Directivo de CIMAC; corresponsal de Semlac en México; integrante del Consejo del Instituto de las Mujeres del Distrito Federal y todos los lunes forma parte de la Mesa Periodistas del Canal 21, el Canal de la Ciudad de México en TV por Internet.

08/SL/CV

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