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Nadia, vida de violencia que terminó en feminicidio

Por Guadalupe Cruz Jaimes

Meses antes de que fuera asesinada por Bernardo López Gutiérrez, su pareja y padre de sus hijos, Nadia Alejandra dejó de visitar a su madre, Antonia, porque “ya no podía salir de su casa”.

Le dijo que ya no podía ir todos los días y se llevó trabajo de bordado a su casa, para hacerlo a escondidas de Bernardo. “Me dijo que vendría hasta el siguiente lunes, pero yo le pedí que viniera el sábado para festejar el 14 de febrero. Nos poníamos de acuerdo para la comida, íbamos a comer hamburguesas, pero ya no llegó al sábado, la asesinaron el jueves y el domingo la sepultamos”, relató doña Antonia a Cimacnoticias.

Nadia fue asesinada por su esposo, Bernardo López Gutiérrez, ayudado por su hermano Isidro, apodado “Matute”, frente a su hija de 2 años y sus hijos César y Andrés, de 4 y 5 años, únicos testigos presenciales del crimen que se registró al interior de su casa en Villa Nicolás Romero, Estado de México, el 12 de febrero de 2004.

Así lo testimoniaron entonces los niños ante autoridades, peritos y especialistas en psicología. Pero el crimen fue calificado por la Procuraduría de la entidad como “suicidio”.

A partir de su relato, que hoy mantienen sin cambios, los niños explicaron también detalles sobre la violencia que su padre cometía contra ellos y contra su madre. Finalmente, el padre de la niña y los dos niños colgó a Nadia en el baño de su casa para simular un suicidio, ayudado por su hermano “Matute”, luego de sumergirla en una cisterna. Y antes de huir del lugar del crimen, los amenazó de muerte si revelaban algo.

VIDA EN LA VIOLENCIA

Doña Antonia relata que la vida de Nadia y sus hijos estuvo siempre sumida en la violencia, desde el inicio de la relación, que culminó con el asesinato, cuando ella tenía apenas 24 años.

Nadia y Bernardo se conocieron en el microbús que conducía el feminicida. Ella tenía 17 años y estudiaba un curso de Programación Analista en la escuela de computación CCPM, ubicada en Salto del Agua, en el Distrito Federal (DF).

“Yo sabía que a ella le gustaba, pero nunca tuvieron un noviazgo, nunca salieron juntos. Yo le había dicho que esa persona no me gustaba”, recuerda doña Antonia. En menos de un par de meses, Bernardo se presentó en la casa de Nadia, acompañado por su familia, su madre y su hermano Isidro, el “Matute”, para decirle a Antonia que la joven se iría con ellos.

Nadia Alejandra estaba a dos meses de terminar su curso de computación y su madre le dijo que debía seguir estudiando. “No estaba lista para irse a vivir con él y formar una familia”, dice.
“¿Cómo te vas a ir con él, si ni siquiera se conocen? Y ella respondió rebelde: “déjame, es mi vida”.

Incluso, refiere Antonia, “hablé con la familia, les dije que Nadia ni siquiera era mayor de edad. Les pregunté que a dónde se iban a vivir y me dijeron que a la casa de la mamá de Bernardo. Ella decidió irse, la familia se la quería llevar y yo permití que se fuera… permití que se fuera”…

Antonia intenta explicarse por qué se fue con él. “A Nadia casi no la dejábamos salir y como le gustaba mucho el baile y esta familia tenía un sonido, no sé si esto la entusiasmó”, especula.

Sin embargo, “desde el principio él le impuso su forma de vida. Él salía, se iba a bailar, a tomar y a Nadia siempre la dejaba en su casa”.

“Nadia era alta, de bonito cuerpo y le gustaba usar faldas cortas, pantalones de mezclilla, como a las jóvenes, pero muy pronto ella llegó llorando porque Bernardo le rompió la ropa que se había llevado de la casa, incluso traía la ropa rota”, recuerda su madre.
“Al poco rato, él llegó diciendo que le rompió la ropa jugando, pidió perdón y ella volvió con él a la casa de su suegra”.

Luego del incidente, el agresor, que entonces tenía 21 años, le prohibió a Nadia usar otro tipo de ropa que no fueran pants o pantalones holgados. También comenzó a golpearla durante los primeros meses de vivir juntos, sin importar que estuviera embarazada.

A los 3 ó 4 meses de vida en común, le pegó en el tobillo con la hebilla del cinturón. Cuando doña Antonia se dio cuenta, le reclamó a Bernardo, quien argumentó que era porque Nadia “no lo obedecía”. “Él no le pegaba en la cara, siempre andaba marcada por el cinturón, pero en el cuerpo”.

Incluso embarazada, la violencia física no paró. “A los tres meses se embarazó de César, al año y medio de Andrés y dos años más tarde de Mariana”. Tampoco la violencia económica y psicológica, señala la madre de Nadia.

“Cómo se fue a vivir con la mamá de Bernardo, no había dinero para Nadia. El dinero era para la mamá. Dos años después le construyó su casita, pero el dinero que le daba era muy poco, él prefería irse al baile que darle un peso”.

Para tener dinero, Nadia bordaba vestidos de novia, oficio al que también se dedica Antonia. “Al principio bordaba en su casa, después en la mía, porque él le rompía el trabajo”.

Cuando sus hijos crecieron un poco más, Nadia “dejaba a los niños en la escuela (preescolar) y se quedaba trabajando de 9 de la mañana a la 1 de la tarde en mi casa, hasta que salían, detalla Antonia. Comían y se iban a su casa. Ella gastaba su dinero en la cena de sus hijos y en comprarles ropita, porque desayunaban y comían en mi casa. Y a más tardar a las 3 ya estaba en su casa, porque la familia de Bernardo la acusaba con él si llegaba más tarde”.

Para Bernardo López, todo lo que hacía Nadia Alejandra estaba mal, la descalifica diciéndole “que no servía para nada”. “Nunca le gustó la comida que ella hacía, ni como le lavaba y planchaba la ropa. Siempre la descalificaba, le botaba la comida”, recuerda la señora.

Además, “no soportaba que un niño llorara. Nadia tenía la precaución de dormirlos temprano para que no lo molestaran”.

La señora Antonia aconsejaba a su hija, le decía que no permitiera que Bernardo la tratara de esa forma, ni que le prohibiera trabajar y cambiar su forma de vestir, pero la joven vivía atemorizada por su agresor, dice.

“Incluso cuando Nadia empezó a trabajar, se cambiaba en mi casa a escondidas de Bernardo, para ponerse ropa de vestir, que yo le había comprado”, narra Antonia. Después de mucho insistir y ante la situación económica que empeoraba, debido a las borracheras frecuentes del feminicida, éste “le dio permiso” a Nadia para que saliera a trabajar.

“Y ella estaba feliz”, dice Antonia Márquez, quien le cuidaba a su hija e hijos. “Salía a las 4 de la tarde y llegaba a las seis o seis y media horas después a mi casa. Y antes de salir les hablaba a los niños para decirles que ya venía para acá y les traía dulces”, añade.

EL SECUESTRO

Sin embargo, “no tardó ni dos semanas trabajando como cajera en una boutique, en la colonia Centro, en el DF, cuando desapareció”, señala la señora Antonia. “Pasaron las 6, las 7 y no llegaba”.

Bernardo llegó a las 9 de la noche preguntando por ella, muy tranquilo. Se llevó a los niños y Nadia no llegó. Al día siguiente, a las 5 de la mañana, doña Antonia fue a casa de su hija, pensando que tal vez se habría ido para allá. No estaba Nadia, ni Bernardo y la puerta estaba entreabierta”.

Doña Antonia estaba por irse, cuando llegó Bernardo en su camioneta. “Le dije que iría al trabajo de Nadia a preguntar y acordamos vernos por la tarde”, recuerda. No sospechaba que su hija había sido secuestrada por su compañero, quien durante semana y media fingió no saber nada e incluso la acompañó a buscarla y a denunciar la desaparición.

Según el testimonio de Nadia Alejandra, quien posteriormente denunció a Bernardo López por secuestro y lesiones, según consta en el expediente VNR-III/1501/2003, que se levantó en Villa Nicolás Romero, el 28 de mayo de 2003, el feminicida la mantuvo encerrada en una casa “en obra negra”.

La secuestró como represalia porque Nadia lo sorprendió sosteniendo relaciones sexuales con otra persona, familiar del feminicida. Y ante los reclamos de la joven, que venía del trabajo, él la golpeó y la privó de su libertad.

“Le pidió a la mujer que estaba con él que le avisará al “Negro” (chofer del padre de Bernardo). Ella regresó con este hombre, subieron a Nadia a la camioneta que conduce el “Negro” y se la llevaron para encerrarla y golpearla.

La familia de Nadia se dedicó a buscarla, a preguntar ante las autoridades y vecinos. Cuando se sintió “acorralado”, detalla la señora, Bernardo la dejó ir, pero antes la hizo escribir una carta donde decía que se iba a Tijuana con otro hombre y juraba que no volvería. La obligó a irse de Villa Nicolás Romero, bajo la amenaza de matar a su hijo mayor, César, a quien Bernardo golpeaba más, y hacerle daño a su familia, si regresaba.

Nadia se fue a otro estado y desde ahí llamó a Antonia para contarle las amenazas. Con engaños, la señora logró que Bernardo le entregara a los niños y a la niña y se los llevó a Nadia.

Poco después, Nadia regresó a Villa Nicolás Romero, persuadida por su madre, para denunciar el secuestro. Luego se volvió a ir y encontró trabajo.

Un fin de semana, Nadia regresó al Estado de México “un fin de semana” para asistir a una fiesta familiar. Bernardo la vio, pidió perdón, lloró y la convenció de volver con él.

En un principio, narra Antonia, Bernardo cambió, dejó de tomar, ya no la maltrataba, pero eso no duró más que un par de semanas. Después comenzó de nuevo, pero recrudecida, porque la hermana de Bernardo, Victoria, inventó que Nadia había estado con otro hombre, lo que se tradujo en golpes, amenazas y humillaciones para la joven.

Mi hija estaba “a días” de alejarse de él nuevamente, “decía que quería aguantarse hasta que los niños terminaran el ciclo escolar, pero lamentablemente eso ya no fue posible”.

Los días, previos al asesinato de Nadia, ya casi no podía salir. Temía por la vida de su hija e hijos, por lo cual procuraba “obedecer”. Para ellos, dice doña Antonia al referirse a la familia de Bernardo, “la violencia es parte de sus vidas, es normal pegarle a sus mujeres”. Incluso, dijo, “a la madre de Bernardo, que es una mujer ya grande, su esposo la sigue agrediendo físicamente”.

Antonia le decía a Nadia: “no es posible que tengas esa vida”, pero ella tenía miedo, recuerda la señora, quien hoy sigue luchando porque se haga justicia para castigar a los feminicidas de su hija.

09/GCJ/GG

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