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Natalia Mendoza y sus “Conversaciones del desierto”

El amor de nieta hizo regresar a Natalia Mendoza Rockwell al olor familiar de Altar, Sonora. Al abrir los ojos a la adolescencia cambió la rica vida cultural e intelectual de la Ciudad de México y la opción de irse a vivir a Xalapa, Veracruz, con su madre, a la vida de rancho entre caballos y tardes de calor intenso.

Los desafíos que se ha planteado como investigadora tienen que ver con reforzar el gran amor a la tierra de su padre: Altar, Sonora. Su niñez marcó su gusto por el campo, por los ranchos, por los caballos. El cariño de su abuela y la aceptación e inclusión como parte de la chamacada de Altar, la atraparon para siempre, afirma con ojos de añoranza.

Descendiente de una familia oriunda del desierto, pudo convivir verano a verano, y durante periodos vacacionales escolares con las polvaredas levantadas por los caballos en las carreras dominicales y el calor ardiente de los días interminables de verano.
Los Mendoza son una especie de marca de Altar, municipio ubicado en pleno desierto del mismo nombre, a 98 kilómetros de la frontera con Estados Unidos. En la línea divisoria de ambos países continúa lo que corresponde al estado de Arizona del desierto de Altar, mismo que no es menos inclemente por sus temperaturas extremas.

Toda la gente conoce a la familia Mendoza, los respeta, y Natalia más porque además quiere mucho a sus tías, tíos, primos y sobre todo a su abuela paterna.

Es tan sonorense que al hablar de su madre dice: “Mi amá”. Sus abuelos paternos son su “nana” y su “tata”. Sus recuerdos de infancia incluyen los paseos montando a caballo en el rancho familiar.

Altar sería una región inhóspita de no ser por su gente, por quienes hicieron florecer la agricultura y ganadería, hoy prácticamente quebrada por la incursión y toma de territorio por parte del crimen organizado, particularmente el narcotráfico.

LA CULTURA DEL NARCO

Hija de una antropóloga norteamericana y padre mexicano, la altareña de corazón se sentía atraída por incluir, dentro de sus estudios culturales, cuál ha sido la influencia que ha dejado el narco y en general el crimen organizado en su pueblo. Los relatos narrados por su padre son la materia prima con que está construida su alma, reconoce.

Como antropóloga buscaba explicaciones a las transformaciones culturales, incluida la moral que más de las veces conocidas, demuestra que también tiene un precio. Las relaciones familiares, económicas y culturales, son a menudo permeadas por el arribo de personas inmiscuidas en el crimen organizado, como trabajadores.

Siendo Altar un punto clave para el tráfico de enervantes y personas en forma ilegal, constituyó la gran oportunidad para lograr el estudio etnográfico que tanto había soñado hacer.

En el libro “Conversaciones del desierto, cultura, moral y tráfico de drogas”, editado por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), quedó plasmada la investigación de Natalia Mendoza, la cual nutrió con numerosas entrevistas realizadas en Altar a personas oriundas y residentes del pueblo, así como a quienes han arribado al lugar migrando para desempeñar algún tipo de trabajo legal, pero sobre todo ilegal.

Natalia descubre que la moral tiene precio, pues si bien hay personajes locales influyentes que critican las actividades criminales, de alguna manera éstas se ven minimizadas si obtienen algún tipo de beneficio indirecto al convertirse en proveedores de quienes viven del narcotráfico o del tráfico de seres humanos.

Otro aspecto que se ha visto modificado es la forma de divertirse.
Las carreras parejeras de caballos, diversión familiar por excelencia de los domingos, se ha visto combinada por los arrancones de los autos pick ups, nuevos, equipados, fuertes, vehículos de trabajo utilizados para las actividades de quienes trafican, administran o supervisan las actividades ilegales.

Si bien “Conversaciones del desierto” no es un estudio sobre un tema de economía estrictamente, es el narcotráfico el origen del mismo, y el impacto que éste ha suscitado en el municipio de Altar, Sonora, punto geográfico por donde pasan ilegalmente a través del desierto, 12 mil personas al año hacia Estados Unidos.

Las costumbres, las tradiciones, las amistades y el modo de tratarse entre los altareños se han visto modificados, expone Natalia.

Un ejemplo de la unión endémica que ha surgido entre los oriundos de Altar es la forma de reconocerse como iguales. Mientras que antes de la instalación del narcotráfico como una actividad regular en ese territorio las familias se dividían entre “los del centro” y “los de la orilla”, hoy día se autosegmentan en los de Altar y los fuereños.

El atractivo que representa para las adolescentes y jóvenes de Altar relacionarse con los muchachos que evidencian un poder adquisitivo de dispendio derivado de su trabajo en el crimen organizado, es evidente.

Esa vida efímera de lujos y abundante dinero en efectivo ha traído como consecuencia embarazos precoces entre las mujeres oriundas y quienes llegan a trabajar, según la narración de Natalia Mendoza.

Otra percepción significativa entre los testimonios analizados por Mendoza es que dentro del crimen organizado hay niveles de “maldad”.

Por ejemplo, si una persona se dedica a comerciar con algún tipo de droga, no es malo, pues quien la adquiere lo hizo por decisión propia. En cambio, quienes trafican con personas y las roban o abandonan en el desierto, son de lo peor, ya que los dejan desprotegidos y en peligro de muerte.

EL RIESGO DE EXPLORAR

¿Cómo se atrevió Natalia Mendoza a adentrarse en las entrañas del quehacer de los protagonistas del narco en Altar? Muy fácil, pues muchos de ellos son los propios conocidos de su infancia. Son personas que siempre han vivido en el pueblo. Unas de ellas muy respetadas por la población en general. A otras las conoció hace tiempo, algunas más porque han pasado a ser del círculo de amistades o emparentado con sus amigas o familiares, explica.

Natalia quiso dar una visión distinta del impacto del narcotráfico en Altar, pues las otras versiones tienen que ver con el efecto económico, cuantificado en toneladas de drogas que van y vienen; o bien, con las leyendas de los grandes capos y hasta los cuentos sobre los santos a los que éstos les rezan.

Pero ella quería llegar al corazón de la “normalización” de las actividades ilegales, desde la población misma que lo está viviendo. Por ello decidió regresar a su Altar querido, para conversar con él. Cómo la gente empieza a convivir normalmente con esta forma de trabajo, cómo lo juzga moralmente, y cómo lo entiende localmente en forma distinta al discurso nacional, eran las interrogantes iniciales.

Natalia Mendoza no buscaba medir, pues eso ya lo hacen las instituciones, revelando toneladas de droga incautada, o el número de muertos por el narco. Tampoco quería juzgar; lo que deseaba indagar era para explicar, y sobre todo, para entender. No fue un enfoque policiaco, sino de escudriñar el aspecto cultural, por lo que ella nunca lo vio como un proyecto riesgoso para su integridad.

El contar con amigas que “la mayoría de ellas se habían relacionado con narcos o con judiciales” le daba un contexto de confianza para lograr su propósito.

Sin miedo realizó su trabajo de campo en 2005, en el supuesto de que en realidad los hombres involucrados la veían como “una morra chilanga que anda haciendo preguntas”, sin mayor importancia, pues no se incluyen los nombres, ni lugares específicos, sino percepciones, opiniones y expectativas de vida.

“Para los machos de allá, esto no tiene importancia, así que no significo una amenaza”, expresa contundente. Confía en su capacidad para identificar cuando el costo es mayor que el beneficio, por lo que sabe en dónde está el límite de la exploración académica.

Ejemplo de esto es cuando les ofreció “aventón” a ella y a una amiga el novio de ésta, quien es judicial y en su pick up había varias armas AK-47, decidió no subirse ya que él andaba en una actividad de su trabajo, y eso es algo “de lo que no vale la pena enterarse”, concluye.

Maestros, esposas, hermanas, hijos e hijas, y vecinos, son quienes conformaban el universo de informantes, no para buscar la acusación, sino la opinión.

“Conversaciones del desierto” fue su trabajo de tesis de licenciatura, recomendado para publicación por el comité de titulación.

Este libro, editado en 2008, nunca se ha presentado en Sonora, primero porque ella no estaba en el país cuando se publicó; después porque nadie se comprometió a impulsar su presentación en el estado.

A este respecto, Natalia opina que su libro no está escrito para las y los sonorenses, ya que no tiene nada qué contarles. Más bien el texto está narrado para la gente del sur del país, quienes en su mayoría nunca han estado por estos lugares. “¿Yo qué les voy a contar de esto a los sonorenses?”, se cuestiona.

Sin embargo, “Conversaciones del desierto” muestra una vida desconocida para el resto de la entidad, que ha transformado la vida cotidiana de Altar, municipio con una población total de 9 mil 49 habitantes.

El poblado que ha cambiado drásticamente con los narcos reconocidos como “empresarios” respetables, y con el arribo de los “sinaloas”, quienes a decir de los testimonios recabados “provocan” a los sonorenses en forma mucho más violenta y rápida.

Es un texto de obligada lectura para, como lo buscó Natalia, explicar qué está pasando cultural, moral y socialmente en Altar.

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