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Niñas y niños de AL enfrentan explotación y carencia

Por Adriana Rodríguez González

Millones de niñas y niños se ven en la necesidad de lanzarse a la calle en busca de una oportunidad, ante la precaria situación en la que viven en sus hogares, debido falta de la madre o el padre, maltrato, pobreza.

Sin embargo, obtener lo básico, como asistir a la escuela o tener atención médica, cada vez les resulta más difícil.

Es por ello que la Oficina Regional para América Latina y El Caribe de Visión Mundial Internacional, con sede en San José, Costa Rica, realizó una serie de investigaciones denominada “Trabajo y Explotación de Niños, Niñas y Adolescentes”, que pretenden hacer un aporte al abordaje de la problemática del trabajo infantil perjudicial, haciendo propuestas e invitando a las personas a conocer de cerca la vida, la familia, los sentimientos, las experiencias y el contexto de niñas y niños que trabajan en 13 de los países de América Latina y El Caribe.

Entre los casos que el organismo presenta se encuentra el de una niña que trabaja en las calles para tener algo que comer y que por ello ha dejado los estudios.

Martha, una niña colombiana que enfrentó la muerte de su padre y además ha tenido que lidiar con el acoso de los hombres que asisten al bar donde ella vende flores, localizado en Bosa, un barrio periférico situado al sur de Bogotá en el que se levantan asentamientos clandestinos, a veces con pocas vías de acceso.

“Una vez estábamos en un bar ofreciendo las rosas y un señor nos ofreció 40 mil pesos por acostarnos con él. Nosotras le dijimos que no, pero él estaba tan borracho que no nos soltaba; entonces, llamamos a mi hermana mayor, que iba con nosotras, y ella nos defendió”, relata.

“Los borrachos son súper abusivos, empiezan a decirle a uno ‘qué mamacita’, que ‘cómo estás de buena, yo te doy una mejor vida’, y no les importa que uno sea una niña, ni que les diga que, por favor, respeten”, agrega Martha.

En esa búsqueda por conseguir algo para por lo menos vivir al día, muchos encuentran la puerta del tráfico de drogas, como la niña ecuatoriana Sara Milagros, quien dice haber perdido a su madre y no tener noticias de su padre, pues vive en Colombia.

“Salí de Esmeraldas –provincia ecuatoriana– a los 17 años, hace pocos meses, y ahí me encontré con unas amigas, y comenzamos a vender drogas y a consumirlas, y a irnos de fiesta. No pensábamos que nos estábamos haciendo daño… O que le estábamos haciendo daño a alguien”, dice a los investigadores de Visión Mundial.

Otro caso ocurre en Maceió, una ciudad costera en el nordeste brasileño. Es también capital de Halagaos, uno de los estados más pobres de Brasil. Allí se encuentra el Mercado da Producao.

En ese lugar, Rafael, un niño de diez años que nunca ha ido a la escuela, se pasa el día transportando mercancía en un carretillo (diablito, le nombran en México), junto a su padre y su hermano. Dependiendo de la distancia, puede ganar desde un real y medio hasta tres reales por encargo.

Rafael declara que él solito es capaz de empujar hasta cincuenta y cinco kilos, sin embargo sus ganancias apenas sí alcanzan para apoyar las necesidades alimentarias de esta familia de siete integrantes.

Cícero Soares da Silva, el padre, está ciego de un ojo y su salud es precaria. La familia entera se aloja en dos aposentos, donde comparten dos camas. El menor de los hijos, un niño de cuatro años, pasa la noche en el carretillo (“diablito”, le dicen en México) que utiliza su hermano para transportar la mercancía.

“Yo ni me acuerdo cuándo empecé a trabajar. Mi papá se quedó ciego de un ojo y los carros lo golpeaban, así que mi hermano y yo empezamos a trabajar… Un día, alguien se llevó mi carretillo y lloré tanto que nunca se me va a olvidar”, es el testimonio de Rafael plasmado en la investigación realizada por Visión Mundial.

Ahora Rafael tiene que alquilar un carretillo, y duerme inquieto pensando que se lo puedan robar. Padece de migrañas, le duelen los dientes y últimamente ha tenido fiebre. También le duele saber que ningún doctor lo va a atender si no puede pagar.

Mientras tanto, Cícero Soares Da Silva, padre de Rafael y cargador en el mercado de Maceió declara: “Tengo seis hijos. Antes de ser cargador, trabajaba como vigilante. Un día me empezó a doler el cuello y el doctor me dijo que tenía que operarme. Después de la operación perdí la vista de un ojo y me despidieron de mi empleo… Mis hijos, mi esposa y yo no teníamos ni para comer. Por eso, mandamos a los niños mayores al mercado”.

SOBREVIVIR, CONTRA TODA LEY

Por su parte, el organismo señala en la publicación que “aunque la legislación ecuatoriana prohíbe el trabajo explotador y peligroso de los menores de 18 años, es decir, todo trabajo que afecte su integridad física, emocional o intelectual, lo cierto es que muchos adultos, impulsados por la codicia, no dudan en aprovecharse de ellos”.

Y agrega que en Quito la mayoría de los menores de edad que se involucran en el comercio ilícito de drogas, sobre todo de marihuana y cocaína, abandonaron sus hogares y perdieron todo contacto con sus familias. Los amigos y amigas que conocen en la calle se convierten en su principal referente de afecto y pertenencia.

La droga es para ellos como un espejismo, la puerta a un mundo mejor; sin embargo, al final del camino, no encuentran más que adicciones. En circunstancias tan adversas, son presa fácil de los inescrupulosos “brujos” (traficantes de droga), que se encargan de hundirlos todavía más en ese comercio ilícito y peligroso.

Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) el porcentaje de menores entre 5 y 17 años que trabajan tiempo completo descendió de un 19.6 por ciento, en 1992, a un 12.7 por ciento en la actualidad. Estas cifras indican, sin embargo, que en Brasil hay unos 554 mil menores de edad (niñas, niños y adolescentes) trabajadores, y que un total de 4.5 millones de niños y jóvenes en edad escolar no asiste a ningún centro educativo.

A su vez, la Encuesta Continua de Hogares, Módulo de Trabajo Infantil, 2003, del Departamento Nacional de Estadística (DANE), refleja que uno de cada 20 menores de edad colombianos, entre los cinco y los nueve años, y uno de cada diez, entre los 10 y los 12 años, es un niña o niño que trabaja. En total, en Colombia hay unos 2.2 millones de niñas, niños y adolescentes trabajadores.

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