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Pasajeras de la noche

Por Marta Guerrero González

Mujeres, enfermeras, operadoras telefónicas, oficinistas, peluqueras, maquiladoras, en fin… trabajadoras todas. Regresan cansadas, con la preocupación pinchándoles las plantas de los pies pues sus hijos están solos, habrá que darles la cena, revisar tareas, dormir a los pequeños, lavar y planchar algo de ropa, hacer la comida del día siguiente y si es posible dejar lo demás para otra ocasión.

La noche las envuelve en una esquina y el micro no pasa. El poste de enfrente no tiene luz, por el callejón ladra un perro. La ciudad huele a fruta podrida. Alguna recuerda la pinta en la barda del Periférico: “esto que ves no es basura sino mi existencia miserable”; sonreirá apurando la distracción a su prisa por volver a casa.

Quizás recuerde que le quedan ciento treinta pesos y ha metido horas extra para poder cumplir con el alquiler. Mira a su alrededor y se siente sola. Sola y en la calle, piensa. Es verdad pero no se refiere al momento presente.

Un estremecimiento le llega con el miedo. Recuerda la bronca entre dos automovilistas y cómo uno le enterró una navaja al otro, mientras a una pasajera curiosa la encañonaban para quitarle la bolsa, en pleno Paseo de la Reforma, a la luz de la mañana.

Sabe que leyó en la prensa “Tolerancia Cero”, 146 recomendaciones del gringo con apellido italiano, no recuerda los nombres, tampoco el de la Seguridad Pública. ¿A quién le importa? Para cuando consigan controlar a los borrachos, meter a los niños de la calle en albergues y lo de la prostitución y los taxis piratas en orden, para entonces, cientos o miles habrán sido asaltados, violados, secuestrados o peor aún, asesinados.

Menos a una, a todas sus vecinas las han robado. Muchos le recomiendan que no salga, sobre todo de noche. Los hombres dicen que las mujeres son las culpables, por las faldas o escotes, por andar solas, por no tener hombre que las proteja. ¡Puros cuentos chinos! La culpa la tiene el gobierno por no dar empleo para los necesitados y cárcel para los cabrestos. ¡Tanta corrupción por tantos años!

No, nada de eso. La culpa es de los hombres. ¿Cuántas mujeres roban, violan o matan? ¡Ay, qué risa! Igual se aparece una chava con una pistolota y luego, luego a platicar como comadres y puede que hasta se coopere para lo del alquiler. Las mujeres, aun las malas, no tienen la saña de los hombres. Habrá algunas, pocas, pero claro, habrá, piensa.

Una sombra y otra la ponen en alerta. Es su imaginación y los malos pensamientos. Llega el micro o, como le dicen, “el túnel del tiempo” pues nadie sabe cuánto durará el viaje, ni adónde te llevará, ni qué peligros afrontarás.

Hace frío. En la siguiente parada suben dos tipos. El chofer actúa de forma rara. Es el rollo de la inseguridad. La desconfianza por tanto leer las noticias. “Tolerancia Cero”, se repite. Los gringos de Nueva York lo consiguieron. ¿Lo sabrán los dos de la chamarra negra? ¿Llegaremos a casa? ¿Me violarán? ¿Me quitarán los ciento treinta pesos?

En la noche se oye un disparo o trueno. Está segura de haber oído un grito de mujer. Vino de la callejuela del centro. De la oscuridad a donde las llevan. Un “¡socorro!” desgarra la noche. Tuvo que haber sido una mujer. Dan vuelta y en la parada se bajan los dos sospechosos. Se salva, una noche más. Por una noche.

2003/MGG/RGR

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