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Pese a obstáculos, María Rosalia avanza como comisariada ejidal

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa
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La indígena maya y tojolabal María Rosalia Jiménez Pérez, originaria del estado de Chiapas, forma parte del escaso 4 por ciento de mujeres que preside alguno de los más de 32 mil núcleos agrarios que hay en México.
 
En su natal municipio de Comitán, ella es la primera mujer en ser electa comisariada para decidir sobre aproximadamente 300 hectáreas de tierra de uso común y de cultivo, además de organizar a más de 100 representantes ejidales.
 
La líder agraria –que conversó con Cimacnoticias al cierre del primer “Encuentro Nacional de Mujeres Rurales, Indígenas y Campesinas”, que organizó la Procuraduría Agraria y el Instituto Nacional de las Mujeres los días 15 y 16 de octubre en esta capital– dijo que el machismo y la corrupción en las instituciones son los flagelos más grandes con los que las mujeres lidian a diario para hacer valer sus derechos agrarios.
 
DE PROMOTORA CULTURAL A DEFENSORA DE LA TIERRA
 
María Rosalia, de 57 años de edad, también es profesora jubilada de educación primaria, promotora cultural, y compositora e intérprete de música tradicional, integrante de la Asociación Nacional de Escritores en Lenguas Indígenas.
 
“Yo siento un compromiso muy grande con todo lo que hago”, aseguró María, quien a través de escribir libros en lengua tojolabal para niñas y niños, así como canciones sobre su cultura, insiste en rescatar su idioma indígena, que las y los jóvenes originarios han dejado de hablar –critica– debido a la discriminación que viven.
 
La comisariada –una de las apenas mil 227 que hay en todo el país–  relató que durante su infancia su mamá y su papá, de origen indígena, le compraron una máquina de coser para que no fuera a la escuela a fin de evitar que presentara un embarazo, pero su hastío de vivir entre la pobreza y miseria la llevó a rechazar la máquina, y a buscar empleo como trabajadora del hogar, dependiente en tiendas, y vender tostadas afuera de su casa, para costear sus estudios de secundaria y alcanzar así el sueño de toda su vida: ser maestra.
 
Logró ingresar a una Normal Rural en Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, y desafió el desprecio de uno de sus profesores que la instó a que abandonara su preparación profesional, porque “no tenía facha de maestra” y “le iban a dar trabajo en las casas”.
 
Motivada por otro docente que pensó de ella lo contrario, María culminó su licenciatura y, entre otros proyectos, ejerció la enseñanza durante 30 años.
 
Por convicción personal –y harta de la violencia machista– decidió no casarse ni tener hijos. Vive en su comunidad para defender los derechos de las personas, ver crecer las cosechas de maíz, frijoles y duraznos que se producen en los ejidos de Comitán, y preservar los símbolos de la cultura indígena.
 
Hace tres años fue electa por mujeres y hombres como la primera comisiariada de un conjunto de ejidos, cuyas propietarias y propietarios aún no consiguen regularizar sus tierras pese a que desde 1996 cuentan con distintos documentos y registros que hacen constar la titularidad.
 
VIOLENCIA MACHISTA EN EJIDOS E INSTITUCIONES
 
María Rosalia explicó la importancia de su participación como primera líder femenina en los núcleos agrarios de su comunidad: “Las mujeres no tenemos participación y creo que hace falta una lucha social y cultural desde nuestra propia visión, desde nuestra perspectiva como mujer.
 
“También tenemos que influir para cambiar esas costumbres que nos hacen tanto daño, y también para impulsar, para estimular la participación de las mujeres, hacerles llegar ese sentir mío de que las mujeres valemos, de que somos capaces y nuestro pueblo nos necesita, y las mujeres también nos necesitamos para avanzar en una lucha que nos reclama”.
 
Como presidenta del comisariado del ejido “Campesinos Unidos”, que abarca los municipios de Las Margaritas y Comitán, María Rosalia actualmente afronta un juicio por la titularidad de 53 hectáreas en disputa con otro ejido de mayor extensión.
 
“Me eligieron como comisariada porque soy una persona que siempre estoy trabajando por la defensa de los Derechos Humanos, tanto de mujeres como de hombres. No me di cuenta quién me enseñó a defender, seguramente me enseñaron los golpes de la vida, aparte de que mi mamá es una mujer muy valiente, y esa herencia yo tengo, que me impulsa a trabajar y a tener esa fuerza espiritual para defender derechos.
 
“Ser comisariada ejidal es muy difícil porque hay mucho quehacer ahí dentro; es un gran compromiso por la tierra, por nuestra madre tierra, nuestro único patrimonio que tenemos que salvaguardar”, sostuvo.
 
Al recibir la presidencia del núcleo agrario, esta mujer asumió la responsabilidad de formalizar los ejidos (otorgar certificados parcelarios individuales), porque sin los documentos no pueden contar con apoyos gubernamentales para proyectos productivos.
 
En el camino se percató de que tenían por escrito la titularidad de 53 hectáreas de tierra, que ahora son de uso común, pero que están en poder de un grupo numeroso de ejidatarios. También se dio cuenta de que estaban ocupando un espacio de 43 hectáreas de las que no contaban con documentación formal.
 
“Al hacer la aclaración me voy topando con que hay cosas ocultas allá dentro (en la administración del núcleo agrario), y entonces viene mucha violencia contra mí, me amenazan de muerte”, narró María, quien vive con su madre de 97 años de edad y la familia de uno de sus hermanos.
 
El comisariado que la precedió, en contubernio con los representantes del ejido en disputa, le dijo que la iba a sacar de su casa, amarrar y llevarla ante los ejidatarios para que “rindiera cuentas”. “Aquí corre sangre”, le habrían advertido frente al magistrado del Tribunal Agrario Unitario en Comitán.
 
“A partir de ahí yo tuve que cuidarme, porque es mi vida, y como que me arrepentí de ser comisariada. El trabajo de la promotoría cultural es muy bonito, ‘¿qué tengo yo que estar haciendo aquí?’ –pensó entonces–, pero cuando vi las cosas que son necesarias y que debo seguir adelante, seguí avanzando y ahorita estamos en un proceso de restitución, y el otro ejido ahora me está proponiendo un diálogo”, abundó María.
 
Para esta representante agraria, “ser comisariada es un fuerte compromiso, porque si no voy a saber qué pasa allá dentro y me voy a conformar con lo que digan los señores, pues no vamos a llegar a nada, pero si yo quiero defender nuestro derecho de que queremos ser comisariadas (las mujeres), que queremos hacer las cosas bien, defender el derecho de cada ejidatario, pues lógico que hay problemas, y aparte el machismo que es la cultura en nuestro país pues no nos deja avanzar, no nos deja ir para adelante porque nos pone tropiezos.
 
“Aparte en las instituciones encontramos también el machismo entre los mismos funcionarios: nos discriminan y se unen a la complicidad de malos manejos; eso es lo que entorpece el caminar. En el caso mío como comisariada así es, pero vamos bien, ya encontramos más o menos el camino hacia dónde vamos a ir”.
 
A unos días de culminar su gestión de tres años como comisariada, María Rosalia cuestionó por qué muchos de los conflictos agrarios no se atienden debidamente, y consideró que eso es el origen de tanta “violencia y muerte en el asunto de las tierras”.
 
También observó que entre los funcionarios agrarios hay mucho “favoritismo” que privilegia a los varones. “Yo me he topado con ese tipo de funcionarios”, afirmó.
 
Y agregó: “Si no hablamos de derechos, pues no vamos avanzar, aunque hablar de defender tus derechos es meterse en más problemas, sinceramente (…); cuando la mujer empieza a decir ‘alto por acá’, ‘yo sé también’, ‘yo puedo’, entonces se viene el mundo en contra, se vienen los enemigos al querer hacer las cosas con el alma, con la verdad, con el deseo de un cambio en la búsqueda de la justicia y de un mundo diferente, más justo, más humano, más de todos… de todos”.
 
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