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Por dirigir a mujeres indígenas, agreden a Virginia Arias

Por Valeria Valencia

Aquella mañana, Virginia dejó a sus cuatro hijos en casa, tomó su preciada mercancía hecha con sus talentosas manos y subió al carro acompañada del hombre que se había ofrecido a llevarla a la cabecera del municipio chiapaneco de Chenalhó, donde vendería sus textiles.
 
De pronto, el automóvil se desvió del camino y Virginia empezó a sentir temor. Llegaron a un paraje solitario y ahí, Francisco, quien no sólo es vecino de su comunidad sino su primo, la empezó a cuestionar de por qué trabajaba con Las Golondrinas, por qué había conformado ese grupo, y para qué salía de su comunidad.
 
Desconcertada, Virginia contestaba lo que podía, pero enfurecido, él intentó violarla a lo que ella se defendió. Al ver frustrada su intención, Francisco sacó un machete y con toda la furia empezó a machetearla en el cuerpo y la cabeza. Fueron nueve heridas mortales en total.
 
Al verla inmóvil y creyéndola muerta, el agresor huyó, pero no contaba con la fortaleza de Virginia, quien ensangrentada se levantó a buscar ayuda.
 
Hoy, esta historia la cuenta ella misma, Virginia Arias Ruiz, fundadora de Las Golondrinas, un grupo de mujeres bordadoras y artesanas, en su mayoría madres solteras, que vieron como alternativa trabajar en grupo y salir a otros lugares a vender su mercancía.
 
No sabían que este acto de sobrevivencia, despertaría no sólo la crítica y la condena de los hombres de la comunidad, sino la barbarie y furia que estuvo a punto de detener el vuelo de la golondrina mayor.
 
Virginia cuenta esta historia con tal vehemencia que no dudas de ella. Sin embargo, asegura que sus palabras no han sido suficientemente creíbles y no han hecho eco ante las instancias en las que ha denunciado.
 
Advierte que ella sólo quiere una cosa: justicia, porque es lo único que le puede dar tranquilidad, porque segura está de que no podrá recuperar la movilidad de su mano izquierda que casi le parte en dos el agresor.
 
Ahora ella teje y hace tortillas sólo con su mano derecha, porque la otra está sostenida con un fierro que lleva dentro y le quema cuando hace calor y lo siente como hielo cuando hace frío.
 
Su cuerpo todo cambió a raíz de esa mañana, y con él cambiaron sus hábitos y costumbres; ahora no puede salir sola a ningún lado. Sin embargo, aquellas heridas mortales no han tocado siquiera el espíritu de esta ave que sigue surcando el cielo de la vida sin miedo.
 
“NO ME DA MIEDO HABLAR”
 
Virginia se mueve como el viento, camina con soltura, se sienta con tranquilidad y habla con mucha seguridad a pesar de que su castellano es limitado. Su orfandad de padre y madre le impidieron ir a la escuela. Pero su desconocimiento de las letras no le ha impedido que su imaginación y creatividad vuele y trascienda las situaciones difíciles. Resiliencia, le llaman algunas personas.
 
Con ayuda de la joven Sol es posible sostener la plática. Ella nos traduce lo que Virginia cuenta, y lo narra con fuerza y naturalidad; el miedo no se asoma en ningún momento, acaso tristeza y un dejo de coraje, pero miedo no.
 
La infancia transcurrió en la comunidad Chixilton, perteneciente a Chenalhó, municipio de habla tseltal ubicado en la región de los Altos de Chiapas.
 
La vivió junto con la abuela, mujer artesana y bordadora con quien se sentaba y observaba cómo se colocaba el telar y movía los hilos. Sus manos infantiles rápido tomaron el telar de cintura, también la aguja y con la práctica aprendió el oficio que hoy le da de comer a ella y sus cuatro hijos.
 
Al paso del tiempo conoció al hombre con el que viviría parte de su vida y procreó a sus hijas e hijos. Estaba embarazada del cuarto cuando él se fue para no volver. En su comunidad, dice, “hay muchas mujeres que las dejan sus maridos; no era yo la primera”, pero la mayoría opta por trabajar en lo que se puede, principalmente en el campo para no salir de su comunidad. Esa es la costumbre.
 
Sin embargo Virginia, visionaria, movió el cielo y la tierra para salir y ofrecer sus textiles: chalinas, blusas, bufandas, manteles hechos magistralmente por sus manos. Así fue como salió de Chixilton, buscó maneras de vender en la cabecera municipal de Chenalhó y en San Cristóbal, y las salidas se volvieron constantes y prolongadas.
 
Pero ella, generosa, con ese espíritu comunitario y con la idea ancestral de que entre mujeres podemos más si unimos fuerzas, creó una organización, la primera en su comunidad, de mujeres artesanas a la que llamaron Las Golondrinas.
 
Toda esta movilización que implica dirigir a un grupo de mujeres artesanas y la capacidad de liderazgo de Virginia despertaron suspicacia, envidia, extrañeza y quién sabe qué más, entre la población masculina de la comunidad. Movidos por la rareza de ver a un grupo de mujeres decididas a no dejarse vencer por el abandono de un esposo, decidieron cortarle las alas a la golondrina guía.
 
Y fue esa mañana, ese primo, Francisco Arias Pérez, taxista, quien usando su auto particular se ofreció a llevarla a la cabecera a donde iría a vender a su mercancía. Virginia no sabía que ese viaje le cambiaría la vida, ni que esa mañana, ensangrentada de pies a cabeza, caminaría por la carretera hasta que encontró a alguien que la auxilió para llevarla al hospital de San Juan Chamula.
 
Desde ese 27 de octubre de 2013, su caminar ha sido más bien un peregrinar, de Ministerio Público en Ministerio Público, pasando por las instancias defensoras de Derechos Humanos, instancias de justicia para mujeres y más. Sin embargo, pareciera que a Virginia no le cansa tanto el hecho de caminar de un lado a otro, sino la respuesta de quienes la escuchan y no le creen, y sobre todo, el encubrimiento del agresor.
 
Dos años después, Virginia sigue tejiendo, bordando, vendiendo y sosteniendo la organización que ahora está conformada por seis mujeres solamente, puesto que el resto eran familiares de su agresor. Ha hecho contactos con más personas, grupos civiles e instituciones como la Fundación León XIII y Casa Chiapas, que a su vez la llevan a ferias y eventos para vender sus productos.
 
Ahora Virginia no puede caminar sola, tiene que acompañarse de algún hijo o hija para ir de un lugar a otro, porque la movilidad de su cuerpo ya no es la misma. Con las dificultades que eso le trae, continúa liderando a Las Golondrinas a la par de buscar ayuda para ir a sus consultas médicas a los hospitales de San Cristóbal y Tuxtla Gutiérrez –la capital chiapaneca–, para recibir terapias que le permitan seguir “volando”.
 
“De tanto que he salido, puedo hablar con cualquier persona relatando mi historia; me pueden invitar a conferencias o a cualquier medio porque estoy diciendo la verdad; si estuviera diciendo mentira sí me daría miedo, pero como estoy diciendo la verdad no me da miedo hablar y seguiré hablando”, afirma Virginia con la mirada al cielo.
 
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