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Por tu salud

Por Marta Guerrero González

Muchas veces hemos escuchado a los médicos referirse de este modo ” el estado de salud de fulano es delicado”, la palabra “estado” nos da idea de cambio y más en relación con la salud; me siento mal, ahora me siento mejor y, luego, ¡ya me curé! Nos expresamos así, precisamente, porque nos “sentimos” de tal o cual manera y los sentimientos no están en el cuerpo sino en la mente.

Algunos pacientes que han sido desahuciados por los doctores salen adelante por su buen ánimo y disposición; es decir, porque así lo pensaron. Me explico: cuando un hombre, una mujer o un niño se siente triste, una distracción, un juego, un dulce le puede devolver su armonía o su felicidad, aunque sea de manera temporal.

Lo mismo sucede si alguien se encuentra tranquilo y feliz y de repente recibe una mala noticia, en ese momento su estado cambia y se entristece o se preocupa por la sencilla razón de que le da pensamiento a lo escuchado.

Por todo esto, no es ociosa la recomendación de los curadores en el sentido de “usted mantenga el ánimo, usted échele ganas, usted piense positivo”

Trataré con otro ejemplo; supongamos que deseamos comprar unos zapatos, no son los pies los que llaman la atención a la mente y le gritan ¡ven vamos al centro a la barata! Es la mente la que decide poner en marcha al cuerpo para ir al centro comercial.

“No hay nada bueno ni malo, sino EL PENSAR LO HACE así” esta declaración se le atribuye a Shakespeare, si esto es verdad (yo lo creo) entonces tanto la salud como la enfermedad son estados mentales y por tanto sensibles al cambio.

Si yo sólo pienso estoy enferma, estoy enferma, el resultado será sentirme enferma. En cambio si pienso salud, eso voy a expresar.

Cuando sentimos un ligero piquetito en la sien y decimos me va a dar dolor de cabeza, en un ratito el dolor se manifiesta, pero si decidimos que ese piquetito no es nada y que estamos perfectamente bien nos sorprenderemos al comprobar que “olvidando el posible dolor” éste no se expresa en el cuerpo, es decir, sino no le doy pensamiento a la enfermedad no la voy a experimentar. Supe de un caso de un señor al que le tomaron unos estudios y le mostraron las radiografías con un gran tumor en el páncreas; el hombre que se sentía perfectamente bien y sólo trataba de comprar un seguro, declaró terminantemente que aquello era un error, que ese no era su cuerpo y que él no tenía absolutamente nada.

Los especialistas del laboratorio lo trataron de convencer de que esas eran sus radiografías, pero todo fue inútil, el señor jamás aceptó el resultado. Tomaron de nuevo los estudios y el tumor había desaparecido. Cuando la ciencia no se explica la manera en que alguien sana lo nombra milagro o un fallo técnico o un error humano.

Sin embargo, cada vez, más gente se convence del papel fundamental que ejerce la mente y el pensar correcto. Así como el pensar el error trae el error a nuestra experiencia: “sabía que me iba a manchar mi vestido nuevo” “no creas que me sorprendes, ya me esperaba que me pintaras el cuerno” o, “lo que más temí eso fue lo que me pasó”. ¿Es una casualidad que suceda lo que pensamos?

No, no lo es. Si me paso el día diciendo que mi hijo es un vago, un bueno para nada y un grosero; pronto ratificaré mi creencia. Pero si alguien se decide a probar que lo que digo es verdad, cambie su patrón sobre su hijo e insista, de igual manera que antes, en que es bueno, trabajador y gentil; se sorprenderá del cambio. ¿El hijo cambia como por arte de magia? No, lo que cambia es impropio pensar sobre él. Lo semejante produce lo semejante.

Vale la pena tener siempre buenos pensamientos.

* Periodista mexicana

06/MG/LR

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