Inicio ¿Primero las damas?

¿Primero las damas?

Por Cecilia Lavalle

Son mujeres y están en el ojo del huracán. No por ser mujeres, sino por ser esposas. No por ser esposas a secas, sino por ser esposas de mandatarios. Y no por ser esposas de mandatarios a secas, sino porque siéndolo han manifestado sus aspiraciones políticas. Me refiero a las mujeres que compartiendo el poder por la vía conyugal, aspiran a detentarlo por la vía constitucional. Marta Sahagún de Fox es, sin duda, la más notoria, pero no es la única.

En los años recientes, en distintos países, varias esposas de mandatarios se lanzaron a la conquista de algún cargo de representación popular. Algunas, por el que en aquel momento detentaba su marido. Otras, por uno de menor escala: diputación, senaduría o cargo municipal. Algunas con experiencia y trabajo político de tiempo atrás en su biografía. Otras, con apenas su acta matrimonial como equipaje político.

Ahí está, por ejemplo, Cristina Fernández, esposa del presidente argentino Néstor Kirchner, con amplia trayectoria política independiente a la de su marido, y que ahora –y antes de que Kirchner fuera el presidente– es senadora de su país.

Otro caso es el de Carmen Romero, esposa del ex presidente español Felipe González, también con una trayectoria política y profesional independiente, es actual diputada socialista por Cadiz.

También está, desde luego, Hillary Clinton, convertida ya en un icono de las mujeres con poder político, y actual senadora por Nueva York.

Y está Ana Botella, esposa del presidente español José María Aznar, quien en mayo del año pasado fuera electa tercera concejal de Madrid, y quien acepta que si no fuera esposa de quien es no sería tan conocida y, en consecuencia, muy probablemente no hubiera sido concejala.

¿Qué pasa en México? En nuestro país sucede que, además de Marta Sahagún, esposa del presidente Fox, las esposas de los gobernadores de Tlaxcala y Quintana Roo han manifestado abiertamente sus deseos de suceder a sus maridos o de aspirar a otro cargo de elección popular, la primera incluso es senadora de la República.

Pasa, me parece, que es un factor novedoso que las primeras damas abandonen su papel tradicional (de bajo perfil, dedicadas a obras de caridad y a acompañar a sus maridos en actos oficiales) y utilicen el poder que tienen de facto para aspirar a un poder constitucional.

Pasa que la historia de nuestro país nos ha enseñado que la no reelección es sagrada, y muchos creen que aunque sea electa la señora, quien mandará en realidad será el marido. En este punto la esposa del gobernador de Nayarit es un ejemplo. A fines del año pasado ella reconoció haber desistido de sus aspiraciones a la gubernatura por órdenes de su marido: “Soy muy respetuosa y lo que él diga yo hago… y si él decide que así sea, pues así será” (Reforma, noviembre 23 de 2003). Pasa también que, a veces, se piensa que quien manda en realidad es la señora y al ser electa sería, de hecho, reelecta.

No se me escapa que en los comentarios adversos a las aspiraciones políticas de Marta Sahagún, se cuelan algunos que podrían calificarse de machistas. Sin embargo, en todo lo que he venido leyendo al respecto a lo largo de estas últimas semanas (y se ha publicado muchísimo), la inmensa mayoría no critican o cuestionan sus aspiraciones por su condición de género –ni siquiera de manera encubierta–, sino en tanto goza de un poder de facto que le concede privilegios que ningún otro posible candidato o candidata puede, siquiera, aspirar a tener.

Yo, que en verdad creo que se deben abrir espacios (incluso a través de las cuotas) para que las mujeres puedan acceder al poder político, y desde ahí impulsar las reformas que nos permitan aspirar a una mayor equidad en el futuro, creo que es desafortunado -por decir lo menos- que quien goce del poder por vía conyugal aspire a él por vía constitucional.

En principio creo que la ambigüedad en la que se mueven las primeras damas es injusta para ellas y para la ciudadanía. Muchas veces ganan votos para sus maridos, pero no son electas. Se espera de ellas trabajo social y buena presencia de tiempo completo, pero sin salario de por medio.

Deben abandonar sus proyectos personales y profesionales para cumplir el papel decorativo y de bajo perfil que no eligieron y que, muchas veces, no coincide ni de cerca con su personalidad. Y del lado de la ciudadanía, debemos aceptar o padecer el poder de alguien que no elegimos.

En resumen, yo creo que debemos prescindir de la figura de “primera dama” (o de “primer caballero”, asunto no lejano en nuestro país), o, en todo caso, regular sus funciones legalmente. Pero en tanto, es un hecho que quien ocupa altos cargos políticos –de hecho o de derecho– goza de un poder –real o simbólico– que el resto de la ciudadanía no goza.

Entonces, con méritos políticos propios o sin ellos, las esposas de mandatarios con aspiraciones políticas se suben a la contienda con una enorme ventaja que, en mi opinión, es inadmisible en un país que, como México, a duras penas se abre camino a la democracia más allá de la alternancia.

*Articulista y periodista de Campeche.

[email protected]

04/CL/GBG

Este Web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las cookies. Sin embargo, el usuario tiene la opción de impedir la generación de cookies y la eliminación de las mismas mediante la selección de la correspondiente opción en su Navegador. En caso de bloquear el uso de cookies en su navegador es posible que algunos servicios o funcionalidades de la página Web no estén disponibles.Acepto Leer más

Skip to content