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Profesionistas en Estados Unidos: una migración precaria

Por Lucía González

Ser mujer y rebasar los treinta años parece motivo suficiente para la expulsión de un país. Miles de mujeres que no encuentran trabajo aquí, aun con preparación académica, se ven lanzadas a la vida migrante y obligadas a un acto de valor que entraña, en el fondo, un pacto con la subsistencia: saltar al vacío de una nueva vida en una sociedad extraña.

Con 20 años de experiencia en el periodismo, Lucía G. pensó que le sería fácil encontrar trabajo en Monterrey luego de que perdió el suyo al terminarse el proyecto en el que trabajaba, ya que el organismo no gubernamental para el que colaboraba se quedó sin subsidios.

Con dos hijos a punto de ingresar a la universidad, buscó empleo durante siete meses; tuvo varias entrevistas en periódicos importantes de Monterrey, donde le dijeron que tenía un excelente currículum pero que, desgraciadamente, a sus 38 años, era muy vieja para trabajar.

La periodista siguió en su búsqueda de empleo. En algún momento se dedicó a la venta de objetos de segunda mano en un pequeño bazar, hasta que las cuentas por pagar se multiplicaron y la situación se volvió insostenible, así que con el dinero que había ganado en tres meses escribiendo artículos para una revista, unos 400 dólares, se compró un boleto de ida a San Antonio, Texas, donde tenía la esperanza de encontrar empleo “en un restaurante.” Sus dos hijos se quedaron viviendo en casa de su mamá en Monterrey.

La primera semana en San Antonio, Lucía G. vivió en casa de una amiga quien le pagó 50 dólares por tres días de trabajo limpiando apartamentos desocupados; dinero que le sirvió para comprar un boleto a Houston y, en La Pulga de esa ciudad, comprar sus papeles falsos por 80 dólares.

Al lunes siguiente, con los papeles falsos, ella encontró empleo en una empresa de “comunicación” que empaquetaba revistas, videos, cartas religiosas y demás a las que había que poner calcomanías, o meterlas en una bolsa o pegar etiquetas con la dirección del destinatario. Ahí, por una semana de trabajo ganó 250 dólares y fue de las que menos produjo, ya que no tenía experiencia.

Ante el temor de ser descubierta por las autoridades migratorias, la periodista buscó empleo en un restaurante mexicano; su primer día de trabajo debió cortar 25 libras de fajita, hizo pico de gallo y aprendió a usar la máquina lavatrastes.

Como el restaurante era bueno y ella doblaba turno, logró ganar en 15 días de trabajo unos 850 dólares, mismos que envió a su casa por Western Union, dándose cuenta del “robo que representa, porque toman el dólar a lo que quieren y aparte cobran la comisión”.

Al año de trabajar en diversos restaurantes, y tras haber aprendido a amasar harina para tortillas, se empleó en una agencia de limpieza: recibía 30 dólares por casa; cuado había suerte limpiaba dos, pero los 60 dólares diarios no eran una garantía.

Al mes de estar en esa empresa, dos de sus “patronas” le ofrecieron contratarla de manera independiente, por lo que ella dejó la compañía, de la cual era la única empleada, y se dedicó a buscar casas para limpiar. En menos de tres meses tenía 18 clientas y sus ingresos ascendían a 500 dólares por semana, muchas veces un poco más cuando las mismas patronas la contrataban para cuidar niños.

Para llegar a tiempo a limpiar las casas, Lucía G se levantaba a las cinco de la mañana, se dirigía a la estación de autobuses y de ahí viajaba dos horas haciendo diferentes trasbordos; la mayoría de las veces debía caminar hasta cinco millas.

El problema era que, a pesar de sus buenos ingresos, no podía tener una cuenta de banco, no podía manejar legalmente y no era sujeta de crédito, ya que carecía de un número de seguro social.

La mayor parte del dinero que ganaba se enviaba a México, unos 700 dólares, era para pagar las dos universidades de sus hijos -una de ellas privada- y el resto le servía para mantenerse en Estados Unidos; al igual que muchos mexicanos, ella compartía el departamento de una recámara con una compañera.

Al año de estar en Texas, se casó y pudo arreglar su estatus migratorio, con lo que logró emplearse en un periódico bilingüe primero, y luego en otro totalmente en español. Y aunque ella cumplió ya con el sueño americano de tener una casa, un coche y unos papeles de residente de que le sirven para entrar y salir del país, la verdad es que no se le olvidan las noches en que se despertaba con fuertes dolores en los dedos de las manos porque en el día había amasado 60 libras de harina para hacer tortillas.

Las historias de estos inmigrantes no son diferentes a las de cualquiera: llegar a este país, además de representar un choque cultural bastante fuerte, implica aceptar y correr riesgos sin la mínima protección. Casi todos los que se vienen “aprenden a saltar sin red”.

A diferencia de la mayoría de profesionistas que emigra de México, Lucía logró, desde su especialidad, el anhelado sueño americano.

* Periodista mexicana emigrada a Texas, Estados Unidos. Integrante de la Red Trinacional de Periodistas México, Estados Unidos y Canadá.

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