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¿Qué quería dios de mí, entonces?

Por Cuicuizcatl (golondrina viajera)*

“Señor, tú me examinas y me conoces… me abrazas por detrás y delante, después pones tu mano sobre mí… ¿A dónde podré ir lejos de tu espíritu? ¿A dónde podré huir lejos de tu presencia?” (Biblia Latinoamericana. Salmo 139)

Había estado cuatro años en un noviciado para ser religiosa. Después de mi crisis nerviosa, pasé dos meses en el hospital psiquiátrico. Cuando llegué de nuevo a vivir con mamá y papá, la sensación de incertidumbre era terrible. ¿Qué hacer con mi vida? Los doctores dijeron que con mi enfermedad mental no podía ser religiosa, pero el padre Juanito, mi confesor, decía que la última palabra la tiene dios, no los hombres.

Las religiosas me propusieron que mientras decidía qué hacer entrara como maestra en una de sus escuelas, era una academia comercial. Allí daba clases de ortografía y redacción a varios grupos de chicas entre 16 y 23 años que se preparaban para ser secretarias. También era la encargada de la disciplina de las alumnas a la entrada, a la salida y en el recreo.

Pero no, no me sentí a gusto. Era estar con un pie adentro y otro afuera, conviviendo de cerca con las religiosas, soñando con regresar a ser novicia y sin poder hacerlo. No entendí que no tenía vocación, no entendí que por eso me enfermé de los nervios. Y estaba aferrada a algo imposible.

Además, la institución religiosa era muy estricta. Yo iba y venía de la escuela a la casa de las hermanas por material o a llevar recados, pero había áreas de la casa que yo no podía pisar. Eran las áreas “reservadas”, nadie podía pasar (dormitorios, biblioteca, sala de estar) Yo entendía que a un visitante extraño no lo dejaran pasar, pero yo, que estuve cuatro años internada con ellas, que me sabía la casa de memoria, de pronto guardaban su distancia y no podía pasar… porque yo ya estaba fuera de la congregación, porque yo ya no era una de ellas.

Sin embargo, mis compañeras novicias (que ya habían hecho sus votos y ahora eran “hermanas”) me seguían diciendo “Sor” por costumbre, aunque yo ya no fuera “Sor”; y las alumnas, escuchándolas, también me decían “Sor”.

Y en la práctica, hacía lo que cualquier religiosa haría en la academia: dar clases, hablar con los papás, ser confidente de las muchachas, montar obras de teatro “con mensaje”, organizar las misas. En realidad era una religiosa sin uniforme, me la vivía en la escuela desde las 10 de la mañana hasta las 9 de la noche… pero nunca estuve tomándome un café en la sala de maestros. Siempre había una chica con un problema que atender. También implementé una biblioteca ambulante. Todo eso era tiempo.

Y cuando regresaba en la noche a mi casa, si un tipo me miraba con interés en el Metro, yo me enojaba. “¿Qué no se da cuenta que soy religiosa?”, y llegaba el fin de semana y no quería acudir a actividades sociales con mis hermanas. Tenía 24 años y me sentía una vieja amargada de 60.

Un día me di cuenta de que no podía seguir así, como religiosa, sin serlo. Por eso acabando el curso escolar di las gracias y me retiré de la escuela… y me alejé de las hermanas.

Lo más sano hubiera sido cambiar de actividad completamente, pero yo era como una flor que me negaba a salir del invernadero, que me aterraba moverme más allá de mis seguridades. Y mi seguridad en ese momento era el ambiente religioso católico. Entonces acepté el empleo de ser vendedora en una editorial de libros católicos.

Me sentía feliz con ese trabajo. Iba a los cursos de Teología, Biblia, Liturgia y Catequesis dirigidos a seminaristas y religiosas, ponía un “stand” de libros, y como la gente circulaba por el puesto en el descanso del curso o a la salida, yo me colaba a todas las clases y conferencias que podía.

Aprendí mucho en reuniones de sacerdotes que analizaban la problemática social. Aprendí también que el negocio es negocio, aún en el seno de la Iglesia católica. En la editorial había textos de la Teología de la liberación y de Méndez Arceo y, por otro lado, había publicaciones muy conservadoras. La iglesia católica no es, para nada, un bloque ideológico compacto. ¡Conocí a tantos sacerdotes tan diferentes y con variadas tendencias y especialidades!

Mi jefe me decía: “Allí son grillos. Llévate esto a su reunión”. O me decía: “Ojo. Acá ten mucho cuidado con lo que llevas, porque son muy ortodoxos…” Y aprendí, aprendí a moverme en una red compleja…

No podía salir de mi casa sin una cruz al pecho. Tenía una colección formidable de cruces y tenía bien puesta la camiseta (“¡blanquísima!”) con una palabra: “Evangelización”. Cuando no había evento, iba con mi muestrario de libros a cuestas por la ciudad. Y en el pesero, en la cola del banco, en la banqueta, a todos les hablaba de dios. Regalaba estampas y separadores, recitaba partes de la Biblia de memoria.

Y por dentro, ¿qué? Un vacío, una incertidumbre, una falta de coherencia y de sentido impresionante… Dios, para mí, era un discurso, no una vivencia profunda… por más que me la pasara visitando una capilla y otra y otra, por más que hablara de los documentos del Vaticano con los seminaristas, por más que estuviera en mil cursos eclesiales.

Yo no sabía qué iba a ser de mi vida. Sentía que ese trabajo era provisional, que no me podía quedar allí, pero no tenía otra opción. Y recibía todo tipo de propuestas. Religiosas sin uniforme, con un estilo de vida más abierto que en la congregación donde estuve como novicia, me invitaban a entrar con ellas y, en el Metro, otros vendedores me invitaban a cambiar de giro. Primos, tíos y amigos también opinaban sobre lo que debía o no debía hacer.

¿Y yo? ¿Dónde estaba yo? Estaba en todas partes y en ninguna. Cada vez que tenía un momento de calma, alzaba la vista al cielo y hacía una pregunta parecida a la de algunos profetas jóvenes antes de recibir el envío de dios. Preguntaba: “¿Señor, qué quieres de mí?”. Pregunta sin respuesta.

Y pasó que me invitaron a un “retiro” de fin de semana. Allí, en una de las charlas, algo se iluminó de pronto aquí muy dentro. Entendí que había estado equivocando el planteamiento durante dos años. La pregunta no era: “Señor, ¿qué quieres de mí?”, la pregunta era: “Dios, ¿quién soy yo y qué puedo darte?”. Entendí finalmente que no puedo evadir mi responsabilidad con el pretexto de “la voluntad de dios”.

Meses después entré a la Universidad Autónoma Metropolitana a estudiar Comunicación. Lo más difícil fue llegar a un grupo mixto. Yo tenía cinco años de estar con las religiosas, entre puras mujeres, y un año de estar con seminaristas y sacerdotes y religiosas. A mis compañeros no sabía cómo tratarlos. Y no sabía qué hacer ante lo que denominaba “miradas libidinosas”. Pero, los cambios son buenos y este cambio me sirvió…

* Autobiografía de la búsqueda de una mujer por una vida libre de violencia.

07/C/GG/CV

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