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Rescatan mujeres textiles antiguos en Oaxaca

Por Ernestina Gaitán Cruz

Las manos de la tejedora Bonfilia Bautista Tapia son sagradas porque aprenden, dice, porque trabajan y elaboran ropa que vende para ayudar a la manutención de su familia, pero también porque le han permitido hacer del tejido un arte, y con ese gusto ha innovado y también ha rescatado técnicas antiguas.
 
Es originaria de Pinotepa de Don Luis y como las demás mujeres de la comunidad de la costa del estado de Oaxaca, desde niña comenzó a confeccionar servilletas y manteles y conforme creció se aventuró con posahuanques, huipiles, jorongos, rebozos y lienzos, productos que vendía en la ciudad de Oaxaca.
 
En su población el tejido de telar de cintura es una labor cotidiana. En tiempos antiguos era para confeccionar la ropa de la familia como posahuanques o enredos (faldas) y huipiles para las mujeres y cotones y calzones para los hombres, todos teñidos con tintes naturales de caracol, grana cochinilla, añil y color verde.
 
Actualmente lo hacen para vender sus productos y ayudar a la manutención familiar aunque, confiesa Bonfilia Bautista, ya casi no se usan tintes naturales porque son caros y se consiguen por temporadas y tampoco se hace ropa porque es más fácil comprarla “de fábrica”.
 
Sin embargo para ella sigue siendo una actividad rentable que además disfruta y cada vez aprende más; ha innovado huipiles y lienzos labrados en blanco o en color, además de haber aprendido el labrado de urdimbre, una técnica laboriosa que requiere levantar hilo por hilo para crear los diseños y que la llevaron a recrear las figuras de una falda de boda que hace un siglo se usó en Tututepec y que se creía perdido para siempre.
 
Fue un rescate importante para la cultura del estado y para los amantes del textil dentro y fuera del país, y para ella significó un motivo de orgullo.
 
Cuando Alejandro de Ávila, curador del Museo Textil de Oaxaca, le presentó la prenda y le pidió que reprodujera la técnica, dijo que no podría, pero luego de dos meses de intentos, lo logró y además se dio el lujo de enseñarla a su hija Maritza.
 
“En octubre de 2010 recreamos con Bonfilia una forma de tejido que se había perdido por completo en Oaxaca, y que servía antiguamente para decorar las faldas de boda más hermosas de México.
 
“La técnica se había olvidado y en los pueblos de la costa ya no quedaban muestras para copiarla de nuevo. Por fortuna, este Museo recibió en donación una colección extraordinaria de textiles oaxaqueños que incluye un bello posahuanque antiguo con franjas labradas”.
 
Actualmente ella y su hija Maritza, de 16 años de edad, son las únicas que en la entidad trabajan el tejido rescatado, además de otras prendas que han salido de sus manos luego de meses de delicada y concentrada labor que realizan en la soledad de su espacio, donde se encuentran con sus pensamientos y acompañadas de música, variada, dicen.
 
Generalmente trabajan separadas, en diferentes horarios, con música para cada edad. Bonfilia gusta de la cumbia en radio y Maritza música moderna que escucha del celular con audífonos. Trabajan en el mismo espacio: el patio de la casa donde rentan y donde se encuentra el telar de cintura que hizo su marido.
 
El telar consiste en dos tiras horizontales y paralelas sujetas por correas –enjulios– en los extremos de la urdimbre. El enjulio superior se fija a un elemento vertical, estaca clavada al piso, poste o árbol.
 
El enjulio inferior se coloca mediante otra correa alrededor de la cintura de la tejedora, lo que le permite tensar firmemente el telar con un movimiento de su propio cuerpo sin necesidad de un marco adicional.
 
El trabajo resulta pesado, exige concentración, dedicación, buen ánimo y varias horas al día y Bonfilia considera que está bien pagado.
 
Explica que la persona que le compra las prendas elaboradas en telar de cintura le proporciona los hilos y que ella sólo cobra su trabajo. Por ejemplo por una tela de metro y medio por 70 centímetros tejido en cuatro meses, cobra seis mil pesos.
 
Sobre todo, agradece tener este trabajo, porque tiene libertad para crear y el tiempo para dedicarle a sus hijas y a las labores de su hogar. “Cuando era joven, salí del pueblo, me fui a México, ya sé cómo es trabajar en una casa, a los patrones no les parece y nos vuelven a repetir las cosas y eso a mí no me gustó, aquí en mi trabajo nadie me manda, yo me mando sola”.
 
MARITZA, LA JOVEN TEJEDORA
 
Maritza igual que su madre y las mujeres de su familia, inició a los ocho años a jugar con los hilos, a representar el papel de una tejedora que vendía su trabajo.
 
Veía cómo su mamá, su tía y su abuela todo el tiempo estaban sentadas tejiendo y tuvo curiosidad por saber cómo tejer. Un día su mamá la sorprendió jugando con un telar hecho con palitos, clavos y sus hilos y le enseñó.
 
Hizo las tradicionales servilletas, luego las decoraciones con animalitos y hace unos meses aprendió el labrado de urdimbre de la falda de boda de Tututepec. El próximo año entrará a la preparatoria. No se imagina su futuro ni qué estudiará, pero sabe que continuará en el tejido. Por el momento ya tiene un telar especial que le hizo su padre.
 
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