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Sara Lovera cumple 4 décadas de periodista

Por Soledad Jarquín Edgar

Le digo que escriba su historia. Me mira con sus grandes ojos, se ríe sarcástica. Tú estás loca, contesta con rapidez. Se calla por unos minutos. Se ha ido del presente al pasado. Rompe el silencio, empieza a contar las cosas como si las estuviera viendo, su asombrosa memoria ha detenido todos los detalles, las fechas, los días que por siempre se le quedaron. Cuando habla se emociona, los vuelve a vivir, vive con esos los primeros vuelos de prueba. 40 años después sigue preguntando, investigando, analizando, es la misma reportera sólo que ahora la experiencia la hace más feroz y competitiva que antes.

Las dos nos quedamos paradas a mitad del pequeño comedor, pienso que debería grabar lo que me está diciendo pero no me atrevo a pedirle que se detenga mientras tendría que correr por la grabadora, por la libreta. Pongo toda la atención posible para no perderme los detalles. Días después, aprovecho un viaje de regreso a México para preguntar y, ahora sí, apuntar. Se ríe por la insistencia y me cuenta. De todos modos ella algún día escribirá su propia historia. La historia de Sara Lovera, la periodista.

Tenía 18 años cuando llegué a la redacción de El Día. Luis Sánchez Arreola, jefe de información, me miró con desdén, movió la cabeza, se metió la mano a la bolsa y sacó unos pesos. Me ordenó que fuera a la tienda a comprarme un par de medias, porque no podía trabajar con mis calcetas blancas que me hacían parecer una niña. Se ríe, disfruta el recuerdo.

Los días eran largos en aquella redacción. Ella, como parte del país, aún estaba agitada por los acontecimientos vividos poco antes en la Plaza de Las Tres Culturas, donde se libró milagrosamente de ser una de las víctimas, porque junto con otra compañera, Cristina Rivera, llegaba bien maquillada para parecer mayor de edad a las conferencias de prensa del Consejo Nacional de Huelga. Seguía el movimiento a escondidas de su familia y se colaba a las conferencias, haciéndose pasar por periodista, ya que estaba a punto de concluir sus estudios, pero estaba interesada en el movimiento estudiantil por “afinidad política”.

“Poníamos mucha atención a las preguntas que les hacían a los miembros del consejo y a sus respuestas, para después valorar lo que se publicaba”, cuenta la propia Sara Lovera en una entrevista para un libro que se acaba de publicar por la Editorial Planeta, sobre aquellos días aciagos.

No era periodista, pero ahí estaba. Aquel 2 de octubre, llegó como a las tres de la tarde junto con una vecina menor que ella y a quien perdió de vista en pocos minutos. Se unió a su amigo Ubaldo Díaz… “El mitin inició y no sé cuanto tiempo después los balazos. Alguien gritó ¡al suelo! Quedé en medio de (Oriana) Fallaci y de otro informador, Rodolfo Rojas Zea. Prácticamente me cubrió. Carlos Marín, también periodista en ciernes y parte del Consejo Nacional de Huelga por la Escuela Carlos Septién García, me dijo que en ese acto, Rojas Zea me había salvado la vida, pues él resultó herido por una bala”.

“Cuando me identificó José Antonio del Campo gritó ¡y ésta que hace aquí!… ¡La compañera no trae credencial pero es periodista, nos vino a ayudar a hacer notas! soltó frente a unos soldados. Sus ojos, uno verde y otro azul, son para no olvidarse. Manchándome con la sangre de Rojas Zea, logró que también me sacaran del edificio… Abordamos la ambulancia Rojas Zea, Del Campo y yo.

“Ya muy noche arribamos al Hospital Rubén Leñero, el cual también era custodiado por miembros del Ejército… De pronto, dirigiéndose a nosotros, un militar pegó tremendo grito ¡esa señora no tiene credencial de periodista! En un acto que no dudo de calificar de sobrevivencia, Del Campo, con sorprendente firmeza, le reviró: ¡pues claro, el bolso lo perdió en la plaza! Y yo con mi morralito, escondiéndolo entre mi cuerpo. ¡Pues claro que no la trae!, repitió. Ya se va conmigo al periódico, El Día.”

En el avión, Sara quisiera fumar un cigarro, se queda con las ganas. Se mueve de su asiento como si estuviera nerviosa. No lo está, lo que pasa con Sara Lovera es que es difícil que esté quieta. Eso le pasó desde chica, su madre –Rosario López– siempre la mantuvo ocupada. Por las mañana la escuela formal, por las tardes aprendiendo un oficio. Así aprendió algo de belleza, cocina, taquimecanogría y taquigrafía. El otro pasatiempo era leer, todo para tenerla quieta y evitar riesgos.

Cuando decidió estudiar periodismo, en su casa la dejaron con la condición de que al mismo tiempo estudiara otra carrera, una verdadera profesión. Por las mañanas iba a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y por las tardes estudiaba Trabajo Social en la Escuela Técnica número 7. Su madre la recuerda desvelada cada noche escribiendo horas y horas en su pequeña máquina, era muy estudiosa, dice Doña Rosario López.

Los primeros días de aquel noviembre de 1968 tomó órdenes de información, los “asuntos en curso” y notas por teléfono. Pronto saltó a la calle, a reportear, así fue como entrevistó en diciembre de aquel mismo año a David Alfaro Siqueiros, quien anunció la construcción del Poliforum. En ese mismo año cubrió la creación de la Asociación de Mujeres Periodistas y Escritoras (AMMPE). Lo único que Sara Lovera no ha cubierto en estos 40 años es una guerra.

Los días en El Día terminaron en 1972, luego siguieron otros medios, entre ellos fue fundadora y directora de Noticieros de Radio Educación, jefa Editorial de la Carta de México 1972-1973, reportera del diario El Nacional donde sólo estuvo un año, guionista, conductora y reportera del Canal 13 de TV, directora de Noticieros de Canal 11, volvió a El Día entre 1977 y 1980, cambió al diario UnomásUno entre 1981-1984, para después ser fundadora y reportera de La Jornada, diario que dejó tras 14 años de trabajo en 1998.

Son muchos los personajes entrevistados, pero recuerda a Efigenia Martínez; el rector de la UNAM, Javier Barrios Sierra, defensor de la autonomía universitaria en 1968; tiempo aquel que le permitió conocer a “otros” Raúl Salinas, Pablo Gómez –que se paraba sobre un banquito, para dar un discurso–, Roger Díaz de Cosío, Manuel Camacho…

Fue la reportera que cubrió las paraestatales, la fuente financiera, las obreras y la tradicional conferencia del sempiterno líder de la CTM, Fidel Velásquez, el tiempo de la venta de las paraestatales, la lucha de los obreros y las obreras, y por supuesto fue la periodista de la condición social de las mujeres.

LA HUELLA DE ADELINA ZENDEJAS

Sara Lovera habla sobre esta experiencia a la periodista Clementina Nava Pérez en una entrevista realizada hace poco tiempo, cuando ella le pregunta ¿con quién se ha comprometido?

Entonces le responde que desde 1970 cuando conoció a Adelina Zendejas, quien ya había investigado que el periodismo sólo miraba a los hombres, ella decidió cuestionar “¿a qué había ido al periódico? y comencé a descubrir la realidad de las mujeres, sin ninguna herramienta de esas modernas, sin que existiera la perspectiva de género ni en mi boca, ni en mi pensamiento, ni en mi historia la palabra feminismo, había que ir con Adelina a contar lo que le pasaba a las mujeres, lo que pensaban las mujeres, fue una gran aventura”.

Después su aprendizaje la lleva a ser la jefa de prensa del Año Internacional de la Mujer (1974-1975). La periodista Sonia del Valle dice que le puse la “a” a las noticias, explica Sara Lovera mientras juega con su pluma roja o se vuelve acomodar en el asiento.

Su inquietud me recuerda una de sus muchas anécdotas, cuando le hicieron un video las reporteras de Chiapas, a propósito de sus 30 años de periodista. Tenía que permanecer en silencio, leyendo un periódico, pero no pudo quedarse quieta, pronto empezó a mover los ojos, a rascarse la nariz, a rascarse la cabeza…

Su primera entrevista de género la hizo a Lolita Lebrón, independentista puertorriqueña que pasó por México tras ser liberada por el entonces presidente norteamericano Jimmy Carter.

Ella, junto con otros tres nacionalistas, disparó contra la Cámara de Representantes del Congreso norteamericano el 1 de marzo de 1954 para llamar la atención internacional sobre la situación de Puerto Rico como colonia norteamericana. Fueron condenados a muerte, después a pena perpetua. En 1979, Lebrón se había negado a ser cambiada por un agente de la CIA y señaló entonces que “sería más puro, más bello para mi morir en prisión”, recuerda Lovera y su prodigiosa memoria, “condición elemental de la periodista”.

“La historia de su vida está marcada por una gran pasión: el periodismo; y por una persistencia: las mujeres”, se dijo de Sara Lovera durante el V Aniversario de la Red Nacional de Periodistas, una de las confecciones hechas para impulsar un movimiento de periodistas que hoy rinde frutos no sólo en México o en y con otros países de América, sino también en España y en países del Mediterráneo, como Marruecos.”Eso es muy gratificante para mí, he visto los resultados del trabajo, eso es muy chingón”, apura la frase, la orgullosa y tenaz Lovera.

Pero la obra es producto de su andar a veces en solitario e incomprendido. Cada caso la marcó para siempre, eso se refleja cuando escribe o cuando habla, cuando se deja vencer incluso y llora de rabia o impotencia. Así se ve cuando señala que “La tragedia que vivió la ciudad de México el 19 de septiembre de 1985 puso en evidencia no sólo la corrupción y el abandono del gobierno en obligaciones puntuales, sino que reveló el tamaño de la injusticia y las malas condiciones de trabajo de miles de obreras de la industria (clandestina) del vestido, de la empresa Teléfonos de México, de algunos talleres regados por distintas zonas de la capital”. Mujeres a quienes las sepultó el peso de la negligencia, diría ella misma más adelante.

Injusticia tan grande y tan profunda como el fondo de las minas de carbón de Coahuila, otro de los temas que ha cubierto la periodista, cuya investigación permitió realizar el documental cinematográfico Las viudas del Carbón, donde documenta los accidentes mineros de los últimos 100 años.

Hoy, 40 años después de aquel 18 de noviembre, Sara Lovera es corresponsal de SEMlac en México, está en la televisión, se le escucha en radio y escribe Palabra de Antígona en la agencia Cimacnoticias, la agencia que fundó con otras periodistas hace 20 años y que hoy es única en su tipo en México.

“Nuestra propuesta es relatar los hechos que el periodismo tradicional no considera noticia. De esta manera estamos contribuyendo a la democratización del periodismo, esa que es vital para nuestro tiempo. Trabajamos para evitar una concepción basada en una idea de periodismo que todavía se ancla sólo desde el poder”, dijo en el año 2000.

La corresponsal del Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe (SEMlac) goza de sus logros, disfruta todos los reconocimientos “sobre todo si viene de la gente, no me interesa el reconocimiento del poder” y no puede olvidar uno de sus más grandes “frutos”: La Doblejornada, el suplemento feminista de La Jornada que durante 11 años se publicó ininterrumpidamente desde un 8 de marzo de 1987. “A la mitad de mi carrera profesional hago realidad mi sueño”.

LOS OTROS HECHOS

Entre sus entrevistas también recuerda la hecha al economista belga y dirigente de la IV Internacional, Ernest Mandel; pero también a Russell Earl Marker, un químico que logró contribuir a la elaboración de la píldora anticonceptiva oral, sintetizando la planta mexicana llamada Barbasco.

Pero Sara Lovera tiene una entrevista fundamental, la última que se hizo al general Lázaro Cárdenas del Río. “El iba saliendo de la Quinta Eréndira, en Patzcuaro, Michoacán, en un coche negro, corrí y le pegué a la ventanilla, se detuvo, bajó el cristal y le dije que lo quería entrevistar. Anduve con él tres días, fuimos a varias comunidades michoacanas y platiqué largo y tendido con el general.

Una de las coberturas más importantes para la periodista que aprendió a mirar la noticia desde las mujeres fue la caída del muro de Berlín en 1989, envida por La Jornada. “Para mí tuvo un gran significado, me siento orgullosa de esa nota, pues con la caída del muro terminaron cuatro décadas de división al incorporarse la República Democrática Alemana a la República Federal”. El recuento de este histórico pasaje para la humanidad se quedó en su memoria y como periodista tuvo el privilegio de cubrirlo.

Sin embargo, admite que sólo una nota suya tuvo algún efecto institucional. ¿El de las sardinas? –interrumpo-. Ella asiente con la cabeza y relata que junto con Rosa Rojas, también periodista, descubrieron que no había latas de sardinas en los supermercados y era porque la pesca de ese pez se convertía en alimento del ganado bovino.

Hicimos una investigación amplia por supuesto, lo que dio como resultado que (José) López Portillo decretara que un porcentaje determinado de la pesca de sardina se destinara a la producción de alimento, pero el resto se siguiera destinando para el consumo humano, “siete pesos por medio kilo de pura proteína, en aquel entonces, hoy no se cuánto cuesta”.

De pronto Sara Lovera se ríe, apenas puede detenerse para contar que como reportera del Canal 13 –antes de que fuera cedido al Salinas Pliego–, hizo algunas locuras en un programa que contaba “La historia de la casa”, con lo que visitó las propiedades de Pedro Infante o de “El Rey” José Alfredo Jiménez.

Ahora estoy como chamaca en dos programas de televisión por Internet del Sistema de Radio y Televisión del Gobierno del DF — Los Periodistas y Mujeres en Movimiento–, quién lo diría después de 40 años sigo reporteando a las mujeres, explica con emoción desmedida la periodista que llegó un día a la Jornada y recibió la orden de viajar a Chiapas en 1994 para cubrir la violación a tres mujeres tzeltales por militares mexicanos, un episodio que se repite en México, sostiene molesta. A su memoria vienen en un rápido recuento la amplia cobertura que hizo del caso de las 19 jóvenes violadas del sur (en la capital mexicana) misma que en 1989 le valió el premio “Al valor civil”.

20 AÑOS, ¿NO ES NADA?

Sentir que es un soplo la vida, que 20 años no es nada… dice la letra del tango Volver. Sin embargo, 20 más 20 son 40, entonces la vida no es un soplo, es un ventarrón que deja huella profunda. Entonces 40 años de trabajo se convierten en una obra. Por sus letras, por sus preguntas, por sus textos pasaron, pasan y seguirán pasando muchas vidas de mujeres, todas se han entretejido, todas pueden mirarse, todas tienen un sello: el que Sara Lovera impuso al nuevo periodismo, uno incluyente y ajeno al sexismo.

Mientras vio caer el muro de Berlín, vio construir sus puentes. Siempre supo el fin de las cosas, no tenía el rumbo equivocado, jamás lo pensó. Hoy repite frente a los más importantes editores españoles que no incluir a las mujeres como noticia significará el rezago de los medios de comunicación.

Cuando Sara Lovera desciende del avión está satisfecha, “en mi vida ha sido fundamental que me quieran mis compañeras y este año ha sido increíble”. Lo cierto es que las satisfacciones se repiten en la vida de Sara Lovera, pero eso se explica cuando se mira al pasado de la descendiente de Sara Cedillo, su abuela, una indígena mazahua que en un acto mágico le transmitió la fuerza.

08/SJE/GG

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